Erwin Wino Knohr**

El Saprissa es el típico zapatero remendón, que con un poco de pegamento de contacto, logra que los zapatos funcionen un poco más.
Es un equipo producto de dos virtudes explosivas: necesita un incendio con campo abierto para comenzar a crecer y creer que es un depredador al que deben darle ventaja.
Ocurre que por su historia futbolística necesita tocar muchas veces el balón, para sentir que el partido es suyo, pero el actual equipo busca con el pelotazo convertirse en una amenaza.

Son dos idiomas distintos que el aficionado saprissista no entiende. Tampoco lo entienden los jugadores. Mucho menos los dirigentes y los fanáticos que lo único que les interesa, a como sea, es ganar los partidos.
Durante varios años los técnicos anteriores no supieron qué hacer. Desde Walter Centeno, pasando por Mauricio Wright, José Iñaki Alonso, Jeaustin Campos, Vladimir Quesada, José Giacone, Paulo César Wanchope y ahora Hernán Medford han encontrado la esencia de Saprissa.

Ninguno supo qué hacer para darle forma a un equipo que perdió sus raíces y se conforma llegar a línea de fondo, mandar el balón que pasa delante de la portería y todos muertos de risa o de pena.
Alguien, (imaginemos que el entrenador), tiene que decidir, porque los dirigentes no tienen la más mínima idea de lo que buscan y quieren.
El gran Saprissa de antes es actualmente una caricatura, que tiene varias estrellas, pero que carecen de una distribución quirúrgica de espacios en la cancha y de roles a cumplir.

Antes, muchos lo recordarán: el 7 sabía que el 9 estaba donde debía estar y el 8 y el 10 manejaban el caos cuando se presentaba. Los defensas estaban claros de cuando salir jugando o meter el pase largo. Las triangulaciones en el medio campo dejaban perdidos a los rivales, iniciando explosivamente el ataque.
Ahora cada uno busca una parcela, como en el juego del escondido, y al que lo descubren y le dan el balón, le quema y no sabe qué hacer con él. Y el que cree tener habilidades en el uno contra uno, busca pasar donde no hay espacio y si siente que lo van a frenar se tira para que el árbitro los ayude a terminar su osadía.
¿Quiénes son los culpables de este nuevo Saprissa? Todos los que integran el club. Dirigentes, entrenadores y jugadores filtran todas sus obsesiones, falencias y conductas a los aficionados a través de la prensa y las redes sociales para no sentirse acorralados.
Uno de estos discursos consiste en eludir sus responsabilidades. Y más cuando cometen una torpeza, salen a taparla como una gotera que se disimula con pintura pero que vuelve a salir en invierno.
Estos nuevos empresarios y exjugadores convertidos en dirigentes, le están dando a los aficionados una chupeta como refugio que se convierte en una prisión para calmar los berrinches.

Por ahora Saprissa tiene tiempo para mejorar en este campeonato, y lucir su slogan de que “no se repartan nada”, porque el pastel tiene varios candidatos.* El autor tiene una Maestría en Comunicación. Licenciatura en Periodismo y Educación Física. Además es entrenador de Futbol y Baloncesto.
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Al artículo le falta un «no». Esa carencia lo desvirtúa.