Amar para cantar, cantar para vivir

Amar para cantar, cantar para vivir

Un pequeño homenaje al amor de toda mi vida, María Callas

Jacques Sagot; Revista Visión CR.

Una infancia de “patito feo”

Petros era militar, y vociferaba el día entero de manera vagamente parecida al canto.  Le decían “el comandante cantante”.  Su hija predilecta se llamaba Evangelia.  Esta se casó con Georges, un farmaceuta económicamente boyante, que tenía un apellido impronunciable para nosotros, hispano parlantes: Kalogeroupoulos.  A  su llegada a Estados Unidos, en 1923, lo redujo, atinadamente, a Callas.  El matrimonio tenía una hija de cinco años, Yakinthia… y luego el hueco negro de Vassilis, gema de la familia, muerto de meningitis a muy temprana edad.

Evangelia llegó a Nueva York, embarazada del que sería su tercer hijo.  Ni por un momento pensó que pudiese tratarse de una hija.  Durante nueve meses preparó su ropa, su cuna y pensó en cientos de nombres, cada uno más épico que el anterior, para bautizarlo.  Cuando en el hospital le trajeron a la bebé, nacida el 2 de diciembre de 2023, y descubrió que era una niña, se limitó a decir: “¡llévensela!”, se volvió para el otro lado y se puso a contemplar melancólicamente la nieve que caía lenta, pesada como sus ilusiones.

ARCH-00462404
Sus terminaron por llamarla Ana Sofía Cecilia María.

Georges, entretanto, se refocilaba con todas las mujeres que se le cruzaban en el camino.  Fue un padre ausente, y un esposo con veleidades de sultán.  Cinco días después de nacida, Evangelia aceptó por fin ver a su hija.   Ni siquiera habían pensado en qué nombre ponerle.  No pudiendo llegar a un acuerdo al respecto, terminaron por llamarla Ana Sofía Cecilia María.  El primer sentimiento de la niña fue, en la fase intrauterina como durante aquellos cinco días, de rechazo, de no ser bienvenida.  No sería sino meses después que sus grandes ojos negros terminarían por abrirse paso hacia el corazón de la madre, más resignación que amor.

Cuando a los seis años, dando ya muestras de un excepcional talento vocal, su madre la llevaba a los concursos radiofónicos a la sazón de moda, era premiada cuando ganaba, reprendida cuando perdía.  Así pues, la niña creció sin ese basamento psicológico fundamental que es el sentimiento del amor incondicional.  María tenía que ganarse el amor de sus padres a punta de éxitos.  Era un cariño condicionado: o te convertís en una gran cantante, o no te queremos.  La niña rechazada llegaría a convertirse en “la Biblia del canto” (Bernstein), la “voz del siglo” (Serafin), la “voz de oro” (Karajan), la “divina” (Toscanini).  La inmensa pasión de la Callas, todo su talento, su pasmosa disciplina, la intensidad de su dación, clamaban por lo mismo: “¡Ámenme!”  Y la niña rechazada desde el seno materno llegaría, en efecto, a ser universalmente amada.

Un músico integral

Como hemos visto, Evangelia era todo menos evangélica: codiciosa, venal, tenía clara preferencia por su hija mayor, explotó artísticamente a María y le robó su infancia.  La niña comenzó odiando el canto.  Era gordinflona, feúcha, torpe, y tenía que usar espesos lentes para remediar una miopía que, hacia el final de su vida, la llevó a entrar a escena poco menos que ciega.

María Callas, la gran artista que parecía una niña | TN

La familia regresa a Grecia.  En el Conservatorio de Atenas es rechazada por su falta de conocimientos teóricos y su desconocimiento del solfeo.  Irónicamente –y a diferencia de la mayoría de los cantantes que jamás existieron– María llegaría a ser no solo una cantante, sino una analista profunda de la armonía, el contrapunto, el ritmo y la forma de las obras que ejecutaba.  Todas sus decisiones interpretativas tenían un sólido fundamento musical: por eso era querida por los más exigentes directores de la época: Serafin, Toscanini, Bernstein, Karajan, Giulini, Pretre, Gavazzeni: no era una señora “que cantaba muy lindo”, era un músico integral, conocía las partituras mejor que los propios directores.

Llegó a estudiar doce horas al día, cosa que quizás no impresione a un pianista, pero que, considerando que el cantante tiene a su propio cuerpo por instrumento –con la fatiga y el desgaste que esto conlleva del aparato anatómico productor de sonido– es casi inconcebible.  Es que no solo practicaba gorgoritos: investigaba los aspectos formales de las obras, leía sobre los rasgos dramáticos de los personajes que interpretaba para mejor encarnarlos: Norma (Bellini), Tosca (Puccini), Medea (Cherubini) La Traviata (Verdi), Lucía de Lammermoor (Donizetti), Ana Bolena (Donizetti).  Como decía Isaac Stern: practicando puntual y razonablemente, se pueden lograr cosas muy bonitas en arte, pero hay ciertos fenómenos de excelencia suprema, que solo se dan cuando la vida entera del intérprete está consagrada a su oficio.

¡Doce horas diarias!  Sé muy bien lo que eso significa.  Lo he vivido, lo he practicado, he pasado incontables veces por ese épico trance.  Lo hice preparando los conciertos 2 y 3 de Rachmaninoff, así como su Rapsodia sobre un Tema de Paganini, y luego muchas otras piezas extremadamente demandantes.  Ese es el ethos del verdadero artista.  Conozco cantantes que se dan por satisfechos con cinco minutos de vocalizaciones…. No, no, no, no puedo dar crédito a su nivel de autoconcesividad, a los poco exigentes que son consigo mismos… es la negación de todo profesionalismo, es la postura típica del aficionado con pretensiones.  Cosas que, en general, solo se dan en nuestras tropicales latitudes: nunca las vi en los entornos académicos que conocí en Phoenix, Houston, Nueva York, México, Praga y París.  Es una cuestión de compromiso, de engagement, de entrega, de pasión disciplinada, y de disciplina pasional.

Maria Callas, légende de l'opéra | OHdio | Radio-Canada

María Callas era the real thing, la artista auténtica, no un mero fenómeno de sobredotación natural.  Tuvo que trabajar arduamente para construir ese prodigio que es su voz, y dar a su volcánico temperamento un exutorio técnico depurado, a fin de que el magma de su ser saliera de manera musicalmente satisfactoria.  No es cuestión de desgalillarse: es cuestión de ética de trabajo, de saber estudiar, de obligarse a hacerlo aun cuando quizás nuestro cuerpo no lo desee.

La voz del alma, el alma de una voz

María fue lo que se conoce como una “soprano absoluta”: era capaz de encarnar a Isolda (voces descomunales, gruesas, “de pecho”, capaces de competir con una orquesta wagneriana llena de metales soplando a todo pulmón), como a las heroínas del mundo belcantista.  Y aquí urge hacer una distinción: no es lo mismo ópera que belcanto.  El belcanto es un estilo, la ópera es una forma.  Con excepción de algunas canciones aisladas, todo belcanto es operático, pero no toda ópera es belcantista.  El belcanto es un estilo cultivado por Mozart, Bellini, Donizetti, Rossini y el temprano Verdi (esto es, desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XIX).  La elegancia, la esbeltez, la pureza, la plasticidad de la línea, el imperio de la melodía, las agilidades, los trinos y gorjeos de toda suerte, la técnica depuradísima eran sus prioridades.

La ópera puede ser belcantista, pero bien puede ser muchas otras cosas.  Requerir de los cantantes, más que destreza en las filigranas, poder de proyección, voces caudalosas, timbres más oscuros, colores más dramáticos, potencia, grosor.  María fue soberbia como soprano belcantista, pero tenía una cualidad rarísima en el mundo del canto: podía actuar como mezzo-soprano (más grave) y como contralto (todavía más grave).  En rigor, su voz es incatalogable.  Se ha dicho que no es realmente bella.  Falso.  Lo que pasa es que hay que acostumbrarse a ella.  Después de ese proceso, es magia pura.

Entradas para Callas en concierto - En holograma (Madrid) - Atrapalo.com.co

Su tesitura era fenomenal: siete octavas y tres notas.  Un alcance universal, por poco, el teclado entero de un piano.  Conozco a más de un cantante hoy en día que a duras penas alcanza dos miserables octavas, y esto es, pujando hasta el punto de casi sufrir una apoplejía… ¡pssst!  La proyección comienza a sonarles apretada, estrangulada, angustiante.  Se les cae la afinación, se les saltan las venas del cuello como un altorrelieve de Etex, sacrifican calidad de sonido por cantidad de sonido, es el nadadito de perro: apenas la cabecita logra, precariamente, emerger del naufragio.  Con María Callas siempre nos sentimos a gusto: su abanico de sonidos es sobrado.  Solo a finales de su carrera esta cualidad comenzó a resentirse, y ya veremos por qué.

Una rosa para María

Era una reina en escena, devino una mujer de fascinante belleza, por la inteligencia y la pasión que su rostro traslucía, una actriz escalofriante: “llenaba” con su presencia el escenario, resplandecía, magnetizaba, tenía al mismo tiempo –para usar la terminología lorquiana– “musa”, “ángel” y “duende”.  Fue actriz favorita de Visconti, de Zeffirelli, ¡y de Pasolini, quien rodó una película con ella en el papel de Medea!

Dos compañeros marcaron su vida: el industrial Giovanni Battista Meneghini, treinta años mayor que ella; y luego un señor muy mediocre, cuyos únicos méritos eran tener un montón de plata y ostentar el nombre de uno de los más grandes filósofos de la historia.  Al comienzo de su relación le traía limusinas, que, al abrirse la puerta, derramaban cataratas de rosas.  Al final, y cuando la carrera de María declinaba, le decía: “Es a mí a quien debes todo: tú  nunca tuviste otra cosa que un pito en la garganta, y ya hasta eso se te ha roto”.

En 1973 María compró un apartamento a pocas cuadras del Arco de Triunfo, (hoy en día hay una alameda llamada “María Callas) en París, y llevó una vida de reclusión y melancolía, organizando ocasionales giras de recitales con Giuseppe di Stefano.  Desgraciadamente, ambas voces estaban ya ostensiblemente deterioradas.   El 16 de setiembre de 1977  María desayuna en la cama, siente de pronto un agudo dolor en el costado izquierdo, va al baño y se desploma.  Cuando el médico llega, la encuentra muerta.   Un infarto del miocardio.  ¡María Callas muerta del corazón!  Pero, ¿de qué más había de morir una mujer capaz de pasiones tan hiperbólicas?

Horizontal
María Callas,junto a Arsitóteles Onassis.

En 2006 un floricultor creó una rosa y la llamó “María Callas”.  Es un fucsia un poco más tenue, más delicado de lo habitual.  Y, cosa insólita, cuando uno escucha la voz de María –milagro de la sinestesia–, efectivamente siente que es el color pictórico que correspondería a su color vocal.

María Callas, la voz de su siglo, heredera de la Malibrán, la Colbrán, la Patti, la Viardot y la Pasta, era “electricidad en estado puro” –como solía decir Leonard Bernstein–.

La escuché desempeñarse con igual panache como soprano ligera, soprano lírica, soprano spinto y soprano dramática.  En suma, la soprano assoluta, la soprano sfogato.  Su tesitura alcanzaba casi las siete octavas.  Su Carmen de Bizet prueba que también era capaz de abordar roles de mezzosoprano y aun de contralto con tremenda convicción y solvencia.   Algunos preciosistas persisten en pensar que su eterna rival, Renata Tebaldi, era superior a ella.  Lo más que diría, sobre este punto, es que si la Tebaldi podía ocasionalmente demostrar una técnica vocal más sólida, más regular, más confiable, la Callas la sobrepujaba infinitamente como intérprete, actriz, artista integral, y miles de imponderables que pertenecen a los grandes artistas y son, en cierto modo, indefinibles.  Renata Tebaldi jamás suscitó la mitología, la devoción, el amor, la locura, el delirio que María Callas desataba en sus audiencias.  Ella es la voz del siglo XX: nadie le puede disputar ese honor.

Lo más bello de María es que, justamente, no oculta su fragilidad, su esencial vulnerabilidad.  Al escucharla sentimos estar en presencia de un alma delicada, fácil de herir.  Pero sucede, amigos y amigas, que es precisamente cuando nos sentimos emocionalmente frágiles que emergen desde el epicentro de nuestro ser los más hermosos sentimientos, los rasgos más entrañables y valiosos del alma.  Hoy en día la gente procura por todos los medios no exhibir la menor traza de fragilidad.  Es mucho, muchísimo, lo que el mundo pierde en belleza humana por andar por la vida con un parapeto de acero sobre el corazón.  María era frágil: lo sentimos en su canto, no mueve un dedo por ocultarlo, y eso la torna doblemente digna de ser amada.  Cometió el error de casarse con un cerdo podrido en dinero mal habido, y este la hirió, la castró, la vapuleó como el psicópata que era: no voy a ensuciarme la mano consignando su nombre.

La muerte… y una confesión íntima

Maria Callas – Souvenir de París

María es una de las novias de mi alma.  ¿Las otras?  Antígona, Juana de Arco, Madame Bovary, Ana Karenina, Isadora Duncan, Camille Claudel, Frida Kahlo y Yolanda Oreamuno.  Creo que el gran error de María consistió en no haberme conocido a mí.  Sí, suena pretencioso decirlo, pero lo creo firmemente.  Murió el 16 de setiembre de 1977, al día siguiente de mi fiesta de quince años.  Abrí la puerta de mi casa en la mañana, y ahí estaba el periódico, con la foto de ella, de pie, en el balcón con ventanas de vidrio y cortinas blancas, sutiles, levísimas, mirando hacia afuera, en su apartamento estilo Haussmann de París.  “¡Vaya regalo de cumpleaños!” –me dije, perplejo y afligidísimo–.  Su cuerpo fue velado en una iglesia ortodoxa griega en el centro de la ciudad luz.  Cremaron sus despojos mortales, y las cenizas fueron esparcidas en el mar Egeo, cerca de su amada Grecia.

Si su voz se erosionó con el tiempo ello no se debe, en modo alguno, a su tendencia a cantar roles “que no le sentaban bien”.  La verdad de las cosas es que María padeció durante décadas de una enfermedad degenerativa que acarreaba la flaccidez de su sistema muscular.  Con ello el diafragma perdió tono, y no era ya capaz de sostener la columna de aire.  Su muerte acaece justamente cuando la dolencia ataca ese músculo por antonomasia que es el corazón.

Siempre reverdecida, siempre renaciendo, siempre alba y nunca crepúsculo, siempre luminosa, mi amada, mi bella María.  Para ti, esta reminiscencia –que también es una carta de amor– en el centenario de tu nacimiento.  “Finjan llorar, amigos queridos, porque yo tan solo fingiré haber muerto” –dijo Jean Cocteau, poco antes de “atravesar el espejo” –.  Son palabras que también podemos poner en la boca de María Callas.

 

Visitado 145 veces, 1 visita(s) hoy