Aprender, desaprender y volver a aprender en la era digital

Aprender, desaprender y volver a aprender en la era digital

Mario Granados, investigador académico y profesor universitario.

 

 

Una mirada desde el pensamiento crítico

Una revolución digital – sin precedentes – atraviesa rápidamente las comunidades sociales contemporáneas.

La expansión de internet, el desarrollo de la inteligencia artificial y la difusión de las redes sociales han modificado de manera extraordinaria, no sólo la forma en que las personas acceden al conocimiento sino también, cómo se relacionan con la información y su eventual comprensión de la misma realidad.

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En este contexto, se ha conocido la idea de que aprender, desaprender y volver a aprender constituye la competencia educativa fundamental de las próximas décadas. A pesar de ello, tal afirmación alcanza un significado mucho más profundo cuando se examina a la luz del pensamiento crítico, entendido como la capacidad de cuestionar, analizar y comprender la complejidad del mundo contemporáneo.

Durante gran parte de la historia, el conocimiento ha sido observado como un patrimonio relativamente estable. En tal dirección, la educación se ha organizado en torno a contenidos académicos que podían conservar su vigencia durante largos períodos. Sin embargo, en la actualidad esa estabilidad ha desaparecido.

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Los avances tecnológicos se han encargado de transformar continuamente las formas de trabajar, la manera de comunicarse y hasta los propios esquemas de producir conocimiento. Lo aprendido ayer entonces, puede resultar – cada vez con más frecuencia – insuficiente mañana.

Esta realidad pesa hoy día, como una importante necesidad a las personas de mantenerse en constante actualización para responder a los desafíos de una sociedad en permanente cambio.

Pero, resulta necesario advertir que la cuestión central no radica únicamente en aprender nuevas habilidades. El verdadero reto se encuentra en desarrollar la capacidad de comprender y distinguir entre información relevante y simple acumulación de datos.

No es un detalle menor al respecto, insistir en el hecho de que vivimos en una época caracterizada por la abundancia informativa. Nunca antes la humanidad tuvo acceso a tantos recursos de conocimiento, pero tampoco había enfrentado niveles tan elevados de desinformación, manipulación y saturación comunicativa.

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La proliferación de noticias falsas, contenidos engañosos y discursos polarizantes demuestra que el acceso a la información no garantiza necesariamente una mejor comprensión de la realidad.

Desde esta perspectiva, el pensamiento crítico se convierte en una herramienta indispensable. Aprender ya no significa memorizar contenidos. Todo lo contrario, aprender hoy representa interpretar evidencias, contrastar fuentes y la construcción de juicios razonados.

La velocidad con que circula la información en las plataformas digitales favorece respuestas inmediatas y emocionales, reduciendo casi siempre los espacios para una honda reflexión. Así, la cultura de la inmediatez premia la reacción rápida antes que el análisis cuidadoso y profundo, corriendo el riesgo de formar individuos hiperconectados pero intelectualmente vulnerables frente a la manipulación y la simplificación de problemas complejos.

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Aún más desafiante resulta el proceso de desaprender. Desaprender implica reconocer que ciertos conocimientos, creencias o prácticas pueden haber perdido validez. Significa cuestionar paradigmas que durante años fueron considerados incuestionables. Desde el pensamiento crítico, esta capacidad representa una forma de apertura intelectual, ya que exige abandonar la comodidad de las certezas para enfrentarse a la incertidumbre del cambio.

 

No obstante, desaprender también implica grandes costos emocionales y sociales. La necesidad constante de adaptación puede generar inseguridad, ansiedad y sensación de inestabilidad, especialmente en un entorno donde las transformaciones tecnológicas ocurren a gran velocidad.

Esta situación se intensifica con el avance de la inteligencia artificial y la automatización. Numerosas actividades laborales están siendo redefinidas por tecnologías capaces de ejecutar tareas antes reservadas a los seres humanos. Frente a este escenario, volver a aprender se presenta como una necesidad ineludible.

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Pero es imprescindible señalar, que reducir el reaprendizaje a una simple estrategia de adaptación económica sería una visión limitada. La educación no puede restringirse y menos limitarse a la adquisición de competencias técnicas conducentes exclusivamente a la productividad.

Volver a aprender debe significar – también – la recuperación de dimensiones humanas fundamentales, en la actualidad relegadas en la lógica tecnológica contemporánea. La ética, la creatividad, la sensibilidad social, el reconocimiento del otro, la capacidad de diálogo y la reflexión filosófica continúan siendo elementos esenciales para la construcción de una sociedad democrática y justa. Ningún algoritmo puede sustituir completamente la facultad humana de deliberar sobre valores, responsabilidades y propósitos colectivos.

Por ello, el desafío educativo del siglo XXI trasciende la formación de individuos capaces de adaptarse al mercado laboral. Su verdadera misión consiste en formar ciudadanos conscientes, críticos y comprometidos con la efectiva comprensión de los problemas de nuestro tiempo. Aprender, desaprender y volver a aprender solo adquieren sentido cuando se orientan hacia el desarrollo integral de la persona y no únicamente hacia la eficiencia productiva.

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En definitiva, la revolución digital ha redefinido la relación entre conocimiento y sociedad. Ante la aceleración tecnológica, el pensamiento crítico emerge como la capacidad que permite transformar la información en comprensión y el cambio en oportunidad de crecimiento humano.

Más que adaptarnos pasivamente a las exigencias de la innovación, necesitamos aprender a reflexionar sobre sus consecuencias. De ello dependerá que el progreso tecnológico contribuya a una humanidad más libre y consciente y no a una sociedad cada vez más informada si bien cada vez menos reflexiva.

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