¡Así no se puede!

¡Así no se puede!

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

La Selección Nacional de Futbol debutó en 1921.  Es una venerable señora de 104 años de edad.  En ese lapso hemos tenido –sí, amigos, lo crean o no– un total de 76 técnicos.  Nuestros entrenadores duran, en promedio, año y dos meses.  ¿Cómo puede hablarse de continuidad, de progreso, cuando cada nuevo técnico tiene que venir a construir ex-nihilo, de la nada, en lugar de apoyarse en la base bien cimentada de su predecesor?  El mito de Sísifo: tener que estar empujando la piedra ladera arriba una, y otra, y otra vez… que vuelve a rodar colina abajo.

La repetición estéril, absurda.  Hemos tenido técnicos mexicanos, uruguayos, argentinos, alemanes, paraguayos, colombianos, peruanos, hondureños, croatas, checos, estadounidenses, brasileños, ingleses, españoles, costarricenses…  Una verdadera torre de Babel.

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En las antípodas de esta inestabilidad, de nuestra improvisatoria y errática mentalidad, tenemos el caso de Alemania Occidental.  Su selección la –Mannschaft– nació en 1908.  En 117 años ha tenido… ¡tan solo 12 técnicos!  Lo que es más importante: cada uno de ellos era asistente o compañero de equipo del anterior. Sepp Herberger, Helmut Schön, Jupp Derwall, Franz Beckenbauer, Berti Vogts, Jürgen Klinsmann… hasta Joachim Low –sagaz estratega que le restituyó a Alemania el fulgor de sus mejores años– han estado todos vinculados por una relación maestro-discípulo.  Un concepto dinástico del saber: la transmisión del conocimiento.  Para eso hay varios nombres: tradición, escuela, inteligencia histórica, planificación, responsabilidad, conciencia de linaje, sentido de filiación.

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Ya lo he dicho: nosotros podemos contratar mañana mismo a Menotti, Zagallo, o Beckenbauer: eso no nos hará campeones mundiales.  Porque el problema no solo está en los técnicos.  Sucede que no tenemos un programa nacional de escuelas de futbol para niños, que no hemos invertido lo suficiente en nuestras ligas menores.  ¿Qué puede hacer Sep Guardiola si llega a Costa Rica y se topa con muchachos que no saben controlar un balón, cobrar un penal, desmarcarse, jugar sin pelota, meter una bola de profundidad?  Ningún técnico, por eminente que sea, puede enfrentar exitosamente una situación de este jaez.

En el fútbol, como en el ballet, el piano o la gimnasia, hay ciertas destrezas que deben adquirirse tempranamente, bajo guía rigurosa, en un marco formal, y que no se pueden aprender en la calle, pateando un tarro de Coca-Cola o una naranja podrida a guisa de bola.  Una eminente profesora de ballet asumirá la dirección de una troupe únicamente si las bailarinas saben ejecutar una pirouette, un frappé, un fouetté, un pas de chat, una glissade, un tendu, un arabesque, en suma, el “alfabeto” básico de la danza.  ¡Y tienen que hacerlo de manera limpia, pulquérrima!  Exactamente lo mismo sucede con el fútbol.

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¡Un equipo que estrena técnico cada catorce meses jamás va a progresar!  De la historia se aprende.  El que reprueba el curso termina en el rincón del aula, debidamente ataviado con las orejitas de burro.  Alemania: cada estratega toma el relevo de esa antorcha que se llama experiencia, y que es cedida como un bien patrimonial, una construcción histórica.  Es la estructura de la lectio medieval: el maestro transfiere a su discípulo todo su conocimiento, y sobre esta plataforma, el alumno construye su propio proceso de crecimiento.  El saber es acumulativo: un tesoro que pasa de mano en mano, en un juego de relevos transgeneracionales.   Solo así es concebible el progreso, la maduración, el crecimiento cualitativo.

Tal ha de ser nuestro modelo… si es que tenemos la humildad necesaria para aceptar que hemos errado durante 104 años, y no se nos sale esa calamidad, ese flagelo psíquico, esa especie de tara cognitiva que conocemos como “excepcionalismo tico”: todo lo nuestro es excepcional, único, ejemplar, inmejorable, modélico, perfecto, extraordinario, sublime.  Tal es la fuente espiritual de nuestro subdesarrollo y nuestro patrioterismo cursi y barriobajero.

 

 

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