“Aux grands hommes, la patrie reconnaissante”

“Aux grands hommes, la patrie reconnaissante”

Jacques Sagot, pianista y escritor.

Métroboulotdodo”.  Es una expresión popular del argot parisino, en la cual, mediante apócopes y rimas internas, se resume, en fórmula no desprovista de mérito poético, la atribulada vida de los residentes de esta ciudad.  “Metro, trabajo, dormir”: he ahí, en síntesis, la entrópica, motórica vida del parisino.

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De cierto tipo de parisinos –convendría añadir, que no sería ciertamente el caso de Dominique Strauss-Kahn y de sus primus inter pares, ustedes saben: “Il cavaliere” Silvio Berlusconi, o los parlamentarios austriacos Robert Elmecker y Wendelin Sttmeier, notorios por sus merodeos sexuales en Bucarest–.

Para estos probos ascetas, próceres intachables, eremitas consagrados a la contemplación y la observancia de la disciplina clericalis, no hay métroboulot ni dodo: viven en conventos de clausura, descalzos, mendicantes, enfundados en tosco sayal, abocados el día entero a la plegaria, al ayuno, la auto-flagelación, el cilicio monacal y la corona de espinas (ocasionalmente siembran hortalizas, ¡pero atención: sin derivar de ello el menor gozo sensual!)

A todo esto, métroboulot y dodo no son experiencias vitales aisladas como compartimentos estancos.  Los hay que hacen dodo en el métro, o que comienzan el boulot en el métro.  Aún habría que considerar a aquellos que no tienen ni boulot, ni métro, y apenas hacen dodo.  Son los indigentes.  ¡Vamos, la sinonimia es profusa: menesterosos, mendigos, pordioseros, pobres, necesitados, harapientos, limosneros!  Siempre, por principio, debemos desconfiar de todo aquello que nos inspire tantos nombres.  ¿Cuántos vocablos tenemos para designar la vida?  ¿Cuántos, en cambio, para la muerte?  La parca, la Moira, la pelona, la calaca, la ñata, la segadora, la señora de la guadaña, la encapuchada, la trampa, la afanadora, la blanca, la apestosa, la amada inmóvil…  Tal diríase que por medio de la sinonimia, el ser humano procurase domesticar, encapsular, contener aquello a lo que le teme.  Luego vienen los eufemismos, disfemismos, perífrasis y litotes para aludir a la muerte: existen por centenares, y no pienso enumerarlos.

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Lo veo todos los días de mi vida.  Todos los días, por lo menos, en que logro arrastrarme a mi trabajo.  Esto es bastante menos que “todos los días de mi vida”, pero bueno, ustedes me entienden: lo veo con frecuencia –he ahí lo esencial–.  El indigente.  Ahí, yacente, a la entrada de la estación Charles Michel.  Entre el quiosco de revistas y la boca subterránea.  Tiene “su” rincón.  Es parte del paisaje.  Elemento de la configuración urbana que todos los usuarios del metro deben ver –o no ver– cada vez que abordan el tren.

Se trata de un viejo barbudo y obeso, hirsuto, zarrapastroso, que habla solo todo el día, y tiende sus manos costrosas a los pasantes.  Pienso en Machado: “Quien habla solo espera hablar a Dios un día”.  Par ailleurs, ¿qué esperan que les diga?  ¿Qué además de todo ello apesta?  ¡Pues por supuesto que apesta!  ¿Querían acaso que oliera a “La vie est belle” de Lancôme?  Sudor, orines, excremento, semen reseco, basura, frutas podridas, residuos de alimentos…  Todo se mezcla en una compota aromática que anuncia inexorablemente su presencia unos veinte metros antes de la estación del metro.  El tipo de persona que uno huele antes de ver.  Los perros lo rondan.  De hecho, es dueño de un zaguate que ha terminado por asumir la mirada y la actitud mendicante de su amo.  Ahí, echado a su lado, monta guardia, en estado de “aguarde” (Unamuno), ya que no de espera.  La segunda es activa, la primera, pasiva, mera vegetatividad.  Un estar sin ser.  Lo propio de una roca, o un poste del alumbrado eléctrico.

David Lerín Ibarra on X: "Pablo #Picasso “Viejo ciego con niño” (1903). Perteneciente al #periodoazul, ya que este color domina la gama cromática de sus pinturas y que tuvo su origen en

Es curioso: en esta ciudad, donde apenas se puede cruzar un parque o llegar a una esquina sin topar de narices con el monumento de algún gran artista o héroe de la patria, los mendigos constituyen, a su manera, una especie de museo del horror.  Como las estatuas, han devenido hieráticos, inmóviles, eternizados en sus poses, y ya pasan por verdaderas instituciones.  Deberían ponerles cercos de flores durante la primavera, una plaquita que consigne los datos esenciales de sus vidas, y quizás incluso construir a sus lados fuentecitas que acompañen sus lamentos con el ininterrumpido rumor de sus borborigmos.

Cuando le doy su limosna, el infeliz dice: “Gracias”.  Cuando no se la doy, dice: “Gracias”.  En ambos casos, se prodiga en una larga peroración, farfulla interminables piezas oratorias de las que jamás he logrado entender una palabra.  No es agresivo.  Creo que la gente del barrio le tiene algún cariño.  Bueno, siquiera no lo bañan con gasolina y encienden sobre él un cerillo, a la usanza carioca.  ¡Modelo de civilización y solidaridad, Francia la noble, la compasiva, faro ético del mundo!

El viejo tiene su “estilo”, su “método” –si así prefieren verlo–.  Consiste en exhibir su pierna izquierda.  Inflamada, túrgida, llagada, cubierta de úlceras y, durante los veranos, colonia de moscas y toda suerte de insectos.  Es su obra maestra.  Su ofrenda para la humanidad.   Su magno título de gloria.  No ironizo en lo absoluto: he visto su expresión: la muestra con orgullo.  “¿Cuántos de ustedes serían capaces de vivir con algo así?” –pareciese decir–.  En efecto, el miembro, elefantiásico, afecto de algo que a buen seguro tiene que ver con la diabetes, se ha complicado a estas alturas con toda suerte de infecciones cutáneas.  Violácea, una urdimbre de venillas negras traza sobre ella una especie de mapa hidrográfico extremadamente complejo.  En el pie, las uñas negruzcas se han mineralizado, y por poco podría pasar por uno de los santos o apóstoles que montan guardia en los portales frontales de Notre-Dame.  Claro que estos son figuras ascéticas y espiritadas, mientras que mi mendigo es barrigón: de no ser por su putrácea pierna, la incoherencia de su discurso y su mugrienta apariencia, podría ser tenido por un hombre que gozase de buena salud, a lo sumo un tanto obeso: hipotiroidismo, síndrome de Cushing, consumo de litio, problemas metabólicos o neurológicos diversos.

Sí, su pierna es una verdadera escultura.  La ha cuidado.  Se ha esmerado preservando su horroroso aspecto.  Una paradójica forma de la anti-cosmética.  Gozándose en su repugnancia.  Ofreciéndola con un criterio por poco se diría estético: el “feísmo”, ¿no es, después de todo, una sensibilidad cultivada por algunos artistas hoy en día juzgados canónicos, en la plástica, la música, el cine?  El cuerpo transformado en obra de arte.  El body art.  ¡También son bellas, las disonancias no resueltas, los clusters, los chirridos de Penderecki, las más abisales manifestaciones del expresionismo alemán, los Fragmentos anatómicos de Géricault, las pinturas de cuerpos eviscerados, víctimas de la vejación médica, que constituyeron uno de los temas privilegiados de la pintura flamenca!

La inexplicable belleza de la putrescencia y la enfermedad.  Acaso porque son constitutivas de la vida, y deben ser celebradas con tanto lirismo como lo sería una eclosión de amapolas, narcisos y asfódelos al despuntar la primavera.  La vida es una sola, y siempre la misma.  La estética creó dos categorías: lo bello y lo feo (peor aun: las asoció con lo bueno y lo malo respectivamente, creando una transvaloración ética-estética de todo punto aberrante).  Quien celebre la belleza indecible de las cimas nevadas y arrugue la nariz ante la pierna supurante de un mendigo no es un artista: es un señoritingo alegre, una vieja cursi, un hipócrita y, en última instancia, un cretino.  Cualquiera puede hacer un poema sobre lo primero: en el peor de los casos, el esplendor del paisaje generará siquiera algún acierto metafórico.  ¡Pero nadie hará poesía con lo segundo a menos de que sea Villon, Blake, Poe o Baudelaire!

Explorando "El Hambre" (Hambre) de Oswaldo Guayasamín

Y a todo esto, urge precisar lo siguiente: no es el poeta el que, perversamente, estetiza el dolor del mendigo: este se propone ya, a priori, como objeto estético: más que compasión, aspira a suscitar una forma de admiración, de perplejidad, de estremecimiento que constituye, en el sentido estricto del término, un espectáculo.  No quiere ser compadecido: exige ser recompensado por el trabajo de una vida, por una pierna que la enfermedad –mil enfermedades– han torneado…  Con su consentimiento y bajo su supervisión, su régis.

Sí, se merece sus limosnas, el viejo.  Y las obtiene la mayoría de las veces, he de decir.  Las entradas de los metros no son buenos lugares para la mendicación.  Son espacios de tránsito: gente que entra o sale en tropel, generalmente de prisa.  De hecho, la ley prohíbe a los limosneros instalarse en las gradas del metro.  Pero a este parecen tolerarle sus pequeñas idiosincrasias.  ¡Bravo: bien merecido, tiene su sitio, que algún día debería devenir sitial!  Nadie se mete con el viejo.  Jamás he visto a un gendarme pedirle evacuar su rincón, ni a nadie rezongar con su presencia.  Aun la vendedora de revistas del quiosco adyacente –por demás odiosa– lo tolera sin refunfuñar.  Asumo que su olor ha terminado por pasarle inadvertido.

Y pienso, pienso –deplorable vicio– que mi vida, mi gestión como artista no difiere, en lo esencial, del indigente de Charles Michel.  ¿Qué he hecho yo toda mi vida, si no exhibir las llagas de mi alma?  ¿No soy acaso un pornógrafo de mi propio dolor?  ¡Ah, ciertamente el pudor y la elegancia no figurarían entre las cualidades que me tipificarían como artista!  He sangrado al piano, he sangrado sobre la hoja de papel, he sangrado en los escenarios, he sangrado en las salas de conferencias, he sangrado ante las cámaras y micrófonos: ¡no he hecho otra cosa en mi puta vida que sangrar, y mostrarle al mundo entero mi hemorragia incoercible, eterna, y el rítmico manar de su flujo inextinguible!

Los Sin Techo Están Durmiendo En El Cartón En La Calle Fotos, retratos, imágenes y fotografía de archivo libres de derecho. Image 63489150

Como “La fontaine de sang” de Baudelaire –ese otro hemofílico del alma–.  El Satán que “pone en el corazón y los ojos de las niñas el culto por la llaga y el amor de los harapos”, ¿no sería el más grande humanista de que el mundo tenga memoria?  ¡Y, como si esto fuera poco, un esteta de instinto depuradísimo e incomparable exquisitez!

Pues yo también, de esas llagas y harapos, haré el objeto de un culto.  Miserable viejo, paria, irrisión de los paseantes: yo soy tu hermano.  Una oscura, arcana fraternidad nos une allá en el fondo, en ese estrato del ser en el que un embajador ante la UNESCO y un pordiosero no difieren esencialmente.  Las almas también tienen nexos de consanguinidad (porque, en caso de que no lo supiesen, las almas también sangran).  Ambos artistas, ambos humanos, ambos ofreciendo nuestro espectáculo, ambos representando nuestros roles, ambos queriendo ser reconocidos –no aplaudidos: tan solo aceptados por la comunidad humana–, ambos exhibiendo el producto del trabajo amoroso de nuestras manos.  Yo toco el piano y escribo, y tú sigues cincelando y barnizando tu pierna.

Descubre el Panteón de París, el mausoleo más emblemático de Francia
Pantheon de París.

En el frontón de la fachada del Panthéon, donde Francia acoge a sus figuras históricas señeras, un altorrelieve reza: “A los grandes hombres, la patria agradecida”.  Es aquí donde el pordiosero debería reposar.  Que saquen al duque de Montebello, al barón de Senarmont, al cardenal Mareri (¿quién recuerda a estos pazguatos, anyways?), o al propio Soufflot, el arquitecto que diseñó el mausoleo…  Y dispuso que lo instalaran en él… ¡Poco elegante gesto –es lo menos que cabe decirse!–)  Que los saquen, sí, e inauguren un espacio para hombres como mi pordiosero.  La “patria” los degradó y aniquiló, la “patria” debe ahora inmortalizarlos.

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