Cien mil cuerpos… para una sola cabeza

Cien mil cuerpos… para una sola cabeza

Jacques Sagot

En El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, Nietzsche se refiere a los “divinos metamorfoseados”.  El hombre griego del siglo IV antes de Cristo rinde culto a Apolo (agricultura, arte, equilibrio, mundo de las apariencias, ensueño) y a Dionisio (vino, orgía, exaltación, destrucción y posterior generación de vida, inmersión en la realidad y rechazo de las imágenes del ensueño).  En su cortejo báquico, en su danza pagana, despierta y atiza las fuerzas de la naturaleza y las somete al poder armonioso del coro.

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Durante la representación teatral ática, el canto del coro es el núcleo mismo de la tragedia: la suma de varios individuos fusionados en una sola voz, cantándole a la plenitud.  Es a partir del coro que se decantan enseguida los personajes célebres en la tragedia clásica (Esquilo, Sófocles, Eurípides): primero Dionisio, después los héroes y los dioses presentes en los poemas homéricos.  En su frenesí dionisíaco, los “divinos metamorfoseados” viven una experiencia iniciática: la pérdida del principium individuationis y la ruptura del velo de Maya (la ilusión, el mundo de la apariencia).  Mutatis mutandis, es algo afín a la experiencia del hombre que, en el libro VII de La República de Platón, se libera, descubre las sombras que desfilan en el fondo de la caverna, se da cuenta de que ha vivido en un mundo de meros fantasmas, réplicas, apariencias (la doxa), se asoma al exterior, y experimenta la revelación de la realidad (la episteme).

Apolo es la apariencia (es la razón por la cual el ensueño –apariencia de una apariencia– o el arte –simulacro de una realidad ya de suyo ilusoria, toda vez que sea figurativo– satisface mejor su necesidad, su apetito de ilusiones).  Dionisio nos permite siquiera un vislumbre de la Verdad.  La voz misma del ser, no una de sus diversas máscaras.

Pues bien, cuando se observan las reacciones de euforia colectiva que genera en un estadio con cien mil espectadores la anotación de un gol –en una instancia dramática–, la referencia a los “divinos metamorfoseados” de Nietzsche se impone.  Porque, en efecto, se trata de un estado alterado de la conciencia.  Una forma de éxtasis (etimológicamente: salir de sí mismo, migrar), un “estar fuera de sí” colectivo.  Que en ellos debamos reconocer la ruptura del velo de Maya es, por decir lo menos, dudoso, pero sí juzgo correcto afirmar que asistimos a un derretimiento del principium individuationis.

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Cien mil criaturas que no son más que otros tantos cuerpos con una misma cabeza.  Sienten lo mismo, vibran al unísono, son –durante algunos segundos– el mismo ser, que clama a través de cien mil bocas.  Se tornan indiscernibles.  Una sola cabeza sí, con una multitud proliferante, tentacular, delirante, de cuerpos en tremolina.

En la superficie fenoménica de los hechos, estos estallidos son llamativamente afines a los que percibimos en los momentos de trance religioso colectivo.  ¿Alienación, enajenación?  Sí, en la medida en que –etimológicamente– nos tornamos ajenos (aliens) a nosotros mismos, dejamos de ser lo que somos, nos perdemos gozosamente.  Aún más: morimos.  Sí, como se evapora el ego en el momento del éxtasis erótico.  Esa latencia de muerte que alienta en el clímax del gozo, y que tan perceptivamente observó Freud.  Gozo erótico y tanásico a un tiempo.  Éxtasis que no puede sino ser, al mismo tiempo, agonía (“la petite mort”: expresión con que los franceses designan el orgasmo).  El arrebato del alma, la pérdida de sí mismo, la levitación, el misterioso gozo de la disolución en el otro.

Resta ver si esta enajenación es condición de posibilidad para una forma superior de lucidez y de conciencia –la que nos permitiría asomarnos a la Verdad, romper el velo de Maya y liberarnos de la impostura de las apariencias– o es, simplemente, un estado de intoxicación colectiva: el homo demens (Morin) manifestándose en su más exorbitada manera.  Lo que quiero subrayar son las afinidades –que deberían movernos a suspicacia– entre ambos fenómenos.

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Ese estadio, con sus cien mil “divinos metamorfoseados” que hacen música y se embriagan de fútbol, se aproxima mucho a los alucinados del coro de la tragedia griega, y no ironizo al decir que, en mi personal sentir, sospecho que Nietzsche hubiera apreciado el tipo de reacciones que se ven en los grandes estadios del mundo, en los carnavales, en el festival de Woodstock (agosto de 1969: medio millón de concurrentes), en algunas manifestaciones políticas.

De nuevo, la enajenación –devenir ajeno a sí mismo– es, quizás, la conditio sine qua non, para la aprehensión directa de la realidad…  O quizás no sea más que una lamentable, de todo punto de vista alarmante explosión de irracionalidad incendiaria y violencia colectiva.  No emito tesis, tan solo propongo hipótesis.  Sea como fuere, está claro que esa muchedumbre enajenada –o divinamente alucinada– responde bien a su designación como muchedumbre.  Porque no es lo mismo muchedumbre que multitud –es una distinción que Spinoza y Leibniz se encargaron de establecer con toda nitidez–.  En la multitud no se pierde la pluralidad, la especificidad de los individuos.  La muchedumbre, en cambio es –si me permiten retomar mi metáfora– una sola cabeza para mil cuerpos.  No es lo mismo mayoría que masacolectividad que canallapueblo que populacho.  El populacho es el pueblo descerebrado, enloquecido, iracundo, ahí donde el individuo ha dejado de existir: una marejada humana que reacciona de idéntica manera ante el mismo condicionamiento.

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La misma diferencia que existe entre democracia y oclocracia.  En la segunda –estado enfermizo, degenerativo de la primera– el pueblo se ha perdido a sí mismo, es ya una fuerza ciega e incoercible.  La dictadura de la muchedumbre.  Una masa o gentío, un agente de producción biopolítica incapaz de autogobierno, por cuanto su voluntad política está viciada, es confusa, caótica, irracional, carente de juicio.

Que las democracias puedan degenerar en oclocracias es una posibilidad sobre la que nos alerta, en particular, Rousseau: sucedería cuando las voluntades mayoritarias fuesen desoídas o envenenadas por ideologías perniciosas para la convivencia así no fuese más que pasablemente armoniosa.  Es un peligro real, y Costa Rica, debilitada cívica e institucionalmente, coquetea ya con este gravísimo morbo social.

 

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