
Muy en boga en nuestros días, los tatuajes tienen su origen hace unos 5000 años, allá por el Neolítico. Los antropólogos estiman que los tatuajes, conocidos por su término en inglés “tattoo”, tuvieron un origen místico o religioso. Con el paso del tiempo se fueron agregando otros motivos, relacionados con las experiencias vividas o las ocupaciones que se ostentaban. Por ejemplo, los marineros se dibujaban un ancla.

Tanto arqueólogos como antropólogos han encontrado evidencias de los tatuajes en cuerpos momificados en China, Egipto, la antigua Grecia, Roma, así como en los habitantes de Samoa.
Fue en aquellas islas de la Polinesia que el explorador inglés, Capitán James Cook, en 1769 observó que los isleños llevaban múltiples tatuajes en sus cuerpos y fue él quien llevó a Inglaterra el término “tatau” que por homonimia derivó a “tattoo”. En el idioma original, tatausignifica justamente “cuerpo marcado”.
La historia de los tatuajes es muy extensa, pero se puede resumir en que los impulsos iniciales para grabarse textos, figuras o emblemas en la anatomía externa obedecían a diferentes motivos. Por ejemplo, en 1930, en EUA aparecieron los números del seguro social, que era obligatorio aprenderse y por facilidad, muchas personas se los empezaron a grabar en sus epidermis.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis marcaban a sus prisioneros con números indelebles, para facilitar su identificación, como bien lo hemos visto en los filmes de ese triste episodio de la humanidad.
Algunos creen que el primer tatuaje de la historia se registra en el antiguo Egipto, donde básicamente las mujeres se tatuaban por motivos religiosos. Esto es lo que revela la momia Amunet, una sacerdotisa egipcia que tenía diferentes líneas y puntos repartidos y tatuados por todo cuerpo. Igualmente, la momia de Ötzi, un hombre que falleció hacia el 3.255 a.C en los Alpes y que fue encontrado por dos alpinistas alemanes en 1991. En este caso, la mayoría de sus tatuajes eran líneas negras horizontales, que se piensa que tenían poderes curativos.
Ya en la antigua Grecia, los tatuajes eran distintivos de los esclavos y los criminales, pudiéndoselos identificar con facilidad. Esta práctica, aprendida de los Persas, se adoptó en la antigua Roma, donde los mercenarios que desertaban de los ejércitos se podían identificar con rapidez.

Durante los años 20, el factor cosmético o de belleza cobró mucha importancia entre las mujeres quienes, al no poder costear los artículos para maquillarse, decidieron aplicar la técnica del tatuaje en sus rostros, sobre todo en cejas y bordes de los labios.
Ya para la década de los 70, en pleno apogeo de la era hippie, los tatuajes se volvieron muy populares, mostrando el símbolo de la cruz con sus brazos horizontales orientados hacia abajo, emblema que significó “todas las razas y etnias unidas en un solo haz”; así como el famoso eslogan “Makepeace, notwar” (Hagamos el amor, no la guerra).
Este tema no deja de tener sus aristas de cuidado. ¿Es seguro hacerse tatuajes? ¿Son para siempre? En salud pública existe la preocupación de cuán fiable es para el usuario tomar la decisión de grabarse uno o más tatuajes. Las dudas empiezan a asomar, primero sobre la calidad profesional del tatuador; segundo, el tipo de tintas que se introducirán en la piel y tercero, pero no menos importante, las cualidades, signos o características del cliente que se someterá a esta técnica.

Quizás una de las mayores preocupaciones es el carácter indeleble de los tatuajes. No ha sido una, sino varias luminarias del cine que se han arrepentido del o los tatuajes que se han grabado en cierto momento de sus vidas y que ya no tienen ninguna validez o significado en su presente, por lo que han tenido que buscar un dermatólogo que les ayude en el proceso de reversión. Vale decir que no es barato ni indoloro incurrir en esa decisión.
No podríamos obviar lo que, desde el punto de vista religioso, dicen los libros sagrados (la Biblia y el Talmud). Por ejemplo, en el libro de Levítico19:28, textualmente se da el siguiente mandato: “No haréis sajaduras en vuestro cuerpo por un muerto, ni haréis tatuajes en vuestras manos. Yo Jehová”.
Esta ordenanza se dio en un contexto donde se practicaban tatuajes y laceraciones en la piel, como parte de la cultura que predominaba en las religiones paganas de las naciones vecinas a Israel, lo cual para los hebreos tenía un sesgo de adoración a los muertos.

Ya en el tiempo del Nuevo Testamento, pesó el criterio de San Pablo de que el cuerpo es Templo del Espíritu Santo y, por ende, tatuarlo o lacerarlo es profanar ese templo de forma fútil e innecesaria (1ª Corintios 6: 19-20). Este criterio es validado por muchas corrientes cristianas.
Por último, quienes elegantemente se oponen a esta práctica señalan que difícilmente veremos un automóvil BMW lleno de calcomanías y que por analogía con el cuerpo humano no se le debería aplicar tatuajes a esta obra magnífica de nuestros cuerpos.