Jacques Sagot, pianista y escritor.

El hombre era recio, corpulento. Sinóptico en su conversación. Menos que económico de palabras. Rostro duro, severa la expresión. Desde que abordé el taxi, supe que no sería un interlocutor particularmente locuaz. Pero eso no importa. Conozco seres humanos que han marcado mis vidas con un par de palabras, y todos sabemos que el mundo está lleno, por otra parte, de verborreicos y taquilálicos de los que no se puede extraer una molécula de sentido, una sola frase memorable.
Después de algunos minutos sobre la ruta, advertí que no llevaba el cinturón de seguridad puesto.
“¿No usa usted el cinturón?”
“No”.
Inútil infligirle la prédica sobre la peligrosidad de tal práctica, o la inminencia de hacerse acreedor a una abultada multa de tránsito. Nada dije, por lo tanto. Él mismo, como leyendo mi pensamiento, se me adelantó.
“Ya he pagado muchas multas, y seguiré haciéndolo”.
“¿Y eso?”
“Y eso nada. Es mi manera de ser”.
Sobre la manivela, sus manazas nudosas, telúricas, con algo de raíces. El ceño fruncido. No era, en modo alguno, un patán. Sentí dolor. Olí dolor. Adiviné dolor. Hay seres humanos que no pueden evitar, pese a su hermetismo, proyectarlo. Irónicamente, su dolor resulta palpable en la justa medida en que tratan de ocultarlo.
Con el rabillo del ojo lo veía, entre inquieto e intrigado. Era un hombre maduro, bien entrado en los sesenta. Manejaba de manera llamativamente lenta y serena, tomando las curvas con especial prudencia, y rara vez adelantándose a los carros que iban delante de él. Yo iba con prisa, y por lo demás, tengo por principio no imponerles mi tempo a los taxistas. Ellos son los directores de sus orquestas, y sé, por mil testimonios, que detestan a los clientes que los espolonean como si de caballos se tratasen.

“He desactivado el dispositivo del carro que me advierte cuando el cinturón no está abrochado. Lo hice yo mismo, con mis propias manos”.
“Sí, es un retintín muy irritante: una máquina que se pretende más inteligente que uno”.
“Usted puede también desabrocharse el cinturón, si quiere, en este carro no hay sirenas ni pitos que lo vayan a molestar”.
“No, no: yo me dejo el cinturón. Nunca lo usé cuando era niño, pero hoy en día he llegado a experimentarlo como una necesidad ineludible: sin él me siento expuesto, vulnerable. Cuestión de costumbre, sin duda”.
“No se equivoca usted: el cinturón salva muchas vidas… y ahorra más multas, pero en mi caso es diferente: jamás volveré a usar esa maldita correa”.
Hablaba en Re menor y en tempo adagio. De haber tenido que orquestar su voz, se la habría confiado a los cornos y violonchelos. Su expresión no cambiaba nunca: la mirada fija en la ruta, pausados los movimientos, algo entrópico en su personalidad, especie de inevitabilidad del ser, rostro esculpido de manera definitiva, la mirada del hombre que, traspuesto el último gradiente del desencanto, de la desilusión, alcanza una plataforma de serenidad que ya nunca abandonará.
“Hay oficiales que ya no me multan. Lo han hecho tantas veces que me dejan seguir conduciendo sin el cinturón. Se limitan a saludarme y se encogen de hombros. Conocen mi historia”.
“¿Su historia?”
“Mi accidente, si así lo prefiere”.
Guardé silencio. Todo hombre tiene un secreto. Ese que baja con él a la tumba. El sigillum regis: el silencio del rey. Suele pertenecer a la esfera de lo paroxístico, de las experiencias límite, o bien de lo sagrado. Dado su laconismo, la confianza que en mí depositó me conmovió doblemente.
“Sucedió hace doce años. Un servicio allá, por los Hatillos. Dos muchachos abordaron el carro. Bien vestidos, bien presentados, con cara de colegiales decentes, de chiquillos bien nacidos. Se sentaron atrás. Iban muy silenciosos. Me pidieron que los llevara a Pavas, por el lado de Lomas del Rio. Sí, yo sé que esa es una zona jodida, pero tiene usted que creerme: los muchachos eran gente bien criada. Por lo poco que hablaron, vi que eran personas instruidas. No olían a guaro ni a drogas. Me pareció que eran, simplemente, dos colegiales que iban a reunirse con otros compañeros para alguna asignación académica conjunta. De hecho, en el camino hablaron de la profesora de estudios sociales, y de cuánto iba a valer el trabajo en la nota final del curso.

Eran cerca de las cinco de la tarde. Cuando íbamos llegando a Lomas del Río, vi que empezaron a bajar el tono de voz… pero ¿qué razón había para inquietarse? Los adolescentes tienen sus secretos, y los protegen celosamente. De pronto, el silencio fue total. Y aquí es donde las imágenes que conservo se convierten en algo difuso, una cosa vaga, como cuando uno intenta ver debajo del agua. No sé cómo ni en qué momento, agarraron mi cinturón y me lo pasaron por el cuello. Hicieron un nudo durísimo con manos expertas como jamás hubiera podido imaginar. Nadie hace un nudo así a menos de haberlo ensayado cientos de veces. Me comenzaron a estrangular. Me ordenaron que parara el carro y les diera todo lo que tenía conmigo. No eran los colegiales que yo creí: su fuerza era de gladiadores, de boas constrictoras, y mire que yo no soy un hombre de contextura débil. Sentí que la correa se me hundía en el cuello como la soga de un ahorcado. La siguieron apretando hasta que detuve el carro. Yo no podía soltar la manivela mientras conducía, y ya para cuando parqueé, tenía la vista nublada, y la lengua rígida. Miré mis manos, y vi que la muerte azul iba subiendo por ellas. No era la imposibilidad para inhalar, sino para exhalar, la que me estaba matando, según recuerdo. Instintivamente, abrí las fosas nasales tanto cuanto pude, pero ahí abajo, en la garganta, no entraba ni salía nada: el cuero del cinturón se me hundía en la carne, y sentí que la cabeza se me iba a reventar. Durante algún tiempo –¿segundos, minutos?– tuve la certeza de que iba a morir. No el temor, no la sospecha: la certeza, usted sabe: 2 + 2 = 4. Eso genera una curiosa forma de paz: uno acepta las cosas sin miedo, como si el cuerpo entero se anestesiara a sí mismo. Iba a morir, sí. Uno de los muchachos saqueó mis bolsillos, abrió las gavetas del carro, me arrancó del cuello una cadenita de la Virgen Milagrosa, y un relojillo que no valía mucho. No se llevaron mayor cosa: le aseguro que no se hicieron ricos, con el asalto. Pero eso fue lo peor. El que me estaba estrangulando, le dijo al compañero: “Ya, ya, dejá a este pendejo, que no trae nada”, y con furia redoblada apretó aún más la correa. Yo sentí que toda la laringe y el esófago se contrajeron y se pusieron duros como hueso. Me rompieron el cartílago tiroides, ligamentos, la tráquea, me provocaron un hematoma que me bajó por todo el esófago, y me dañaron las cuerdas vocales. Mi voz no era esta que ahora está usted oyendo. Cambió para siempre. A veces a mí mismo me cuesta reconocerla. Se hizo más sorda, más cavernosa. Antes de tirarse del carro, el muchacho que me estaba estrangulando me quiso castigar con un último apretón… y fue ahí cuando perdí el conocimiento. Lo recobré en el hospital, y como le digo, soy incapaz de reconstruir la totalidad de la escena. Lo que me quedan son imágenes dispersas, inconexas.
De milagro no hubo daño cerebral: la falta de oxígeno pudo haber dejado lesiones irreversibles, o haberme matado. A mí me encontraron desmayado, la cabeza amarrada al nudo, exactamente como un ahorcado. De hecho, nadie pudo deshacer el nudo: hubo que cortarlo de emergencia con una cuchilla. Estuve sin poder trabajar durante varios meses, porque no podía comer, me tenían que alimentar por medio de una traqueotomía, y luego intravenosamente. Fueron tres semanas en el Calderón Guardia, entre la vida y la muerte. Los compañeros de la cooperativa hicieron una colecta para ayudarme con las necesidades de la familia. Se portaron muy bien conmigo. Algunos de ellos habían vivido cosas parecidas, así que me comprendieron perfectamente. De hecho, anduvieron buscando a los asaltantes para darles su merecido, pero yo no pude reproducir sus perfiles, y nunca sabré si eran de Hatillo, de Lomas del Río, o de… pues del infierno. Así que no, amigo, nunca más usaré el cinturón. Para mí es un instrumento de muerte. Aun cuando el pasajero va en el asiento de adelante, como usted, y no representa ningún peligro, me niego a usarlo. No sé cómo explicárselo… no soporto ni siquiera verlo, para poder manejar el taxi tengo que pretender que no existe, ignorar la presencia de esa correa a mi lado. Nada, ni los revólveres, ni los puñales – y los he tenido en mis manos– me inspira tanto miedo como ese pedazo de cuero. Por ahí me mandaron al psicólogo, que me salió con el cuento de “trastornos fóbicos”, de “conductas de evitación y escape”… Yo lo oía, y lo oía, y lo oía, y lo único que sentía era que hablaba de algo sobre lo que no tenía, realmente, la menor idea. Así que no más cinturón para mí. Y si no corto la correa de cuajo, es porque el dueño del carro y el jefe de la cooperativa no me lo permiten. Viera qué raro, en cierto modo, yo siento que ese día me morí. Que me mataron. Creo que, de alguna manera, es correcto afirmarlo. A menudo me veo manejando mi taxi, y me digo, ¿soy yo, quien está haciendo esto?”.
Llegué a mi destino, y le pagué el servicio. En ningún momento me volvió a ver. Jamás modificó su inexorable, rectilínea mirada sobre la ruta. Sospecho que había optado, desde algún oscuro estrato de su ser, por no ver a sus clientes, por no reparar siquiera en sus rasgos físicos, por pretender, en cierto modo, que no existían. Cosas que uno no decide. ¿Por qué? Pues porque uno no es, esencialmente, uno. Algo decide dentro de nuestra conciencia: eso es todo. Esa especie de deus absconditus que todos llevamos dentro, y desde el oscuro dédalo subconsciente, gira las órdenes necesarias para permitirnos sobrevivir, sobrevivirnos… o bien, sobremorir.
Pobrecito! Qué maldad hay girando.
Excelente los cuadros de Guayazamín para ilustrarlo.