Êthos: Ética de la persona

Êthos: Ética de la persona

César Fernández Rojas, profesor jubilado y miembro fundador Comisión Nacional de Ética y Valores.

 

«Ser persona es estar en el mundo con los otros, en una apertura que es sikempre  ética». Maurice Merleau-Ponty.

El êthos es la interioridad donde se entrelazan valores, decisiones y modos de ser. Ya sea que hablemos de la personalidad como síntesis dinámica del temperamento y el carácter o de la persona como sujeto de dignidad, la ética aparece como brújula que orienta la existencia hacia la libertad y el bien compartido.

En el artículo anterior, Êthos: Ética de la personalidad, el acento estuvo en la formación psicológica y educativa. Ahora, en Êthos: La ética de la persona, el énfasis se amplía hacia la condición humana en su totalidad: dignidad, justicia y responsabilidad social, con resonancia filosófica, antropológica y humanista.

 

Pathos, ethos y logos: la retórica de Aristóteles - La Mente es Maravillosa

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, sostiene que la virtud no es innata, sino adquirida mediante la repetición de actos, hasta convertirse en disposición estable del carácter, una “segunda naturaleza” que orienta las acciones humanas. Para Aristóteles la expresión indica que la virtud se internaliza hasta formar parte de la identidad de la persona. Así, el ser humano actúa bien no por obligación externa, sino porque su interioridad ha sido educada para responder de manera natural al bien.

Pierre Aubenque (2007) subraya que esta interiorización es educación de la conciencia que transforma la libertad en hábito virtuoso. Paul Ricoeur (1996) recuerda que las costumbres moldean la conducta al inscribirse en la memoria y la afectividad, hasta que la acción ética fluye como algo natural que sostiene la vida comunitaria.

La ética de la persona concibe la ética como fundamento de la existencia humana. La persona se constituye en sujeto integral cuando articula interioridad, libertad y apertura al otro en la construcción de la vida común. Esta reflexión se organiza en cuatro ejes:

  • Fundamento de la existencia: conciencia abierta al otro y justicia compartida.
  • Interioridad y libertad: capacidad de decidir.
  • Responsabilidad y justicia: construcción comunitaria.
  • Educación y valores: transmisión ética vinculada a ciudadanía y humanidad.

 

La ética y los valores - Cursos Multimedia SL

 

En conjunto, estos ejes muestran que la ética de la persona es camino hacia la convivencia solidaria y la dignidad compartida a nivel general. La ética, en este horizonte, no es solo un código externo, sino la expresión íntima de la vocación de la persona: ser fiel a sí misma y al mundo que la reclama.

  1. El sentido originario del êthos.

 

Raíces griegas del êthos.

El êthos nace como morada, el espacio donde el ser humano habita y se transforma en carácter (García Serrano, 2015). También significa costumbre: práctica compartida que da forma a la vida comunitaria. Desde Homero hasta Aristóteles, el êthos revela que la ética, más allá del código externo, es “segunda naturaleza” que surge de habitar el mundo con conciencia y responsabilidad.

Jesús García López (1992), en El sistema de las virtudes humanas, en diálogo con la tradición tomista, entiende el êthos como “segunda naturaleza” formada por hábitos virtuosos que orientan espontáneamente hacia el bien. Nuestra propuesta amplía esta visión: el êthos es fundamento de la existencia humana y se despliega en los cuatro ejes ya señalados, vinculando ética, ciudadanía y humanidad universal. Así, la tradición clásica de las virtudes se enlaza con una perspectiva contemporánea que abre la ética hacia la dignidad compartida y la convivencia solidaria mundial.

 

Diferencias entre ética y moral

Distinción entre êthos y moral.

Êthos (ἦθος): en griego clásico significa morada, carácter, modo de ser. En Aristóteles se vincula al hábito y a la formación del carácter mediante la repetición de actos virtuosos (Ética a Nicómaco). Representa lo interior, la disposición estable que orienta la acción desde la identidad personal.

Moral (mos, mores): en latín, Cicerón traduce êthos como mos/mores, costumbre. La moral es el conjunto de normas y códigos que regulan la conducta en la comunidad. Es lo normativo, lo que prescribe externamente lo que debe hacerse.

El êthos es raíz interior del comportamiento: la manera de habitar el mundo y configurarse como persona. La moral es la expresión normativa de ese habitar: reglas compartidas que garantizan convivencia y justicia. Dicho de otro modo: el êthos es fuente interior de la acción; la moral, su cauce social y normativo.

De la ética como hábito a la ética como fundamento de la existencia.

En la tradición clásica, la ética se entendía como hábito (êthos en Aristóteles): disposición adquirida mediante la repetición de actos virtuosos (García López), que configuraba el carácter y orientaba la conducta hacia la excelencia. El hábito es “segunda naturaleza”, modo en que educación y costumbre moldean la vida moral.

La reflexión posterior amplió este horizonte. En Kant, la ética dejó de ser solo hábito y se convirtió en fundamento de la existencia: autonomía de la razón práctica y conciencia del deber, principios universales que trascienden las costumbres. En la modernidad y contemporaneidad, Paul Ricoeur (1996) y Emmanuel Mounier (1961) profundizan esta visión: la ética no es mera repetición de actos, sino estructura que da sentido a la persona, apertura al otro y responsabilidad comunitaria. La ética se convierte en el suelo sobre el cual la existencia humana se despliega, integrando libertad, justicia y dignidad.

 

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  1. La persona como sujeto ético.

 

La ética se dirige a la persona concreta, que se reconoce como sujeto de su propia existencia. Ser sujeto ético significa que cada individuo, en su singularidad, posee la capacidad de decidir, orientar su vida hacia el bien y responder ante los demás por sus actos.

 

La persona como unidad de cuerpo, mente y espíritu.

La condición ética se comprende en su totalidad: cuerpo, mente y espíritu forman una unidad inseparable, como señalaba Aristóteles (2004) al vincular virtud y carácter.

  • Cuerpo: ámbito de la acción, donde las decisiones se encarnan en gestos y conductas (García López, 1986).
  • Mente: racionalidad y conciencia crítica que permiten discernir lo justo y adecuado (Kant, 2003; Ricoeur, 1990).
  • Espíritu: dimensión trascendente, interioridad profunda donde la libertad se experimenta como vocación y la alteridad como servicio (Mounier, 1946; Cortina, 1997).

La persona es más que su personalidad: la corporeidad vincula al mundo;la mente aporta racionalidad, reflexión y conciencia crítica que permiten discernir entre lo justo, lo correcto y lo adecuado;el espíritu se abre a la trascendencia y la responsabilidad universal. (Kant, 2003; Ricoeur, 1990; Mosterín, 1978).Así, el êthos se revela como fundamento de la existencia, donde libertad y justicia se hacen posibles (Nussbaum, 2001; Damasio, 1994).

 

libertad, liberarse de la prisión del pensamiento, la inspiración o pensar fuera de la caja, la

 

Libertad y conciencia como ejes de la condición personal.

La persona se reconoce como sujeto ético en la medida en que vive desde la libertad y la conciencia, ejes inseparables de su condición.

  • Libertad: Es la capacidad de autodeterminación, de poder elegir y orientar la vida hacia un proyecto con sentido (Aristóteles, 2004; Kant, 2003). No es absoluta, sino situada (con límites y deberes), ejercida en relación con los demás y con responsabilidad, porque la ciudadanía implica corresponsabilidad y compromiso con la dignidad compartida.(Cortina, 1997).
  • Conciencia: ámbito interior donde se discierne el bien y el mal, iluminando la libertad con valores universales (Ricoeur, 1990; Mounier, 1946). Es memoria moral y brújula interior que orienta hacia la justicia.

La persona es sujeto ético porque posee la libertad para decidir y conciencia para discernir: estos dos ejes convierten la vida humana en proyecto moral, vocación de justicia y apertura a la alteridad. La libertad sin conciencia deviene en arbitrariedad; la conciencia sin libertad es imposición externa. Solo en su relación recíproca se despliega la ética como fundamento de la existencia (Nussbaum, 2001; Damasio, 1994).

 

  1. Interioridad y responsabilidad.

 

La ética como brújula de la vida interior.

La interioridad es el ámbito donde la persona se reconoce como sujeto de libertad y responsabilidad. Es el espacio de discernimiento donde la conciencia se abre al bien y a la justicia. Paul Ricoeur (1996) subraya que la identidad personal se constituye en la tensión entre mismidad y alteridad: la interioridad se convierte en lugar de diálogo, donde la ética orienta la vida hacia la responsabilidad compartida.

Alasdair MacIntyre (1987) recuerda que la brújula ética se nutre de las prácticas comunitarias y las tradiciones que dan dirección y sentido a la acción. Pierre Aubenque (2007), al analizar la prudencia aristotélica, destaca que la ética se encarna en la capacidad de deliberar y elegir lo correcto en situaciones concretas. La interioridad es, entonces, el lugar donde la libertad se educa y se transforma en responsabilidad, evitando que la acción se reduzca a impulsos o normas externas.

En este horizonte, la ética como brújula de la vida interior no es un código rígido, sino una guía dinámica que orienta la conciencia hacia la justicia y la dignidad. La responsabilidad es personal, histórica y cultural: la brújula ética integra libertad y responsabilidad en un horizonte de justicia compartida.

La ética como apertura a la dignidad ajena.

La responsabilidad frente al otro constituye uno de los núcleos más profundos de la ética. La interioridad se convierte en lugar donde la libertad se educa y se transforma en responsabilidad, integrando también la dimensión afectiva que Scheler (2001) subraya como núcleo de la ética.

 

La interioridad, lejos de ser espacio cerrado, se abre en reconocimiento de la alteridad: el otro no es objeto ni límite, sino rostro que interpela y exige respuesta. Emmanuel Lévinas (1997), en Totalidad e infinito, afirma que la ética comienza en la experiencia del rostro del otro, que nos llama a la responsabilidad antes de cualquier deliberación racional.

Paul Ricoeur (1996), en Sí mismo como otro, complementa esta visión al señalar que la identidad personal se construye en la dialéctica entre mismidad y alteridad. Reconocer al otro es reconocerse a sí mismo como sujeto responsable. Charles Taylor (1996), en Las fuentes del yo, añade que la identidad moderna se configura en diálogo con horizontes de sentido que incluyen la voz de los otros. La alteridad nos recuerda que la autonomía personal no puede desligarse de la solidaridad y la justicia.

  1. La ética de la persona en la sociedad.

Derechos humanos como expresión de la dignidad personal.

La ética de la persona se manifiesta en la sociedad a través de los derechos humanos, expresión institucional de la dignidad inherente a cada ser humano. Hannah Arendt (1951), en Los orígenes del totalitarismo, subraya que no son concesiones estatales, sino garantías derivadas de la condición de ser persona; su pérdida equivale a perder pertenencia al mundo común.

 

Norberto Bobbio (1990), en El tiempo de los derechos, insiste en que su historia es la de su progresiva afirmación y universalización: conquistas históricas que hacen efectiva la dignidad. Jürgen Habermas (1992), en Facticidad y validez, aporta una dimensión comunicativa: los derechos humanos permiten la participación igualitaria en la vida pública, convirtiendo la ética de la persona en ética de la ciudadanía.

Así, los derechos humanos traducen social y políticamente la ética de la persona: brújula que orienta la convivencia hacia la justicia, la solidaridad y la participación. La dignidad personal, al ser reconocida jurídicamente, se convierte en fundamento de una sociedad ética que protege al individuo y lo vincula con la comunidad.

Ciudadanía ética: justicia, solidaridad y participación.

La ciudadanía ética es el horizonte en que la persona, consciente de su dignidad, asume los fundamentos de la convivencia supra citados como principios rectores. John Rawls (1971), en A Teoría de la Justicia, plantea que la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales. Habermas (1992) subraya que la participación ciudadana es condición de validez democrática: la ética de la ciudadanía se expresa en la deliberación pública, donde la solidaridad se convierte en práctica concreta de reconocimiento. Amartya Sen (1999), en Desarrollo y Libertad, amplía esta visión: la ciudadanía ética implica ejercer libertades reales mediante políticas que aseguren oportunidades efectivas para todos.

La ciudadanía ética articula esas tres dimensiones inseparables: justicia como principio normativo, solidaridad como vínculo humano y participación como ejercicio activo de la libertad. La persona se reconoce no solo como sujeto de derechos, sino como agente responsable de construir un orden justo y solidario.

El papel de la educación en la formación de personas responsables.

La educación, medio privilegiado para formar personas responsables, serán capaces de orientar su libertad hacia el bien común. Paulo Freire (1970), en Pedagogía del oprimido, sostiene que la educación auténtica es práctica de libertad: el educando aprende a leer el mundo y asumir la responsabilidad social. John Dewey (1916), enDemocracia y Educación, sostiene que la escuela es el laboratorio de la democracia, donde la responsabilidad se vive en la interacción comunitaria. Martha Nussbaum (2010), enSin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades,recuerda que las humanidades cultivan empatía e imaginación moral, abriendo la interioridad hacia la alteridad.

La educación no solo transmite conocimientos, sino que modela valores y virtudes, y moldea la conciencia ética. Forma ciudadanos capaces de responder a los desafíos sociales con justicia, solidaridad, participación, los fines de la educación, los valores fundamentales y los valores integrales. La persona educada convierte la libertad en compromiso con dignidad.

  1. Horizontes contemporáneos.

 

Ética de la persona frente a los desafíos tecnológicos y culturales

La irrupción de la tecnología y la globalización cultural plantea nuevos retos para la ética de la persona. Hans Jonas (1979), en El principio de responsabilidad, advierte que el poder tecnológico amplía las consecuencias de nuestras acciones y exige una ética orientada al futuro. La persona responsable debe responder no solo por sus actos inmediatos, sino también por sus efectos en la humanidad y el planeta. La ética se convierte en brújula que regula la innovación y preserva la dignidad frente a los riesgos de la técnica.

 

La persona en la era digital: identidad, privacidad, autenticidad.

En la era digital, la identidad se enfrenta a la tensión entre visibilidad y privacidad. Sherry Turkle (2011), enConectados pero solos: Por qué esperamos más de la tecnología y menos de los demás,señala que las tecnologías transforman la construcción de la identidad, generando oportunidades de expresión y riesgos de superficialidad. La autenticidad se convierte en desafío: ser responsable implica cuidar la privacidad y mantener coherencia entre vida interior y la representación digital. La ética exige discernimiento para que la libertad tecnológica no erosione la dignidad ni la responsabilidad.

 

Ética global: la persona como puente entre culturas y valores universales.

La globalización demanda una ética capaz de reconocer la diversidad y afirmar valores universales. Martha Nussbaum (1997), enEl cultivode la humanidad:Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal, defiende la necesidad de una educación cosmopolita que forme ciudadanos del mundo, capaces de dialogar entre culturas y asumir la solidaridad como principio universal. La persona convierte su dignidad interior en apertura a la alteridad y se proyecta hacia una ética global que articule justicia, respeto y convivencia solidaria.

 

Epílogo: el êthos como proyecto de vida.

La ética de la persona se presenta como camino hacia la plenitud: horizonte donde la libertad se convierte en responsabilidad y la dignidad en fundamento de la existencia. Emmanuel Mounier (1961) recuerda que la persona se realiza en apertura al otro y compromiso con la comunidad. Esta visión invita a vivir la dignidad como acción cotidiana, en cada gesto de libertad, justicia, solidaridad y participación.

 

Martha Nussbaum (2010) subraya que la educación y la vida pública deben cultivar esa responsabilidad diaria, porque la plenitud ética no es ideal abstracto, sino práctica concreta de humanidad compartida. La persona alcanza su plenitud al convertir la libertad en compromiso ético.

 

Aforismo final:La persona se plenifica cuando convierte su libertad en responsabilidad y su dignidad en tarea cotidiana.

 

Referencias:

Aristóteles.Ética a Nicómaco. Trad. Patricio de Azcarate, 4ª ed. Madrid: Espasa-Calpe, Selecciones Austral, 1984. ISBN 84-239-2037-2.

Cicerón.De Officiis. Trad. Walter Miller. Loeb Classical Library. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1913.

Kant, Immanuel.Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Edición bilingüe y estudio preliminar de José Mardomingo. Barcelona: Editorial Ariel, 1994. También disponible en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, edición crítica digital.

MacIntyre, Alasdair.Tras la virtud. Barcelona: Crítica, 1987.

Aubenque, Pierre.La prudencia en Aristóteles. Madrid: Escolar y Mayo, 2007.

Ricoeur, Paul.Sí mismo como otro. México: Siglo XXI Editores, 1996. ISBN 968-23-2003-8.

Mounier, Emmanuel.El personalismo. Madrid: Ediciones Rialp, 1961 (y posteriores reimpresiones).

Cortina, Adela.Ética de la razón cordial: educar en la ciudadanía del siglo XXI. Oviedo: Ediciones Nobel, 2007. Colección Jovellanos de ensayo, vol. 32. ISBN 978-84-8459-108-2. Segunda edición revisada: Madrid: Ediciones Nobel, 2009.

García López, Jesús. El sistema de las Virtudes Humanas. Prólogo de Carlos Llano. Colección Manuales Filosofía No. 2. Editora de revista, S.A. de CV, México, 1986.

Mosterín, Jesús.Racionalidad y acción humana. Madrid: Alianza Editorial, 1978.

Scheler, Max.Ética. Madrid: Caparrós, 2001.

García Serrano, Saúl Ernesto. “La relación entre el habitar-êthos y la ética”. Revista de Investigaciones I+D, vol. 6, núm. 2, 2015.

Lévinas, Emmanuel. Totalidad e infinito. Salamanca: Sígueme, 1977.

Taylor, Charles. Las fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna. Barcelona: Paidós, 1996.

Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial, 1951.

Bobbio, Norberto. El tiempo de los derechos. Madrid: Sistema, 1990.

Habermas, Jürgen. Facticidad y validez. Madrid: Trotta, 1992.

Rawls, John. A Theory of Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1971.

Sen, Amartya. Development as Freedom. New York: Alfred A. Knopf, 1999.

Dewey, John. Democracy and Education. New York: Macmillan, 1916.

Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI Editores, 1970.

Nussbaum, Martha. Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Princeton: Princeton University Press, 2010.

Jonas, Hans. El principio de responsabilidad. Barcelona: Herder, 1979.

Turkle, Sherry. Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. New York: Basic Books, 2011.

Nussbaum, Martha. Cultivating Humanity: A Classical Defense of Reform in Liberal Education. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1997.

 

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