José de la Cruz Porfirio Díaz Mori

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori

Sarah Romero, National Geographic.

 

La historia de México está llena de paradojas y una de ellas viene de la mano de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori.

Amado por unos como el gran arquitecto del México moderno y repudiado por otros como el tirano más despiadado de su época, el general oaxaqueño gobernó el país durante más de 30 años en un periodo que hoy conocemos como Porfiriato.

En ese tiempo, mantuvo a sus opositores bajo control mediante prebendas o cargos, tal y como indica una de sus declaraciones más destacadas: «Perro con hueso en la boca, ni muerde ni ladra».

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De héroe liberal a dictador

Porfirio Díaz fue un militar brillante. Se curtió en la Guerra de Reforma (o guerra de los Tres Años) y fue una figura clave en la victoria contra los franceses en la batalla de Puebla de 1862 contra las tropas del Segundo Imperio Francés a pesar de su inferioridad numérica (y de equipamiento).

Irónicamente, llegó a la presidencia de México en 1876 bajo la bandera de la «No reelección» (aunque se mantendría en el poder hasta 1911). A través del Plan de Tuxtepec, Díaz derrocó al gobierno establecido argumentando que perpetuarse en el poder era una traición a la patria; sin embargo, el poder es una copa de vino embriagadora que seduce a muchos una vez lo pruebas y, tras un breve interregno de su compadre Manuel González (1880-1884), Díaz modificó la Constitución para poder ser reelegido de forma indefinida. La democracia mexicana se transformó en algo que él podía manejar y controlar a su antojo.
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El terror detrás del orden

El lema oficial del Porfiriato era «Orden y Progreso», una máxima heredada del positivismo francés; pero el orden en un país históricamente convulso no se lograba con discursos, sino con plomo.

La famosa frase «Mátalos en caliente» (que históricamente se le atribuye como un telegrama enviado al gobernador de Veracruz en 1879 para sofocar un levantamiento) resume su política de Estado. Díaz no toleraba la disidencia. Para mantener la paz, fortaleció a los Rurales, una fuerza policial montada que operaba como su brazo armado personal, pacificando el campo a base de ejecuciones extrajudiciales y represión.

Puede ser una imagen en blanco y negro de texto que dice "COMERIRUCIONTS MPLEOS MMea UE ααπ CONT CONTRATOS CONTRATOS 시 อ้ To MPRESTITOS ERARIOIS El Hijo del Ahuizote, 17de 17 de marzo de 1901"
Pan y palo.

Su filosofía de control social se basaba en otra de sus famosas citas: «pan y palo». El «pan» (cargos, dinero, concesiones…) era para quienes se alineaban con su gobierno; y el «palo» (es decir, la cárcel, el exilio o la muerte) era el destino ineludible de sus detractores.

Las dos caras del Porfiriato

Es imposible negar los avances que México experimentó bajo su cruel yugo. Sin ir más lejos, en esta etapa, México se conectó. Se construyeron más de 19.000 kilómetros de vías férreas, el telégrafo unió a las regiones más remotas y la inversión extranjera (principalmente estadounidense y europea) fluyó hacia la minería y la industria textil. El peso mexicano tenía un valor competitivo frente al dólar y las finanzas públicas, manejadas por el grupo de intelectuales conocidos como «Los Científicos», se sanearon.

Pero este progreso era un espejismo que solo disfrutaba una élite minúscula. Mientras la burguesía bebía champán, millones de campesinos e indígenas eran despojados de sus tierras mediante las leyes de baldíos. Vivían en condiciones de semi-esclavitud en las haciendas, atados por deudas imposibles de saldar en las infames «tiendas de raya». Además, el analfabetismo rondaba el 80% en la sociedad y las huelgas obreras, como las de Cananea y río Blanco, fueron masacradas sin piedad.

Pero llegaría el principio del fin que, curiosamente, comenzó por un error de cálculo del propio dictador. En 1908, en una entrevista con el periodista estadounidense James Creelman, Díaz declaró que México ya estaba listo para la democracia y que vería con buenos ojos la aparición de partidos de oposición para las elecciones de 1910. Él pronunció estas palabras para calmar a los inversores extranjeros, pero los mexicanos se las tomaron muy en serio.

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Francisco I. Madero

Un hacendado del norte, Francisco I. Madero, fundó el Partido Nacional Antirreeleccionista. Cuando Díaz vio que Madero ganaba una popularidad arrolladora, decidió encarcelarlo y orquestar un fraude electoral para reelegirse una vez más, a sus 80 años.

Madero escapó a Estados Unidos y promulgó el Plan de San Luis, llamando a tomar las armas el 20 de noviembre de 1910.

El descontento acumulado durante 30 años estalló de la mano de Emiliano Zapata en el sur y Pancho Villa en el norte, quienes acabaron derrotando al envejecido ejército federal. Acorralado, enfermo, Porfirio Díaz renunció en mayo de 1911 a su cargo y partió al exilio en Francia. Falleció en París en 1915.

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