Jacques Sagot, Rervista Visión CR.

El mundo entero recuerda el gran terremoto en Haití. Ocurrió el martes 12 de enero de 2010 a las 16: 53, y tuvo una intensidad de 6,8 en la escala Richter.
Fotos del averno, saturnal del horror. “Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja tuvieron sobre todo ilimitada potestad”. Es el soberbio párrafo final del cuento “La máscara de la Muerte Roja”, de Edgar Allan Poe. Siempre lo evoco cuando suceden este tipo de hecatombes.

Y, sin embargo, hay otra cosa que me perturba. Cuando me dijeron que el número de víctimas ascendía a cincuenta mil, me sentí decepcionado. No lo puedo explicar. Al enterarme de que la cifra sobrepasaba los doscientos mil, me sentí más satisfecho. Los trescientos mil heridos algo añaden a la apocalíptica belleza de la hecatombe. Pero aun así no es suficiente. Deberían haber sido cuatrocientos mil, tal vez medio millón de muertos. La sexta parte de la población. El fin del país.
Recuerdo haber experimentado lo mismo (y ya me he referido a ello en otros textos) cuando en agosto de 2007 se hundió el puente que conectaba las ciudades de Minneapolis y Saint-Paul: ¡apenas diecinueve muertos! Y el día en que encontraron el cuerpo de un bebé dentro de una caja de plástico a la deriva en un río de Louisiana… Me emociona el horror, con emoción malsana, que muchos hipócritas considerarán inhumana, pero que, mórbida o no, es lo más humano que hay en el mundo.
La desensibilización mediática del dolor. El espectador siempre quiere más. Después de todo es un espectáculo, ¿no es cierto? Una buena película. Y yo quería ver más muertos. De pronto no soy ya capaz de aproximación cordial (de cor: corazón) a las víctimas. Me disocio de ellas. Quiero estadísticas más abultadas. De alguna manera –no dudo que perversa– me embeleso con la muerte. La televisión ha hecho de la muerte un espectáculo, la ha banalizado. Aún más: rentabilizado. Cualquier cosa que se inscriba en el mágico rectángulo luminoso adquiere un aire de irrealidad: no podría ser sino ficción, ¿o me equivoco?
Reporteros que corren, cual animales carroñeros, a entrevistar a los sobrevivientes de una inundación, en lugar de lanzarse a las aguas para rescatar a quienes aún luchan por sus vidas. ¿Qué vale un pobre miserable, al lado de un premio internacional de periodismo (de preferencia, la más cruenta, atroz, amarillista foto imaginable)? Nadie puede ver los telenoticieros regularmente sin de-sensibilizarse ante la muerte. No por cuanto nos sea reportada –conviene saber qué pasa en el mundo– sino por la manera en que nos es propuesta para la degustación; con música de suspense, con efectos cinematográficos, con narraciones trepidantes y truculentas… Es el dolor humano espectacularizado.
¿Dije que medio millón de muertos en Haití me hubiera parecido una cifra estimulante? ¿Qué tal un millón? ¿Dos millones? ¿Alguien ofrece más? No: un millón. Dejémoslo ahí. Inimaginable devastación. Un millón: no me doy por satisfecho con menos que eso. Paisecillo rezagado en el paleolítico. Annéanti, nihilizado, como si hubiera resbalado fuera del mapamundi esférico. Estadísticas, estadísticas, voracidad de estadísticas. ¿Apenas doscientos mil muertos? Bueno, es mejor, mucho mejor que los cincuenta mil originalmente anunciados. El pavoroso encanto de la destrucción. El ulular de las sirenas. La alarma infinita, la alarma universal. Tuba mirum spargens sonum: “La trompeta, esparciendo un sonido maravilloso sobre todos los sepulcros, convocará a los muertos a la presencia de Dios”. Saber que estoy viviendo un pedazo de Apocalipsis. A ver, regateemos, regateemos un poco: ¿qué tal si lo subimos a trescientos mil? Última oferta.

En su libro Eichmann en Jerusalén, la filósofa Hanna Arendt se detiene a considerar la psicología del capturado y enjuiciado nazi. No parece ser un hombre perverso, ni cruel, ni abyecto; no es ni siquiera particularmente inteligente, o apasionado con su antigua militancia política. Es un pobre hombre. Un espíritu gris, chato, ordinario… un pequeño, desteñido, oficioso burócrata: no más que eso. Lejos de ser el genio del mal, el fuliginoso Plutón que todos esperaban. No era antisemita (de hecho, como la mayoría de los alemanes de la época, estaba emparentado con judíos): para él los Juden no eran más que “estadísticas”. Se limitó a cumplir con sus funciones de organizador de la logística de transportes del Holocausto. No había en él gran convicción ni beligerancia política. Tampoco alumbres filosóficos de ninguna índole.
Y Arendt concluye que el caso Eichmann ilustra, de manera no se podría más elocuente, el proceso de banalización del mal. Los horrores que perpetró terminaron por antojársele triviales, consuetudinarios. Desaprendió cuanto en él podía haber de “empatía imaginativa” (Bergson), de capacidad de identificación y asociación cordial con el prójimo, y actuó con indiferencia e impasibilidad. Si algo pareció lamentar en sus intervenciones –se refirió a eso una y otra vez–, es que su carrera militar no le haya permitido ir más allá del rango de Standartenführer (coronel). ¡Qué pena, y qué pérdida para la humanidad! ¿No es cierto?
El terremoto de Haití me ha puesto en la misma tesitura moral de Eichmann, y créanme que lo deploro. Pero lejos estoy de considerarme el único individuo contagiado de esta enfermedad del espíritu. El moderno tratamiento mediático del dolor humano ha generado un proceso de desensibilización en muchas mentes. Desayunamos, almorzamos y cenamos dolor: los noticieros nos lo administran diariamente, puntualmente. El embotamiento, el émoussement (erosión) de la sensibilidad era inevitable. Es quizás el precio que había que pagar por gozar del privilegio de saber, en cada momento dado, todo lo que está sucediendo a lo ancho y largo del planeta.

Una muerte es una tragedia: mil son ya una mera estadística. Todo el planeta lloró la muerte de la Princesa Diana, acontecida el mismo día en que las inundaciones en Bangladesh se cobraban 400 000 víctimas. Los noticieros le dieron una cobertura magra y perfuntoria a la catástrofe, y casi nadie se enteró de ella.
De nuevo: las estadísticas nos desensibilizan. El martirio individual genera en nosotros más empatía que el dolor de los pueblos. Grave, grave, grave síndrome.
Como reflexionaba Ortega y Gasset, un tigre jamás va a des-tigrizarse: está condenado a ser tigre hasta el fin de su existencia. Por el contrario, el ser humano es una criatura que vive en permanente riesgo de deshumanizarse. Hemos de luchar contra esta aberración del espíritu, contra esta patología colectiva. En ello nos va ni más ni menos que la sobrevivencia.