Mario Granados Chacón, analista académico y profesor universitario.

Edgar Morin y la defensa del pensamiento complejo en la era del algoritmo
Existen momentos en la historia, en que una tecnología deja de ser una simple herramienta y comienza a transformar la manera en que una sociedad entiende el mundo. La inteligencia artificial ha llegado a ese punto.
Ya no pertenece – de manera exclusiva – a los laboratorios ni a las novelas de ciencia ficción. Se encuentra en las aulas, en las empresas, en los despachos profesionales, en los medios de comunicación y en la vida cotidiana. Es capaz de escribir, traducir, analizar, resumir, crear imágenes y procesar en segundos cantidades de información que ningún ser humano podría examinar durante toda una vida.

Ante semejante revolución tecnológica, surge un amplio cuestionamiento que debería preocuparnos más que la velocidad con que avanzan las máquinas: ¿Qué sucederá con nuestra capacidad de pensar si comenzamos a delegar en ellas la tarea de hacerlo?
En tal coyuntura, adquiere particular vigencia el pensamiento del filósofo francés Edgar Morin (1921-2026) y su concepción de la complejidad. Morin nos recuerda que la realidad no puede comprenderse – de manera adecuada – cuando se fragmenta hasta perder las relaciones que mantienen unidas sus partes.
A la luz de dicha perspectiva, pensar es relacionar, comprender es contextualizar, conocer significa – también – mostrarse conforme con los límites de nuestro conocimiento y aceptar la incertidumbre.

Y en tal evento, la inteligencia artificial representa – precisamente – una extraordinaria capacidad para procesar información. Sin embargo, resulta importante evitar una confusión de por si peligrosa y delicada: procesar información no es lo mismo que comprender.
Una máquina puede producir en segundos un texto impecable, elaborar una síntesis jurídica, responder a una pregunta histórica o sugerir una solución educativa.
Sin embargo, la fluidez de una respuesta no garantiza plenamente su verdad, la precisión formal no asegura su aptitud y la velocidad no constituye- por sí misma – inteligencia. Una respuesta puede parecer convincente y sin embargo, estar equivocada y hasta extraviada.
Por dicha razón, la inteligencia artificial necesita algo que ella misma es incapaz de proporcionar: el juicio humano que valore sus respuestas.
El problema aludido adquiere especial trascendencia cuando hablamos de educación. Durante siglos, educar significó formar personas idóneas para pensar, interpretar, cuestionar y decidir.
Hoy a pesar de tal entorno, existe el riesgo de reducir la educación a la adquisición de competencias para utilizar herramientas tecnológicas.
No podemos aceptar esa reducción. La educación del futuro deberá enseñar a utilizar la inteligencia artificial, pero sobre todo, deberá instruir a pensar frente a ella.
El estudiante precisa – partiendo de un pensamiento crítico -aprender a preguntar, verificar, contrastar fuentes, identificar errores, reconocer sesgos y comprender el contexto de aquello que recibe.

Resulta cierto que quien utiliza la inteligencia artificial para ampliar su capacidad de investigación puede fortalecer su aprendizaje. Pero, quien la utiliza para evitar el esfuerzo intelectual, corre el riesgo de debilitar – precisamente – aquello que la educación debería desarrollar: su propia autonomía.
Esta diferencia será decisiva. Morin advirtió sobre los peligros del pensamiento simplificador: separar aquello que está unido, reducir la realidad a explicaciones parciales y eliminar las contradicciones que forman parte de ella.
Ahora bien, en la sociedad digital aparece de esta manera, una novedosa forma de simplificación: creer que todo problema puede convertirse en una pregunta para un algoritmo y que toda pregunta merece una respuesta inmediata.

Al mismo tiempo, la vida humana no funciona como un algoritmo. La justicia tiene circunstancias, la educación tiene contextos, la política tiene conflictos, la democracia requiere deliberación y las decisiones humanas poseen consecuencias que no siempre pueden ser anticipadas mediante datos.
Por eso, la discusión sobre inteligencia artificial no puede quedar confinada al ámbito tecnológico. Es también una discusión educativa, jurídica, política, económica y ética.
Costa Rica, como sociedad que históricamente ha concedido a la educación un papel fundamental en la construcción de ciudadanía, enfrenta igualmente un desafío que no puede postergarse. No basta con incorporar tecnología a las aulas. Resulta necesario formar ciudadanos capaces de comprenderla, cuestionarla y utilizarla responsablemente.

La alfabetización digital del futuro no consistirá únicamente en saber manejar una herramienta. Consistirá en comprender cómo funciona, quién la desarrolla, qué información utiliza, qué intereses pueden estar detrás de ella y qué resultados y consecuencias puede producir.
Requerimos – en definitiva – una educación que no sustituya el pensamiento por la tecnología, sino que utilice la tecnología para elevar el pensamiento.
La inteligencia artificial puede ampliar nuestras posibilidades de conocimiento como hemos advertido. Puede ayudarnos a descubrir relaciones, formular hipótesis, investigar problemas y crear nuevas soluciones. Sería absurdo negar su enorme potencial. Pero esencialmente porque su poder es extraordinario, nuestra responsabilidad y nuestro celo debe ser todavía mayor.
En dicha línea, el futuro no debería plantearse como una guerra entre inteligencia humana e inteligencia artificial.

El verdadero desafío consiste en construir una correlación responsable entre ambas, donde la tecnología sea instrumento y no autoridad; donde el algoritmo pueda sugerir, pero el ser humano – ante todo – conserve la facultad de decidir.
Edgar Morin nos recuerda – ahora- que comprender exige aceptar la complejidad. En una época dominada por la velocidad, quizá tengamos que recuperar algo aparentemente sencillo y no obstante revolucionario, como lo es el derecho a detenernos a pensar. Porque una máquina puede responder en segundos. Consigue incluso ofrecernos respuestas extraordinariamente sofisticadas.
Pero hay algo que la humanidad no debería delegar jamás: la responsabilidad de decidir qué respuesta merece ser aceptada.

A la luz de tal entendimiento, el verdadero peligro de la inteligencia artificial no es que las máquinas aprendan a pensar .El auténtico riesgo es que los seres humanos – hechizados por su poder tecnológico -terminemos olvidando cómo era que se pensaba.
La inteligencia artificial – tal como hemos señalado – ha llegado para quedarse.
Pero quizá, su mayor revolución no consista en sustituir al ser humano, sino en poner en evidencia cuánto de nuestra supuesta inteligencia era apenas superficial, poniendo de manifiesto una morrocotuda responsabilidad intelectual, educativa y humana.