La nueva derecha y los propagandistas del odio

La nueva derecha y los propagandistas del odio

Pedro Soto.
Los “creadores de contenido” y propagandistas oficiales son, en su mayoría, de derecha, conservadores y autoritarios.
Saben muy bien lo que difunden para respaldar a la “nueva derecha” costarricense y consolidar una institucionalidad con menos controles, menos regulación y menos democracia.
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Lo de “nueva derecha” es, sin embargo, impreciso. Ni sus propuestas ni su narrativa son realmente novedosas. En el plano económico repiten los viejos dogmas: la exaltación del mercado como solución universal, la supremacía de lo privado sobre lo público, la venta de los activos del Estado, la reducción de regulaciones, la apertura indiscriminada de mercados y la consecuente desprotección de los productores nacionales, especialmente del sector agrícola. Es la ruta de la afirmación de los negocios y de los privilegios.
En lo político y cultural, recurren a un discurso igualmente tradicional: denuncian la corrupción (de todos, menos de los suyos), invocan una supuesta pureza democrática (válida solo mientras les favorezca), agitan el fantasma del comunismo y descalifican todo lo que huela a “progresismo”. Piden 40 diputados como Pilar (aunque les sobren las causas penales).
Quizás lo único nuevo (y muy peligroso), es que ahora promueven campañas para “defender al presidente”, que según algunos de sus voceros implican desobediencia civil, toma de edificios públicos o, si fuera necesario, el uso de las armas. No descartan declarar “estados de excepción, si la cosa se pone fea”. El fanatismo religioso, cuyos símbolos son visibles, es un extremo que puede ser mi peligroso.
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Han construido una narrativa coherente, donde todo tiene una explicación conveniente: la culpa siempre es del “corrupto PLN” y de sus aliados del FA, el PAC y la Unidad. Jamás de ellos. Si los denuncian no hay que hacer caso. Son solo mentiras y patrañas de la “prensa canalla”. Su lema es: “No nos dejan gobernar”.
El discurso que difunden es de odio, exclusión y violencia. Para ellos, quienes piensan distinto son corruptos, “ratas” que deben ser destruidos o, en el mejor de los casos, desterrados. No hay matices: o se está con Chaves, o se es enemigo del pueblo, comunista o falso patriota.
Su narrativa es simple: “Chaves nos despertó”, “es nuestro redentor”, “se venga de la casta y hace justicia en nuestro nombre”. Se le exalta por su “valentía” y por “hablar claro”, aunque esa valentía no alcance para enfrentar la criminalidad, ni su retórica resuelva los problemas reales que afectan a la mayoría social.
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Chaves arremete contra los Arias, ridiculiza a la Contralora, menosprecia al Fiscal, ofende magistrados y diputados. No debate: impone. Regaña a sus ministros, divulga rumores, descalifica, insulta, alienta la confrontación e incita la violencia.
En las redes sociales, sus propagandistas amplifican y normalizan mensajes cargados de xenofobia, machismo y violencia contra las mujeres, junto con toda clase de prejuicios que dividen, degradan y perpetúan la desigualdad.
En el plano internacional, su visión no es menos superficial: “Necesitamos un presidente tan kool como Bukele”, “la plata alcanza cuando nadie se la roba”, “Trump es bueno, quiere que todos lean la Biblia”, “Dios protege a Israel”. No ven que en El Salvador se persigue a los opositores y se encarcela a muchos inocentes que no son “maras”. Solo son pobres que siguen tan pobres como siempre.
No se preguntan por qué en Costa Rica no alcanza el dinero para sostener la CCSS o invertir en educación, cultura y deporte. No les importa que Israel asesine a niñas y niños palestinos ni que en Estados Unidos cientos de miles de personas protestan contra las políticas de su propio presidente.
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La tarea de quienes creemos en la democracia, la igualdad, la solidaridad y la inclusión es no ceder el espacio público a los propagandistas del odio. Defender la institucionalidad, la libertad de pensamiento y la justicia social exige un esfuerzo mayor. Se necesita organización, pensamiento crítico y participación ciudadana. Si el fanatismo se normaliza, la violencia se fortalece. Estamos a tiempo de impedirlo.
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