Mi religión

Mi religión

Jacques Sagot, pianista y escritor.

                                                                                                                                                             
La práctica solitaria es, al concierto público, lo que una plegaria matutina a una misa solemne.  Pero hay algo más: esa liturgia privada a ritmo de metrónomo, esas secuencias de escalas y arpegios, amoroso forcejeo con los pasajes difíciles de cualquier pieza, vencidos –¿o seducidos?– a punta de repetición y de método, todo eso tiene para mí el carácter de una ablución ritual.
Es lo que me limpia de la maledicencia y las inanidades proferidas durante el día.  No es mera gimnasia.  Las horas de intimidad con mi instrumento constituyen un espacio mágico y sacro, asumen una dimensión ética y religiosa.  Con ellas me reintegro a la verdadera patria de mi alma.  Fuera de mi piano y mi literatura todo es exilio.  Es ahí, sentadito ante mis 88 teclas (la misma cantidad de constelaciones identificadas en el universo), que me reencuentro a mí mismo.  A la parte más pura de mi ser.  ¡Ah, la pureza, esa nostalgia, esa eterna búsqueda de mi alma, la necesidad desesperada de volver a casa!
Un Piano De Cola En Un Marco Celestial De Instrumento Dorado Descansa En Un  Suelo Pulido Entre Nubes Oníricas Y Luces Brillantes. Stock de ilustración  - Ilustración de fantasía, chispa: 395600289Como músico, mi más caro anhelo sería producir un día una interpretación tan pura, tan serena y hondamente contemplativa, que el auditorio se abstuviese de aplaudir, quedase sumido en profunda beatitud, y yo, como un sacerdote que ha oficiado su misa, pudiese levantarme y abandonar el escenario en silencio.  Hasta el momento, nunca me ha sucedido, pero no pierdo la esperanza.
Halagador como es, el aplauso ensucia, ensucia, ensucia… de egolatría, de envanecimiento, de fatuidad, de engreimiento.  Bien vistas las cosas, no deja de ser una manifestación bastante brutal, primaria, visceral, ante el milagro de la comunión estética.  Nadie aplaudiría una aurora boreal, un arco iris o una noche de plenilunio sembrada de estrellas.  ¿Por qué prorrumpir en estentóreo aplauso después de un adagio místico de Beethoven (el de la última sonata para piano, por ejemplo)?

“Toca en Fe mayor” –solía decirme un amigo, hombre noble y bondadoso–.  Siempre lo hago.  Y en efecto: es preciso transponer a “Fe mayor” aun aquellas piezas que sean atonales o dodecafónicas.  Es la tonalidad de mi alma.  Si alguna vez me he sentido cerca de Dios, ello ha sido asomándome al trasmundo que la música oculta.  Entre sus pliegues duerme, arrebujado, el Deus absconditus de Pascal.  El piano ha hecho por mi fe más que todas las homilías e iglesias del mundo.  Ahí les dejo mi testimonio.  Es sincero, es puro, y ahora también les pertenece.

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