“Más vale migaja de pan con paz que toda la casa llena de viandas”
(De la obra de Fernando de Rojas: “La Celestina”, 1499)
«Hay dos maneras de difundir la luz: ser la vela o el espejo que la refleja»
(Edith Wharton, 1862-1937, novelista neoyorkina)
Adriana Núñez, periodista Visión CR
Desmenuzando los sucesos que mantienen en vilo al país y a este confundido mundo donde una mayoría no es quien dice ser, la imagen de uno de mis tíos predilectos, fallecido hace ya medio siglo, llegó vívidamente a mis pensamientos. Y por ello hoy -apelando a su compresión- me permito un texto distinto, personal, escrito desde mi corazón y dirigido al de quienes tienen la bondad de leerlo.
Hombre educado, amable, paciente; aunque avejentado prematuramente por las tribulaciones del exilio, tío Manolo mantenía una figura de lord inglés que poco se ve por estas latitudes: alto, delgado, sonriente, impecablemente sencillo e infinitamente elegante.

Su paso por Costa Rica fue de tan solo dos años; pero en ese corto tiempo, trabajó afanosamente en ingenios azucareros, con el firme propósito de abonar al esfuerzo colectivo y contribuir a mantener la casona donde mi padre albergó a sus hermanas y hermanos, tras la salida de Cuba; el hogar donde se produjo el reencuentro con sus hijos, quienes habían abandonado la isla más de 7 años antes, siendo unos niños, gracias al proyecto Peter Pan, que los trasladó a Estados Unidos justo antes de que cayeran en las garras de las milicias de Fidel Castro.
Por ello, las aspiraciones más importantes del tío Manolo, se centraron siempre en mantener la unidad familiar y en ofrecerle a todos sus parientes -incluidos unos cuantos amigos- apoyo incondicional y tiempo de calidad. Era un hombre firme como una roca, en quien se podía confiar.
Entre esos privilegiados, estuve yo. En San José, íbamos en compañía de mi abuelo, a realizar algunas compras en la Pulpería El Canario, muy cerca de la Casa de Matute Gómez. Y cuando partieron hacía la Florida, donde la oferta laboral era mucho más amplia, durante nuestras visitas navideñas, tío y sobrina nos coordinábamos para salir juntos a conseguir, muy temprano, el pan recién salido del horno que se servía en la mesa familiar.
Caminar al lado del tío Manolo me enseñó a madrugar, a observar detenidamente el paisaje, a saludar cortésmente a los habituales transeúntes que aparecían a lo largo del recorrido y sobre todo, a identificar el olor a pan con todo lo bueno que el mundo ofrece, independientemente del ruido y de la prisa.

Murió súbitamente en Miami, una mañana soleada mientras esperaba el desayuno -un 11 de julio- pocas semanas antes de que se celebraran mis 15 años. Fue un golpe muy duro, pero más fuertes, hermosas y profundas habían sido -y continúan siendo-su imagen imperecedera y su herencia de honradez y amor.
Por ello, a lo largo de la vida busqué siempre ese aroma bondadoso en quienes se cruzaron en el camino. Y aunque cometí varios errores “olfativos”, finalmente en mis hijos, mi esposo Mayid -que ya partió- hermanos, primos y en un minúsculo manojo de amigos incondicionales, volví a hallarlo.
El “olor a pan” es siempre placentero, traslúcido, inspirador, serenamente poderoso. Penetra el ánimo y lo mejora; invade el cuerpo y lo reaviva; calienta lo mismo las fosas nasales que el alma, ávida de ternura; y sobre todo, nos brinda confianza, certeza, alegría y plenitud. Es el aroma de la gente buena, íntegra, trabajadora, solidaria, decente. Y es que aunque la perfección no exista, la bonhomía sí.
Me gustaría saber cuántos hombres -y mujeres- en estos tiempos de corrupción, avaricia, ambición e inmoralidad, han podido mantener esa esencia invaluable que -como el pan- perfuma el espíritu y garantiza el equilibrio familiar y social. No quiero ser pesimista, pero pienso que en Costa Rica, cada vez hay menos. Las garras de la violencia y la ambición acechan sin escrúpulos y su hedor es insufrible.

No obstante, quiero decirles a aquellos a los que todavía les habla la conciencia, que sí es posible desandar la ruta y retroceder sobre los malos pasos. Quizás ahora mismo puedan hacer una pausa en la agenda -sea cual sea- para repensar sus acciones. Mientras lo hacen, les insto a buscar una panadería cercana y a pedir una barra de pan recién horneada. Les aseguro que con ella bajo el brazo, el camino de regreso hacia lo que verdaderamente importa, será corto, ligero, cargado de matices y de felices augurios, pues ese breve espacio de tiempo, impregnado de la fragancia más humilde y pura, les permitirá llegar a casa, mirar de frente y reflejarse en los ojos húmedos de quienes les rodean. Un paso a primera vista simple, que no es ni más ni menos, que el umbral hacia una vida más libre y feliz, con mejores propósitos.
«Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen y su justicia, sobre los hijos de los hijos.» (Salmo 103:17)
Aquí les dejo este poema/canción escrito por Antonio Machado, con arreglos y musicalización de Joan Manuel Serrat. Sabiduría contenida en versos y notas que nos abre el entendimiento.