Por qué es fundamental leer a Dante

Por qué es fundamental leer a Dante

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Dante era un espeleólogo del alma humana.  Uno de esos valientes que se atrevieron a bajar a las grutas profundas, a las subterráneas cavernas de la psique humana.  Con su casco, su foco, su linterna, su arnés, su descendedor, sus botas de goma, su cuerda y su escala se aventuró en las abisales simas donde dormitan las larvas subconscientes, los más reprimidos de nuestros fantasmas, lo peor y lo mejor de ese enigma que somos todos, los demás como uno mismo.

El viaje al Infierno de Dante Alighieri según obras de arte - Cultura Colectiva

Su infierno es una obra maestra de la arquitectura ética: nueve círculos donde son castigados eternamente los réprobos de la tierra, cuanto más hondo, más grave la magnitud de sus pecados.  El último, el más recóndito y aterrador de los círculos está reservado para los traidores.  Los traidores contra Dios, contra la patria, contra la compañera o el compañero, contra el amigo, contra la familia y, por supuesto, contra sí mismos.  Ahí el lector tendrá el placer de toparse a Judas, Brutus, Ganelón y fray Alberigo, entre otros notables.  A decir verdad, un vecindario muy chic y distinguido, con tormentos inimaginables para los que han cometido el que Dante considera el más execrable de los pecados.

Uno de los problemas que plantea la lectura de La Divina Comedia, es el hecho de que el texto hace permanentes referencias a personajes históricos, tomados de la vida política del pasado y el presente.  Muchos de ellos fueron contemporáneos de Dante, y sus respectivos escándalos constituyeron faits divers, titulares y “sucesos” en los periódicos de la época.  Como nadie puede tener la cultura necesaria para saber cuál fue el predicamento de cada uno de los miembros de este ejército de figuras, conviene, como nunca, disponer de una edición crítica profusamente anotada.  Es muchísimo lo que nos pasará inadvertido sin esta herramienta bibliográfica.

Dante Alighieri y la “Divina Comedia” – Palacio del Segundo Cabo

Yo conozco la traición.  Lo único que puedo es compartir el criterio de Platón: “es mil veces preferible padecer que cometer la injusticia”.  Sé lo que es vivir bajo el mismo techo con un nido de víboras.  Seres hipócritas, mentirosos, falsos, embusteros, farsantes, tartufos y promiscuos.  Recuerdo que cuando era niño mi papá solía llevarme al parque Bolívar.  Me sentaba –siempre bien asido por la espalda– en el borde del redondo foso donde estaban las serpientes y las iguanas.  Recuerdo el terror que me inspiraba la idea de caerme en él.  ¡Qué iba yo a saber que un día conviviría con alimañas de esa estofa!  Eran estafadores emocionales, tan podridos y excrementicios que hasta entre ellos se fagocitaban, se canibalizaban.  El viejo, un perfecto zaguate; la vieja, una celestina, alcahueta y madame de un establecimiento de lenocinio; los hijos e hijas, pirañillas de su misma laya.  Todos eran promiscuos, traicioneros, desleales y falsarios patológicos.  Fue una buena escuela para mí: ahora comprendo mejor los niveles de miseria moral a los que es capaz de descender el ser humano.

Y es que Dante tenía toda la razón del mundo –¡y hasta un poco más!–.  Nada puede ser tan vil como romper la confianza de un ser humano, venderlo, negarlo, cambiarlo como si de una vieja chancleta se tratase.  Shakespeare, siempre noble y misericordioso con sus personajes, decía que el ser humano traicionaba más por miedo, que por maldad.  Es posible, pero eso no justifica la puñalada por la espalda del traidor.  Cuanto más cercano a nuestro corazón está el ser humano víctima del  engaño, más grave, más cruel e inmoral es la traición.  El enemigo no puede traicionarnos: sus acechanzas son previsibles, parte de su definición.  Solo el ser amado puede hacerlo: esa es la gran paradoja de este acto, espernible entre todos.

Francesca da Rimini y Paolo Malatesta vistos por Dante y Virgilio (Ary Scheffer, 1835) | blocdejavier

Nunca deja de asombrarme la clarividencia de Dante: confieso que estoy aprendiendo el italiano por el mero gozo de poder leerlo en su lengua natal.  El gran poeta florentino no puede esconder su misericordia, su empatía con cierto tipo de pecadores.  Los lujuriosos, por ejemplo, gozaban de su compasión.  Los trata relativamente bien.  Francesca da Rimini y Paolo Malatesta son arrastrados, desnudos, por un huracán eterno, entre miles de condenados.  Pero piénsenlo bien: están juntos, están acompañados, y un poco de viento jamás le ha causado daño a nadie.  De hecho, esas ráfagas ciclónicas a las que están condenados pueden ser experimentadas voluptuosamente: el viento es un símbolo de la potencia sexual, del estallido libidinal de la criatura humana.  ¿Recuerdan la película Unfaithful (Adrian Lyne, 2002), con Richard Gere y Diane Lane?  No es un buen film, pero hay que reconocerle al director la poética delicadeza de hacer que el primer contacto entre la esposa adúltera y su amante sea propiciado por el viento: una ráfaga le arrebata a ella los papeles y libros que llevaba, y es ayudándola a recobrarlos que el chulillo francés que terminará por llevársela a la cama entra en acción.  La idea es eminentemente dantesca, y en lo personal agradecí esa pincelada de literatura, en una película por demás mediocre.

Fuere como fuere, Dante comprende que la carne es débil y proclive a los extravíos: no castiga a Francesca y Paolo con un suplicio tan cruento como el que reserva a otros transgresores.  Conforme vamos descendiendo hacia el noveno círculo, los tormentos se diversifican, los círculos se llenan de fosas en las que se retuercen los que cometieron diferentes variantes del mismo pecado, y las agonías eternas son cada vez más espeluznantes.

Storia di Francesca da Rimini

Tchaikovsky compuso en 1876 un goyesco poema sinfónico titulado Francesca da Rimini: en él oímos a las cuerdas imitar, con portentosa exactitud, el aullido y el ulular de la tormenta eterna en las cavernas donde es punido el pecado de la lubricidad.  Se comprende la fascinación de Tchaikovsky por la figura histórica (contemporánea de Dante), de Francesca da Rimini: el compositor era, como todos sabemos, homosexual, y el tema de este episodio literario no es otro que la pasión culpable, el amor prohibido y castigado.  Por su parte, Rachmaninoff tomó la historia de Dante para componer en 1906 una ópera, también llamada Francesca da Rimini.  Se oye muy poco, y creo que es mejor que así sea.

El poco éxito de esta obra se ha atribuido a la pobre calidad del libreto, escrito por Modest Illitch Tchaikovsky, hermano del gran Piotr Illitch.  Otros compositores de mucho menor calado abordaron también esta leyenda: Luigi Mancinelli en 1903, Saverio Mercadante en 1830, Riccardo Zandonai en 1914, y Arthur William Foote en 1891.  Por su parte, el poeta Gabriele D’Annunzio estrenó una obra de teatro basada en este tema, y provocó un escándalo público entre los recoletos burgueses romanos de la época.  Conviene recordar que Francesca da Rimini fue condenada al infierno injustamente: la casaron mediante una triquiñuela con el jorobado, contrahecho Gianciotto Malatesta, cuando a quien ella amaba era a su apuesto hermano Paolo Malatesta.  Movido por la más sórdida celotipia, el esposo cornudo le tendió un cepo mortal a Francesca y Paolo, creando las condiciones ideales para que, leyendo un libro de contenido erótico, se abandonaran uno en brazos del otro.  Algo más: el perverso cocu los espiaba entretanto con mirada entre lúbrica y vengativa.  Añadamos finalmente, en defensa de nuestra dama, que nada en el texto permite colegir que los amantes hayan consumado su ígnea pasión.

Gianni Schicchi es una ópera cómica en un solo acto de Giacomo Puccini a un libreto italiano de Giovacchino Forzano compuesto en 191718. El libreto se basa en un incidente mencionado en

Otra importante referencia intertextual: Gianni Schicchi es una ópera cómica en un acto compuesta en 1918 por Giacomo Puccini, sobre libreto de Giovancchino Forzano.  Es la tercera y última de las óperas (precedida por Il tabarro y Suor Angelica) que conforman “El tríptico” (Il trittico).  Cada una de ellas representa una alegoría de una de las partes de La Divina Comedia.  Gianni Schicchi corresponde al Cielo.  Se estrenó, junto a las otras dos, en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 14 de diciembre de 1918.

Dante tuvo el acierto de cerrar cada gran sección de La Divina Comedia con la palabra “estrellas” (stelle).  Muchos poetas comprendieron que este vocablo ofrece una bella, expansiva sonoridad para terminar un texto.  Así pues, el sobrenaturalmente hermoso poema “Booz dormido” de Victor Hugo termina con el francés “étoiles” (estrellas).  En su poema “El salto del trampolín”, Théodore de Banville usa la misma palabra a modo de acorde conclusivo.  Y para no ir tan lejos, nuestro Julián Marchena también la invoca en los dos versos finales de su crepuscular, impresionista “Romance de las carretas”: “y sus enhiestos parales dialogan con las estrellas”.

Dante es el iniciado en la secreta arquitectura de la eternidad: Virgilio –su guía– es una alegoría de la razón, y Beatriz –su amada– lo es de la fe.  La razón no es presentada como antagonista de la fe, sino como su complemento ideal.  Ya estamos ad portas del Renacimiento: en la cosmovisión de Dante necesitaremos tanto de la fe como de la razón para llegar ante la presencia de Dios.  Empero, es preciso observar que Virgilio, el cicerone, (la razón) no acompaña a Dante en su periplo a través de los círculos celestiales.  Nuestro poeta intuyó con instinto certerísimo que, una vez que estemos ante Dios, la razón dejaría de ser importante y perdería su valor como brújula hacia la verdad (¡ya estamos en ella!).   Solo nos restaría abrasarnos en el amor eterno y perdernos extáticamente en la contemplación de Dios.  El camino es arduo y escarpado: el lema de Dante es “per aspera ad astra”: por el camino del dolor (la “aspereza”) hacia las estrellas.  Como decía León Felipe, “todo dolor es moneda contante y sonante para poder un día comprar las estrellas”.

Gustavo Doré | en son de luz
Gustavo Doré | en son de luz.

La Divina Comedia es uno de los libros de mi vida.  La más bella poesía jamás escrita en lengua que yo conozca.  Me sigue con docilidad de animalito faldero.  Duermo con un bello ejemplar usado que compré a mitad de precio en París, pero la conozco y la amo desde que la leí en el colegio (¡hablamos de 1978: estaba yo en cuarto año!)  Tiene el nada desdeñable valor agregado de los excelsos grabados de Gustave Doré: ¡qué esplendente belleza, las imágenes de los círculos del cielo, bañadas en cósmica, ultraterrena luz!  ¡Cuán cruentos y realistas los grabados que ilustran los suplicios del infierno!   Como El principito de Saint-Exupéry, ilustrado por el propio autor, La Divina Comedia solo tolera un tipo de imágenes, y estas son la colección de grabados de Doré.  La gente suele referirse a ella como una novela: ¡no, no, no: es un extenso poema épico y narrativo: poesía, no prosa!  Con ella Dante prácticamente creó el moderno italiano, brotado del florentino.  Es una de esas obras que instauran una lengua, que crean un nuevo idioma.

Ella me condujo hacia Liszt, que arrebatado por la desmelenada y extravagante hermosura del texto compuso una Sonata Dante para piano, y la imponente y poco conocida Sinfonía Dante, cuyo “Purgatorio” es música surgida del más allá.  Me ha acompañado en carros, buses, trenes, aviones, barcos, hospitales, hoteles, salas de espera, y está inscrita en mi corazón con letras de fuego.  Es preciso leerla.  Recuerden: busquen una edición ilustrada por los grabados de Gustave Doré.  No se den por satisfechos con nada menos que eso.  Por cierto: también es fácil encontrar libros que contienen únicamente la obra de Doré, sin el texto, pero esto también es mucho menos que ideal.  Último consejo: procúrense una edición crítica comentada y profusamente anotada.  Eso les ahorrará mucha frustración y cansinas pesquisas.

      

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