Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Mamá creció en Puntarenas, entre almendros, manglares, cercas de zinc, barcos pesqueros, casillas de madera poco menos que miserables, y el viento salobre cargado de arena acumulándose regularmente a lo largo del tajamar. Por aquí una cantina, por allá una pulpería. El tipo del hombre porteño, hosco y huraño, como esculpido por el sol y la sal.
De vez en cuando una naranja a guisa de medicina para el resfriado y para toda afección concebible. A la naranja se le atribuían poderes por poco salvíficos. Mamá, la menor de la familia, esperando siempre a un padre que la abandonó a los tres años de edad para recorrer los mares y alzarse rameras en cuanto muelle atracó.
Cada vez que sonaba la sirena de los barcos los ojos de Mamá se iluminaban. Luego los rostros anónimos de los pasajeros que desembarcaban, abrumados por el calor y la fatiga… eran todos extraños… una desilusión más. No lo reencontraría hasta cuarenta y cinco años más tarde, ya convertido en un estropajo humano y acariciando su lápida. Un anciano disoluto, especie de Fiodor Karamazov del trópico húmedo, que vivía rodeado de cervezas y prostitutas, allá en una de las más siniestras esquinas de San José.
El padre abandonetas jamás envió a la familia un céntimo. Se dedicó a resbalar sobre los siete mares, se desvinculó de esposa e hijos, optó por “vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra ribera, la prosaica visión de los caminos” (Julián Marchena).
Mamá era víctima de un sueño recurrente: veía a un hombre desembarcar en el puerto y caminar a paso decidido, entre la niebla matinal, hacia ella, con una valija en la mano y zapatos de charol. Jamás lograba ver su rostro, pero en algún oscuro nivel de su ser sentía, sabía que era su padre. Cada despertar era un nuevo golpe de hacha brutal sobre el tenue hilo dorado de los sueños.

Madre dura, desnaturalizada, que prefería comprar cigarrillos que comida para sus tres hijos. Eran los infames cigarrillos “María”, desprovistos de filtro y plenos de sustancias tóxicas. Durante las tardes ventosas de verano mi mamá iba a jugar “cochecito” en el tajamar. Dejar que el viento inflara su enagua hasta hacerla sentir que iba a volar. ¿Cómo salir de aquel infierno si no era volando? Era la vocación misma de su alma la que quedaba plasmada en aquel aparentemente insignificante juego infantil. Volar, huir, escapar…
Conseguir la cena de cada noche, una epopeya. La casa impregnada del tufo de los pitillos que la vieja fumaba por cientos cada día. Cuando no tenía cigarrillos se tornaba violenta y abusiva. Padre desertor, madre incapaz de ternura. No juzgo a la vieja: era una chilena inculta y amargada que, en virtud de uno de esos ricochets de la vida, había venido a escorar a aquel infierno de arena abrasadora y mar achocolatado. Como abuela, ya vencida por el tiempo, fue adorable, dulce, regalona. A mí me quería mucho. Aprendió a amar tarde en la vida.
Puntarenas por siempre en el alma de mamá. Infancia infeliz, abandono, el olor de los cerdos y las gallinas, los barcos que llegan y vuelven a zarpar, su hermano pescador de tiburones, las pangas alineadas sobre la playa, el golfo de Nicoya, dos o tres amiguitos entrañables, el sol y la arena en su piel para siempre. Alineados sobre la cubierta de los barcos pesqueros, los escualos abrían y cerraban las fauces espasmódicamente mucho después de haber sido pescados: la niña se paseaba entre ellos, ignorante del peligro que la rodeaba.

Una muñeca pelona. Un trompo. Una patita llamada Piti. Un solo libro en la casa: la Biblia. La prohibición estricta de ir a meterse al mar. Y en la niebla de la mañana, la sirena de los barcos, y mi mamá que no cesaba de esperar e invocar al padre ausente. Cada barco podía traerlo de vuelta. Así como se había ido, así volvería, ¿no era cierto? Fue un abandono reeditado mil veces: cada vez que los buques se negaban a devolverle a su padre, este moría una vez más.
Tenían una empleada que a veces venía a cuidar a los niños. Le decían María “La Nica”. Para castigar a Mamá por la menor travesura la encerraba durante horas en una gran boya metálica que desde tiempos inmemoriales se herrumbraba a la orilla del mar. Ahí quedaba recluida Mamá hasta que a María “La Nica” le diera la gana liberarla. El horror de la claustrofobia. Los gritos ahogados de la niña, incapaces de atravesar el metal, la áspera superficie de herrumbre…
Cuando sus hermanos se enteraban de su tortura corrían a liberarla, de lo contrario podía la niña pasar horas retorciéndose entre la boya, hirviente el metal, absoluto el silencio. Nunca fue reprendida “La Nica” por su crueldad. Hasta hace poco podía verse todavía la boya semihundida en la arena, como el despojo casi irreconocible de un viejo naufragio. Cuando la niña lloraba, María “La Nica” la amenazaba: “¡si sigue llorando su mamá se va a morir!”

A principios de los cuarentas Puntarenas era un poblachón bueno apenas para los aventureros, los viejos lobos de mar, los traficantes, las prostitutas, los mercaderes que van de puerto en puerto vendiendo sus tiliches. Menos, mucho menos que Macondo, una aldea adormilada en su miseria y su marginación de la Costa Rica meseteña donde acontecía todo cuanto era importante en el país. Una especie de sub-Costa Rica, de Costa Rica periférica y adlátere, un miserable apéndice colgando del valle intramontano.
Puntarenas era el oculto refugio de Yolanda Oreamuno y su amante, el mejor arpista del mundo, Nicanor Zabaleta. Este se perdía con ella entre los bosques de manglares guineanos de la rústica península, y desaparecía de todos los radares: conciertos cancelados, llamadas no respondidas, públicos plantados, devolución de tiquetes, managers furibundos, teatros desertados, giras canceladas. La verdad sea dicha, no hubiera hecho yo otra cosa en el lugar de Zabaleta. “Porque una diosa y su amante huyen juntos, jadeante, los sigue la luna llena” (Machado).
A sus ochenta y siete años de edad Mamá es una mujer feliz. La casita de su infancia en Puntarenas sigue en pie. La he visto un par de veces. Fachada estrecha, inclinada hacia la calle como un hombre que se asomara ya a su tumba. Los almendros y las palmeras están siempre ahí. El único cine de la ciudad fue demolido hace mucho tiempo. Pasaban sobre todo películas mejicanas: Pedro Infante, Dolores del Río, Sara García, Jorge Negrete, Joaquín Pardavé, Fernando Soler, María Félix, y Cantinflas, el único que le hacía gracia a mi mamá.

El estero apesta como lo hacía ochenta años atrás. Puntarenas, una estrechísima franja de arena aventurándose en el Golfo de Nicoya. Casi isla. Precaria. Al borde siempre del naufragio. Una ola cualquiera podría barrerla para siempre. Puntarenas se difumina, casi fantasma, en el límite del no ser. El infame segmento conocido como “La angostura”, donde los dos brazos de mar consiguen, cuando la marea es excepcionalmente alta, alcanzarse. Sitio funéreo: el domingo 13 de setiembre de 1975 un bus derrapó y cayó en el estero: cincuenta personas murieron ahogadas. Puntarenas se difumina, casi fantasma, en el límite del no ser. Cada año es más delgadita, más exigua… terminará por evanescer bajo las aguas, como la mítica catedral sumergida de la leyenda de Ys, que Debussy poetizó en su célebre preludio.
El cementerio se inundaba con frecuencia, y cuando esto sucedía no era raro ver a los enormes cangrejos morados de aquella época cargar entre sus tenazas el dedo o el fragmento de oreja de algún muerto. Había mucho de Comala y Luvina, en la Puntarenas “mágica maravillosa” (Alejo Carpentier) de aquellos tiempos. La vida, en apariencia obesa, amodorrada y estática, cobijaba toda suerte de pequeños y singularísimos eventos.

Hoy en día el poblachón ha asumido poses de ciudad turística. Pero mamá conoció su innoble, cruel y mísera cuna. Evito sistemáticamente acercarme a esa gehena. Me dicen que con su nuevo “cosmopolitismo” ha perdido aun el rústico encanto porteño que alguna vez tuviera. Puntarenas. Todo el dolor de mamá. Por lo que a mí atañe podrían dinamitarla y borrar su nombre de las crónicas históricas de mi país. Infancia dinamitada, pueblo dinamitado.
Que interesante perspectiva desde la miseria, el dolor, el abuso un Puntarenas totalmente extraño para mi. Mi madre también era porteña hija de un inmigrantes Chino de la nobleza del continente y de una liberiana hija de españoles, otra historia otra vida, otro Puntarenas. Además de mis imaginarios más increíbles de los Veranos en los 50/60/70, el Puerto el.balneario de los Cartagos, como nos decenas allá a los de la meseta.
Hoy el Puerto luce renovado y más que subsistiendo viviendo.