Jacques Sagot, pianista y escritor.

Ahí estaba, el pobre miserable, debatiéndose mediante todo tipo de fórmulas ambiguas o ambivalentes, para disimular el odio y la envidia que le generaban los cantantes de la ópera cuya crítica estaba en proceso de defecar. Por una parte, procuraba ser percibido como generoso y benevolente. Pero el demonio que lo habitaba también exigía su temps de parole, y después de un elogio sistemáticamente añadía algún reparo, más o menos velado.
El ciclo del auto-tormento era tal, que después del escupitajo, se sentía nuevamente compelido a reparar su agresión y maquillar su inquina con un nuevo cumplido. Y era así como todas sus valoraciones –cantantes, orquesta, coro, escenógrafo, director escénico– asumían una forma ABA: elogio, reparo, elogio. Mera forma el primero. Mera bilis el segundo. Mera preocupación con su propia imagen y la ocultación de su envidia el tercero. Todo terminaba por generar una impresión cómicamente mecánica y predecible.

No era lo suficientemente magnánimo para el elogio entusiasta y franco, no era lo suficientemente valiente para la objeción frontal y descalificadora.
Su crítica siempre se convertía en un triste –y fácilmente descifrable– espejo de su propia alma: el lector sentía sus arrestos de generosidad, la forma en que luego se castigaba a sí mismo por ellos, finalmente el temor con que modulaba al cumplido en la tercera parte de su evaluación.
Se tomaba a sí mismo demasiado en serio, el infeliz. Nadie leía sus críticas con particular interés. Eran impacto sin resonancia, y aun en tanto que impacto, sumamente diluido. ¿Por qué? Porque la gente lo conocía, los frecuentadores de ópera sabían de su triste vida, habiendo sido, en sus mocedades, cantante, y ahora, en su patológico afán de figuración, evaluador “profesional” de esas mismas óperas que ya no podía cantar. A todo esto, ¿será necesario añadir que no tenía los atestados, los diplomas, la formación académica que hubiera siquiera parcialmente legitimado su status de arbiter elegantiarum? Ni maestrías ni doctorados en música. Nada de eso. Un aficionado: eso es lo que era.

Pues enfrascado estaba, escribiendo esas excrecencias en las que pugnaban visiblemente su ira personal con su preocupación por la imagen humana que de su escritura se desprendía, y que el lector invariablemente advertiría. Tal era su dilema. No era una inquietud ética, una cuestión de justicia (“debo evaluar al cantante de manera rigurosa pero noble, respetando su integridad psíquica y humana”), no, no era nada de eso. Era una preocupación dictada estrictamente por la vanidad (“no debo ser percibido como un caníbal, pero debo dejar prueba de mi autoridad y rigor”). Un dilema más bien cómico, si lo vemos en el contexto del gran theatrum mundi.
Y entonces sucedió lo impensable. El teclado desapareció ante él, y la pantalla de la computadora asumió una dimensión descomunal, algo así como un cine: treinta pies de largo por diez de alto. Todo se veía enorme: su silla, la mesa, los libros que había apilado al lado del ordenador. Su perspectiva sobre el mundo era ahora la de un hombre de Lilliput. Flotaba, además, en una especie de aura luminosa que por poco habría podido hacerle creer que gozaba ya de la gloria celestial. Habitaba un mundo enceguecedoramente blanco, blanco, blanco, especie de trasunto cromático de la nada. Todo en torno suyo era luminosa neblina. Una luz violenta, infernal, que hacía añorar el menor rincón en sombra. Pero lo más revelador era su nueva posición relativa con respecto a los objetos que poblaban su escritorio. Todo lo veía desde una óptica diferente, y todo parecía hipertrofiado y apabullante. Avanzó y se dio de narices contra una pantalla de cristal.

Repitió el procedimiento hasta que su nariz se negó a secundarlo. Se sentó… en la niebla, y consideró su situación. En su conciencia cayó de pronto la evidencia de su predicamento. Se había deslizado dentro de la pantalla de su computadora.
Como si el aparato lo hubiese succionado, yacía ahora cautivo de su cárcel de cristal. ¿Cómo pudo aquel fenómeno haber tenido lugar? ¿En qué momento se había producido el desplazamiento a su nueva dimensión? Nada había sentido: todo advino sin transición alguna. Parpadeó, y al reabrir los ojos era una figura dentro de una computadora. Y lo peor de todo es que sus malévolas, disfrazadas críticas generaban en el interior de la máquina una pestilencia irrespirable. Su computadora era, for all practical purposes, una cloaca, un tanque séptico: de haberse derramado su contenido, hubiera generado una pandemia mundial. Exiliado entre el excremento de su crítica: tal era su residencia. ¡Quién iba a decir que las palabras olían, que los conceptos apestaban, que las valoraciones y juicios dimanasen tal hedor dentro del rectángulo luminoso del que era presa!
Alguien entró en ese momento a su oficina. Desde su perspectiva, le pareció que era algún compañero del periódico. El gigante se acercó a la pantalla y se sorprendió al verla encendida a aquellas horas de la noche. Vio también la diminuta figura de su colega, que chillaba, brincaba y gesticulaba para hacerse rescatar. El periodista reparó en él pero no lo reconoció. Se limitó a sonreír. Asumió que se trataría de alguna broma o mascota cibernética que su colega solía manipular para aliviar un poco la sensación de esterilidad de la pantalla. Entonces se inclinó sobre el aparato y, con el ceño fruncido, procedió a deshacerse de la irrisoria imagen. La desesperación del crítico no conoció límites. La manaza se posó sobre las teclas, sin duda para aniquilarlo. Vociferó, golpeó con todas sus fuerzas la pantalla, gesticuló como un poseso… pero todo fue inútil.

El periodista no lo reconoció, y se limitó a reír de los aspavientos del monigotillo. “¡Ah, hay colegas que no saben qué hacer, con tal de sentirse menos solos ante sus computadoras!” –reflexionó–. Procedió a borrar la imagen del crítico. Fue cuestión de nanosegundos y su ser evanesció de la pantalla. Era posible que aun cuando borrada, su espectral, diminuta ánima errase aun en alguna comarca del ciberespacio. Pero no contento con haber eliminado a la marionetilla, el colega lo envió a la sección de “basura”. Luego, la muerte definitiva, la muerte de las muertes: vació el bote de basura entre los “desechos definitivamente eliminados”. No era imposible que algo de él hubiese quedado deambulando en la atroz soledad del disco duro, pero eso nadie nunca lo sabría, y para extraerlo de aquel limbo sería menester de autorización policial y del afanoso trabajo de un técnico. Estaba muerto, o quizás (lo cual me parece mucho peor) muerto – vivo en la entraña de una máquina que algún día iría a parar a su vez al bote de la basura. Borrado de la vida. Robado al ser. Muerto o desterrado en un mundo del que no había salida, toda vez que a nadie se le ocurriría buscarlo en semejantes lares. Por miserable. Por figurón. Por construir su risible gloria sobre el honesto trabajo de los demás. Por querer ser, y ser a toda costa –en los medios, que es el actual horizonte de la existencia– había quedado nihilizado. Ni siquiera tuvo tiempo de terminar su última crítica.

Los intérpretes ciertamente no lo echaron de menos. El público no lo echó de menos. Los lectores del periódico no lo echaron de menos. Los colegas no lo echaron de menos. El espíritu de la música no lo echó de menos. Cretinos de esta estofa están hechos para desaparecer sin dejar traza ninguna de su estéril vida. Alguien sugirió en la siguiente representación de la ópera que se le guardase un minuto de silencio. A regañadientes, el director aceptó. Pero no hubo silencio. Los caballos utilizados en el montaje, escogieron justo ese momento para defecar en escena, y ello de manera masiva y sinfónica. El teatro entero reventó de risa, y tan pronto los utileros recogieron la boñiga, el director dio inicio a la obra. Nunca nadie habría evanescido de manera tan imperceptible, tan inadvertida, tan carente de toda resonancia, impacto u homenaje. A decir verdad, cabía incluso preguntarse: ¿había existido, el miserable?