Heriberto Valverde Castro, periodista.
La democracia como sistema político y de convivencia, tiene como sustento y esencia la consulta popular para elegir a quienes dirijan los destinos de la sociedad. Bien sabemos que el ejercicio democrático es mucho más que ir a votar en las elecciones internas partidarias y en las nacionales, pero ese acto es trascendental, pues al final, las otras condiciones y el funcionamiento efectivo de las instituciones dependen de los liderazgos que los ciudadanos elijamos. Y esto ha quedado profundamente confirmado.

En ese sentido, si tomamos en cuenta la creciente alza del abstencionismo que ha caracterizado las citas electorales, tanto partidarias como nacionales, tenemos que concluir que nuestra democracia está en crisis, porque de lo que hablamos es de una baja participación ciudadana en la vida cívica del país, concretada o retratada en ese abstencionismo electoral.
Y si llegamos al caso en que ni siquiera hay asambleas de elecciones internas y que son unas pocas personas quienes deciden sobre los nombres entre los que tendrá que elegir la ciudadanía al presidente o presidenta y a diputadas y diputados, pues entenderemos que estamos ya no ante un estancamiento de nuestras formalidades democráticas, sino en un flagrante y peligroso retroceso. A partir de aquí cualquier cosa puede pasar.
¿Cuáles serán las razones de esa crisis? Como sucede con todo fenómeno social, las causas son múltiples y variadas. Pero sin duda una muy importante es la frustración, el desencanto de la ciudadanía por el comportamiento de muchos de los líderes que ha elegido, o por los colaboradores que estos escogen, ya sea por el incumplimiento de promesas concretas, por valerse del poder para su provecho o el de sus allegados o por su inoperancia para atender los grandes problemas nacionales, todas ellas, distintas manifestaciones de esa peste llamada corrupción.
También hay razones que podríamos denominar culturales, producto sobre todo de la influencia de lineamientos y conductas ajenas, en las de nuestra población.

Aquí debemos citar como preponderante el fenómeno del individualismo, el egoísmo, la pérdida del sentido de la solidaridad y de preocupación por el bienestar social, fenómeno que se da aparejado con la injerencia de culturas altamente consumistas en las que se prioriza la competitividad por sobre la solidaridad, así como con la transformación de nuestra sociedad, de rural a urbana.
Otro factor o causa tiene que ver con la marcada y creciente ruptura con el pasado. Nuestra educación en general, la de la escuela, la del hogar y la comunidad, la de los medios de comunicación (creciente en influencia) e incluso la que proviene de las instituciones y de grupos organizados (empresariales, gremiales, profesionales, deportivos, etc.) genera o al menos coadyuva a que se dé una ruptura con el pasado, una minusvaloración de los aportes y logros de las generaciones anteriores, sobre todo de los que marcaron hitos en el desarrollo de nuestra nación. Así, fácilmente se da por sentado todo lo que tenemos y hemos logrado como sociedad.
En consecuencia, se cree que lo alcanzado, lo que es el país, lo que hemos disfrutado varias generaciones de costarricenses, apareció espontáneamente y no ha costado una peseta y que seguirá dándose solo porque sí.

Eso genera un sentido de confort que atenta contra el espíritu cívico y contra la vida en democracia. De allí esa creciente y dañina tendencia de nuestros conciudadanos a exaltar y exigir los derechos y a la vez, cómodamente, ignorar los deberes.
Aunado a lo anterior, el Estado costarricense ha fallado en la solución de graves problemas que enfrenta nuestra sociedad: la discriminación y el abandono de poblaciones enteras, la caída en la calidad de la educación, la baja en estándares de salud, el desempleo y la inseguridad, agravada ésta con la irrupción de todos los males ligados a las drogas: el consumo que mata a nuestra juventud, el crimen organizado alrededor de su comercio y toda la violencia que genera por doquier.
Padecemos también problemas estructurales, ya añejos, como el de la pobreza, producto, entre otras causas, de una injusta distribución de la riqueza producida por todos los habitantes, y el del abandono de sectores que por años fueron fundamentales en la generación de empleo, por ejemplo, el agrícola. Paralelamente, erróneas medidas económicas han provocado una concentración de riqueza generando un distanciamiento entre los grupos sociales extremos y un progresivo debilitamiento de la clase media, otrora emblema de nuestra democracia republicana y artífice de los mejores momentos de la historia Patria.

Todo lo anterior fue gestando en la población un sentimiento de pesimismo, de desencanto y de pérdida de fe en las instituciones, en los políticos y en toda la cosa pública. Sentimiento y actitud que son magnificados y multiplicados con la aparición de las nuevas tecnologías de la información y en especial con el acceso generalizado de la población a las redes sociales que permiten y amplían la participación ciudadana, pero no de manera saludable sino por vías y formas que estimulan y protegen el anonimato, la irresponsabilidad y la violencia. Y así, como en un círculo vicioso, se acrecienta el pesimismo de la población respecto de la vida ciudadana.
Todo este contexto se volvió caldo de cultivo para la aparición de algo que se veía venir, el ascenso del populismo a la estelaridad de nuestra vida política, encarnado en el fenómeno denominado “chavismo”, con dos personajes que lo forjaron y lo lideran: Pilar Cisneros y Rodrigo Chaves, sí, en ese orden, con un círculo de colaboradores (asesores, ministras, ministros, etc) más serviles que eficientes y una masa que los sigue por emoción y fe.

La estrategia de esta agrupación ha sido muy clara. Había que desacreditar a los partidos políticos, tarea bastante fácil porque ya por años esas organizaciones se carcomieron desde adentro. Había que desacreditar a sus líderes, algunos de ellos lo hicieron por sí mismos. Había que desacreditar al Poder Judicial, también resultaba fácil pues el pueblo está cansado de esperar una justicia pronta y cumplida. Y desacreditar a los medios de comunicación igualmente fue fácil pues hace tiempo muchos de ellos hicieron a un lado su misión social para entregarse al lucro, al sensacionalismo y a la frivolidad.
¿Cómo ganarse el apoyo de un pueblo que carga años, décadas de frustración por el incumplimiento de promesas, por la ineficiencia y la corrupción? Poniendo el dedo en las llagas que más duelen. Las pensiones de lujo, el precio de las medicinas, el precio de algunos alimentos como el arroz, las listas de espera en la Caja, los alquileres de inmuebles a instituciones estatales. Sí, aunque parezca mentira, el apoyo popular se consiguió con más de las mismas promesas que causaron el desencanto.
Y así, alimentado el odio hacia quienes le han fallado y reverdeciendo esperanzas e ilusiones con bases de barro, se ganaron el fervor de sus seguidores, transformados en muchos casos en fanáticos. Entonces, convertido el pueblo en feligresía, ya no valen la razón ni la contundencia de los hechos, mentiras se visten de verdades y prevalecen la emoción y la creencia a ciegas.

En un proceso tan falseado, vino lo irremediable, lo prometido chocó con las leyes y hasta con la Constitución. Sucedió con la ruta del arroz y al final favoreció a los importadores y arruinó a los productores nacionales. Sucedió con la ciudad gobierno y con el precio de las medicinas y con la marina de Limón y con varios excéteras.
Y entonces crearon nuevos enemigos: la Contraloría General de la República que en su función de reguladora del ejercicio público debió ponerlos en su lugar, y la Fiscalía General y los fiscales que, en cumplimiento de su deber, han debido levantar cargos e iniciar procesos en aquellos casos en que el presidente y sus colaboradores se saltaron los límites de la ley. Y finalmente, el Tribunal Supremo de Elecciones que ahora les resulta estorboso y al que quieren minar y deslegitimar, por aquello de una eventual derrota en las elecciones venideras.
Paralelamente, las garras de la corrupción, utilizando el nombre de un noble y hermoso felino de nuestras selvas, se clavaron de nuevo en la hacienda pública para pagar y hacerse favores, cayendo en lo que tan enérgicamente criticaron y que les brindó tantos puntos en popularidad.

Lo de los dineros del BCIE utilizados para pagar cariñitos a los encargados de generar y difundir una engañosa imagen del jefe, es apenas un pollito a la par del avestruz de la Caja y de nuevo el BCIE y las contrataciones del ICE; y lo de Gandoca en el Caribe y Paso Danta en el Pacífico, de mención separada por su sensibilidad en materia ambiental, y los troles contratados como asesores en Casa Presidencial.
En toda esa maraña de ineficiencia y de engaño y del “no nos dejan hacer”, quedan explicados los odios antes mencionados, los excesos y hasta ridículos espectáculos de los miércoles, el llamado a una marcha contra la Fiscalía, las alertas por el golpe de estado y por el allanamiento de la casa presidencial y todas esas joyas que a diario inundan las redes sociales, repartiendo culpas de todo lo malo sucedido en el país por décadas y décadas y exaltando al mesías que habrá de redimirnos de todos esos males y a quien prometen defender aun a costa de sus vidas.
Y llegó el banderazo. Por supuesto que todo lo anterior ha venido de la mano de un proyecto político (que de político en el verdadero sentido de la palabra tiene muy poco o nada) que, entre otros propósitos públicamente manifestados, tiene el cometido de lograr mayoría absoluta en el Congreso para manejar a su antojo la Constitución y sus mandatos. Para ello ya tienen el vehículo. Se llama Partido Pueblo Soberano. ¿De dónde salió ese partido?, ¿quién lo dirige?

La fundadora y presidenta del Partido Pueblo Soberano falsificó, caso probado, una constancia de nacimiento para poder participar en un proceso político electoral en México. Fue la diputada Cisneros Gallo quien alertó sobre ese partido cuando de manera contundente sentenció el año pasado, que jamás sería el partido del chavismo, pues allí, enfatizó la diputada, hay gente que no me gusta. ¿Por qué sería que no le gustaba esa gente y un año después sí le gusta?
¿Y cuál es el sustento y el norte ideológico de Pueblo Soberano? Tampoco lo sabemos, ni la diputada Cisneros supo explicarlo en una reciente entrevista.
Pilar Cisneros
No la conocí en la Escuela de Periodismo ni recuerdo su paso por La Nación, pero sí de sus tiempos como directora de Telenoticias. De sólidas bases académicas, su labor fue reconocida y tuvo mucha aceptación popular. Su estilo periodístico nunca me gustó. Siempre lo encontré ajeno a nuestra idiosincrasia, muy confrontativo y dado a convertirla en dueña de la verdad y quien juzgaba y condenaba. Aunque siempre fue muy cuidadosa de no comprarse pleitos que no convenían a sus intereses ni los de sus patronos. Yo nunca vi un reportaje, por ejemplo, sobre el canon de pago de emisoras de radio y de televisoras al Estado por el uso de las frecuencias radiofónicas y televisivas, destapando y denunciando las diferencias abismales con las multimillonarias ganancias, por ejemplo, de la empresa televisiva canal 7.

Le pregunto amiga, amigo lector, ¿usted lo vio?, ¿o vio algún reportaje señalando la inequidad en que caían los gobiernos al distribuir la pauta comercial de sus instituciones, mucha de la cual iba a engrosar la chequera de los Picado?, ¿abogó Pilar Cisneros alguna vez por una distribución más equitativa de la publicidad estatal para favorecer y fortalecer la libertad de prensa y de expresión?, ¿intercedió a favor de los medios regionales?
Pero evidentemente el periodismo de Pilar Cisneros, «arriándole» sin misericordia a los políticos de turno, era el que la gente quería y por eso alcanzó tanta popularidad, tanta, que le permitió poner a Rodrigo Chaves en la silla presidencial. Y esa misma estrategia, de poses, de medias verdades y de mentiras dulces, le ha funcionado desde que decidió meterse en la arena política a la que había jurado jamás ingresar. Tanto le ha funcionado la mentira que se atrevió a recomendarla a sus correligionarios cuando asumieron los puestos de gobierno.
Rodrigo Chaves
Ottón Solís y Carlos Alvarado lo repatriaron después de treinta y tantos años fuera del país. Recuerdo que a su paso por el ministerio de Hacienda hizo algunos planteamientos que me parecieron bien enrumbados. Su aparición en el ruedo político me pareció atrevida dada la condena que arrastraba de su paso por el Banco Mundial, por acoso sexual. Pensé que la población votante femenina le castigaría aquel pecado. Pero al final eso no sucedió. Y también debo reconocer que en varios momentos de los debates electorales sus posiciones me parecieron correctas. No obstante, ya en esos mismos encuentros comenzó a develarse una personalidad con serias falencias de cara a lo que se requiere para dirigir a un país con sabiduría y respeto. Pero una mayoría de votantes lo eligió presidente.

El tiempo vino a corroborar las sospechas de que aquel individuo no era el indicado para gobernar y muy pronto apareció y se consolidó ese personaje de verbo confrontativo, con un discurso esquivo en cuanto a las responsabilidades de su cargo pero rico y reiterativo en evasiones, en señalar culpables, en alimentar viejos rencores, en convertir en enemigos a quienes piensan diferente y en señalar y perseguir a quien osan decirlo; un individuo vengativo, lleno de odios y complejos, que utiliza las herramientas a su cargo para golpear a sus oponentes y hasta a la institucionalidad de la que se sirvió para llegar al poder. En fin, el país necesitaba un constructor de puentes y obtuvo un especialista en dinamitarlos.
Todos esos excesos han sido parte del proceso de vulgarización de las mal llamadas conferencias de prensa y han sido actores de primera línea en sus giras a las zonas alejadas del área metropolitana, a las mismas poblaciones que han padecido por décadas la discriminación del poder y la ausencia de oportunidades, y que son el principal botín electoral del populismo chavista. Allí, en esos escenarios, ese individuo ha sacado lo peor de su arsenal, llegando a extremos que definitivamente denigran la alta investidura de la presidencia de la República, como aquel tristemente célebre pasaje en que hizo mofa de la tragedia que se vive en Oriente Medio.
Ante toda esta realidad, la preocupación, que por ratos se torna en angustia, crece en quienes tenemos conciencia de lo que está en juego para nuestro país, para nuestro pueblo. La amenaza que se cierne sobre esta democracia que, pese a sus debilidades (urgidas de atención), nos llevó a ser ejemplo en el mundo, es absolutamente cierta. El afán del chavismo de hacerse de una mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa y de esa forma proceder a eliminar los contrapesos institucionales (obstáculos, según ellos, a sus ocurrencias y desvaríos) está ahí, ya no es un supuesto ni algo escondido entre eufemismos. Está dicho explícitamente y nadie podrá alegar confusión o engaño. La misma diputada Cisneros lo dijo: “será una dictadura” y luego lo suavizó diciendo “del pueblo”.

Pero ¡ay! Las dictaduras del pueblo nos son dolorosamente familiares. Por ellas hemos visto caer en desgracia a pueblos hermanos y hasta hemos padecido en carne propia sus efectos.
Concluyo. No es fácil abordar estos temas en un ambiente tan tenso y de posiciones tan polarizadas. La exposición a malos entendidos es total. Mucha gente que me ha querido y valorado ya no lo hará igual. Pero mi condición de profesor y periodista, de ciudadano de esta Patria de la que me siento agradecido y orgulloso, me impide optar por la comodidad del silencio y caer en una complicidad que luego se convertiría en un grave peso para lo que me resta de vida.
Si usted tuvo la amabilidad de leerme, le agradeceré que, más allá de posiciones asumidas hasta hoy en esta lucha de fuerzas políticas que se libra en el país, dedique un tiempito a la reflexión sobre lo aquí expuesto, sobre lo que usted ve y valora, y sobre lo que está en juego para el futuro de todos nosotros y de las generaciones que nos seguirán. Porque mañana, los responsables del país en que les tocará vivir a nuestros hijos y nietos, seremos usted y yo.