Viaje al fondo de la misantropía

Viaje al fondo de la misantropía

Jacques Sagot, pianista y escritor.

La primera reunión internacional de embajadores celebrada en Costa Rica fue una de esas experiencias que solo adquieren un sabor agridulce y vagamente sentimental a posteriori, en el momento de las despedidas y del intercambio ritual de tarjetas.  La verdad es que en su momento la viví con tedio indecible, con exasperación cuya intensidad no puede ser descrita con ninguna palabra de las cinco mil seiscientas lenguas registradas al día de hoy por la UNESCO.  Yo y mi reloj.  Yo y mis clandestinos escritos (poemillas, artículos) improvisados para sobrevivir al aburrimiento.  Abstraído completamente de mi realidad circundante.  Viejos que hablaban, y hablaban, y hablaban… hasta que terminaron de derretirse los relojes de Dalí.

Pero ese combate con el reloj no sería sino un anticipo de lo que me esperaba durante mi viaje de regreso a París.  “Todo el que se embarca en avión es una pena que vuela” –comienza por decir Yolanda Oreamuno en su cuento Pasajeros al norte–.  No es solo el momento del viaje.  Son los cuatro, o tres, o dos días anteriores: el crescendo de pavor, las oscuras visiones, la angustia que se nos prende del pescuezo como una alimaña… la antesala del infierno es quizás peor que el infierno.  El viaje al aeropuerto, las despedidas, la bendición de mi madre: “Vallado de ángeles alrededor de ese avión”, que refleja su fe hermosa por naïvenaïve por hermosa… todo me atraviesa el alma.  Y cuando quedo solo en el aeropuerto es, desde el fondo de la infancia, el sentimiento de abandono radical de aquel primer día de la escuela primaria.  El mundo se me presenta entonces como un medio hostil, ajeno, el reino de la amenaza y el peligro.  El internamiento por la zona Perusta (Aristóteles), esa latitud ecuatorial en la que el calor haría que la brea de los barcos se derritiese, provocando el naufragio de los exploradores.  Luego el puesto de seguridad, la espera, la fila, la terrible llamada de los altoparlantes, el ingreso al túnel que da acceso al avión… y la toma de lugar, fijo, inamovible, en la cámara de torturas.

Protocolo en los aeropuertos

Desconozco la definición técnica de palabras como “fobia” o “psicosis”.  Tampoco me interesa implementar en los aviones una clase especial para aquellos pasajeros que porten el marbete de “fóbicos” o “psicóticos”.  Solo sé que el miedo a volar me sale de las entrañas, y que poco tiene que ver con el peligro real de morir –que sé ínfimo, estadísticamente négligeable– sino con una sensación de rapto, de desarraigo violento de la tierra, de mi madre, de todo cuanto en el mundo amo.  Todo viaje aéreo representa una ruptura de continuidad en el tiempo y el espacio.  La velocidad, la altura, el hecho de estar en San José a una hora determinada y estar en París doce horas más tarde… todo es antinatural, y como tal le temo.  ¿Me secuestran a la realidad en San José a las cinco de la tarde, reemerjo a la vida al día siguiente, en otro hemisferio, bajo otro cielo, un océano, nueve mil trescientos cuarenta kilómetros y veinticinco grados de temperatura de por medio?  ¡Una dislocación brutal de nuestro sentido de correspondencia espacio – tiempo!  Me gusta la tierra, la buena y acogedora tierra, gozar de su fuerza de atracción, de ese abrazo que nunca nos libera al vacío, y que tanto se asemeja al amor.

La soledad comienza en el momento en que tomo asiento.  Me entrego sin condiciones al niño que me habita.  Y ese niño no sabe hacer otra cosa que llorar ante el peligro.  Buscar un regazo que esta vez no encontrará, un calor que extrañará desde el fondo de su ser.

Y comienzo a comerme el tiempo.  Solo con mis pensamientos.  El vuelo durará once horas con veinte minutos, anuncia una voz de dudosa credibilidad.  Siempre es lo mismo: el avión da vueltas y vueltas buscando el agujero entre las nubes por el cual aterrizar, y el suplicio termina prolongándose más de lo previsto.  Ya llevamos tres horas suspendidos a cuarenta mil pies de altura.  Viajo en la clase eufemísticamente llamada “económica”.  Una cabeza más en el innoble batiburrillo humano, encanallado, cardumen en la panza de la ballena.

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Solo con mis pensamientos.  Apenas probé la cena que la gentil aeromoza me ofreció.  Daría cualquier cosa por bajarme dos whiskys en las rocas, dobles de ser posible, pero la farmacopea que llevo dentro me impide la ingesta de alcohol.  Aunque, ¿si lo hiciera?  Dos, solo dos tragos; o tal vez tres, cuatro, hasta cinco quizás.  Me gusta el alcohol.  Me gusta la embriaguez.  Me gusta todo lo que, así no fuese más que momentáneamente, me arranque a mi propio infierno.  El más terrible de todos.  El que llevo por dentro.  La angustia de volar.  La falibilidad de la máquina, la falibilidad del piloto, la falibilidad de las predicciones atmosféricas.  Terror inexpresable.

Llevo conmigo un reloj digital.  Lo escondo en el asiento de enfrente y lo consulto metódicamente.  A veces juego a figurarme cuánto tiempo ha transcurrido desde mi última inspección.  Especulo, conjeturo, intento “sentir” el tiempo subjetivo (la durée de Bergson), y luego veo si mi intuición corresponde a la realidad.  Lo hago una, dos, cien veces.  Por momentos tomo el reloj y sigo maniáticamente el discurrir del segundero.  Cada minuto que pasa es un pequeño triunfo, cada hora una victoria épica.

Estoy crispado.  No puedo leer.  Inútil escuchar música.  Ver las porquerías de películas que pasan en los monitores me resulta impensable.  Es de noche.  Profunda, profunda noche.  Afuera solo se ve el regular parpadeo de la lucecilla del ala y no sé qué siniestro fulgor, revelándome, a intervalos infinitesimales, la forma de la estructura.  Entonces me abandono a la obsesión (una mera variante de la primera, supongo) consistente en contar, en el límite de la hipnosis, las sucesivas intermitencias.  Llego a cien, ocasionalmente a mil, la cara adherida al ventanuco.

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Solo con mis pensamientos.  El asiento contiguo al mío está desocupado.  Fingí una seria lesión lumbar que reclamaba para mi cuerpo más espacio del que un solo lugar permitía.  El jefe de la tripulación se tragó mi melodrama.  Me siento así menos constreñido, y el gran terror de mi vida –la claustrofobia– se ve atenuado.  Sigo contando los clignotements.  No puedo mirar hacia fuera sin hacerlo.  Es una compulsión más fuerte que mi voluntad.  La posibilidad de cerrar la ventana no existe para mí.  Toda forma de hermetismo me asfixia.  Mi sentimiento de reclusión se haría intolerable y sería entonces capaz de cualquier cosa.  Lucho contra mí mismo.  Sí, eso es: contra mí mismo.  Esas luchas que están perdidas desde siempre y para siempre.

Contar segundos, contar segundos.  Soy el único pasajero que lleva la luz individual encendida.  Miro a mi alrededor.  Las gentes duermen como cerdos, como cerdos, sí.  ¿Ha alguno de ustedes visto alguna vez a un cerdo dormir?  El hocico entreabierto, babeante, los cuerpos derrengados, los brazos colgando a los lados de los asientos, las píernas obscenamente desparramadas.

Solo con mis pensamientos.  Solo con mis parpadeos.  Solo con mi segundero.  Vivo el tiempo, lo siento, lo experimento como si de una densidad física se tratase.  Un niño llora, y otro, por allá, le hace contrapunto.  Deberían asfixiarlos.  Algún día los aviones estarán equipados con escotillas especiales por las cuales podrán lanzarse al vacío –sin pérdida de presión de la cabina– estas criaturas.  Tan pronto comienza a chillar, un miembro de la tripulación llevaría al monstruenco al compartimento especial, lo depositaría dentro de un tubo aislado del resto de la nave, y al activar, con un simple botón, el dispositivo, el mocoso sería expelido.  El mar estaría sembrado de cuerpecillos desperdigados, “des flotaisons blèmes” (Rimbaud).

Tienes miedo a los aviones o miedo a volar? | Blog NLARENAS.COM

Hay un miserable barrigón que recorre una y otra vez el pasillo con aire perfectamente desaprensivo.  Lo execro.  A ese también deberían estrangularlo.  Algunos viajeros ya roncan, otros se han quitado los zapatos y, cela va sans dire, apestan.  El ser humano, admitámoslo, hiede.  Un avión es, esencialmente, un zoológico aéreo.  ¿Un zoológico?  Digo mal.  Por lo menos en estos lugares los animales están separados por sus celdas y bien delimitados compartimientos.  Un avión, en cambio… promiscuidad de la más inmunda que sea dable imaginar.

Por momentos se aplacan, mis obsesiones.  Cuando observo en derredor y escribo.  No puedo concebir que los demás pasajeros estén durmiendo.  ¿Cómo pueden no darse cuenta de que bajo sus pies se abre un abismo de doce mil metros de altura, y bajo ese, otro líquido abismo de unos cuatro kilómetros de profundidad?  Abismos en todas direcciones: hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados…  ¿Cómo puede alguien dormir así?  Es menester no tener ninguna imaginación, ninguna sensibilidad poética, ningún vislumbre de pavor para dormir como lo hacen estos homínidos.

Los segundos, los segundos… el tiempo vuelve a ahogarme.  Voy encerrado en mi propia burbuja de terror.  Un whisky doble.  Tal vez uno solo no me caería tan mal.  Faltan siete horas de vuelo.  Cada vez que el avión se sacude, la adrenalina me inunda.  No hablo de fuertes sacudidas, sino aun del más insignificante estremecimiento. Tiemblo.  Apenas puedo escribir.  Cuando miro hacia fuera, solo recostando la cabeza contra el cristal logro reprimir el temblor.  De lo contrario es ese ligero movimiento lateral que advertimos frecuentemente en las personas con mal de Parkinson, sacudiéndome desde la base de la nuca.

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Huele mal aquí.  Me doy cuenta de que he liberado algunos orines.  Sin advertirlo.  Me palpo.  En efecto, estoy ligeramente húmedo.  Garganta abajo va ya la segunda Rivotril y la primera Atarax.  Fútil medida.  Nada logrará hacerme dormir.  Tal vez el whisky, tal vez, tal vez.  Pero la mezcla podría ser perjudicial, tal vez, tal vez.  Y podría incluso morirme, tal vez, tal vez.  Y tendrían que repatriar mi cuerpo en una caja congelada y llena de sal, tal vez, tal vez.  Si alguien muere dentro de un avión –conozco casos– la legislación internacional estipula que el cadáver debe ser aislado del resto de los pasajeros, cubierto con una manta, atado a su asiento, y depositado en tierra lo antes posible, tal vez, tal vez.  Es una distress call que todo aeropuerto debe atender. El piloto deberá modificar cualquiera que sea su itinerario, a fin de minimizar el tiempo en que el cadáver –cuyas emanaciones pronto comenzarán a viciar el oxígeno– “conviva” con los demás viajeros.  Todo eso lo he averiguado hasta en sus menores detalles procedimentales.  Sé de lo que hablo.  Con tres mil millones de personas que vuelan al año, las muertes no son un evento infrecuente.  Solo un médico con licencia puede dictaminar formalmente la muerte de un pasajero, así que si no hay un galeno a bordo, el individuo seguirá oficialmente vivo hasta que en tierra lo declaren occiso.  Curioso, macabro protocolo.

Por eso debo seguir escribiendo.  Obligarme a hacerlo.  Ser la única criatura vigilante en este universo de inconciencia.  Por más que los odio, debo velar por ellos.  Debo, debo.  Ahí va la segunda Rivotril.  Desprendo la pastilla de su lámina plástica con fanática meticulosidad.  El corte debe ser perfecto.  Hay una estética de la farmacia que nadie –salvo los niños cuando juegan a boticarios– suele observar.

Solo.  No puedo escapar de mí, como no puedo escapar de este avión que me aprisiona y me propele, entre sus fierros y su monocorde rugido.  Una pequeña sacudida… empuño con más fuerza el lapicero y me apresuro a escribir.  Mi letra manuscrita se torna casi ilegible.  Durante los tramos de turbulencia trato de moverme, a fin de menos experimentar las sacudidas de la nave.  El cinturón de seguridad me aprieta la vejiga y se incrusta ya en mi cuerpo, tal un cilicio monacal.  Me siento febril.  El pulso alterado.  Entrecortada la respiración.  De pronto me descubro rezando… ¡yo, el más cínico de los apóstatas!  Así es el ser humano: un poquillo de miedo, y el más furibundo ateo cree reencontrar a su dios.

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Un gañán cualquiera se suena la nariz: cadenza de virtuosismo; otro australopiteco eructa: solo a capella; por allá el chiquillo vuelve a llorar: cien pícolos en tremolina.  Todo a mi alrededor es agrio y ríspido.  El whisky.  Los parpadeos de la infernal lucecilla: uno, dos, tres, cuatro, cinco…  Debo ponerle fin a esta locura.  Y de pronto caigo en cuenta de que este maldito avión y su maldita parafernalia es la maldita alegoría de mi maldita vida.  Siempre atrapado.  En una jaula con barrotes de máxima seguridad.  Prisionero y carcelero al mismo tiempo.  Ambos prendidos al mismo grillete.  No puedo contra mí, no puedo.  Por eso debo castigar al mundo.  Por la insolente facilidad con que sus habitantes descerrajan sus calabozos cuando les place.  Ya sé, ya sé: hay algunos que, como yo, tampoco pueden hacerlo.  Y un buen día mastican una ampolla de cianuro.  Es una opción sin duda digna de considerarse.  Lo otro es morirse de rejas.  Ya veremos, ya veremos.

Por lo pronto, mi realidad.  Y mi realidad es que experimento una desesperada nostalgia de la luz.  Volamos hacia el este, así que puedo contar con una noche relativamente corta.  Esto me alivia.  Escruto el horizonte con mirada de náufrago, tratando de beber el primer sorbito de sol, pero mi espera parece eternizarse.  Haría las veces de vigía, y gritaría: “¡Luz!”, tan pronto el más tenue claror se insinuara en el horizonte.  Vol de nuit, de Saint-Exupéry, dejó cicatrices muy hondas en mi ser.  Era un niño cuando lo leí.  Hay libros que no se exorcizan nunca.  Fabien, perdido en la noche constelada, viendo sin esperanza cómo el tanque de su avión se va vaciando, mientras en la tibia seguridad del hangar lo espera su esposa.  Y se siente rico como ningún hombre lo había jamás sido, rodeado de la inconmensurable pedrería de sus estrellas, pero condenado a muerte.  Es una reflexión que me marcó.  Nunca debí haber leído ese texto.

Descubro que he perdido el relojito y entro en pánico.  En cuestión de segundos mi camisa se ensopa de un sudor frío, malsano.  Busco por todas partes, a punto estoy de volcar el vaso de Coca-Cola que, a falta de whisky, estoy tomando… y por fin lo encuentro.  Mi alivio es indecible.  No sé, no sé, por mis manos de pianista que no puedo explicar por qué me aferro a este objeto banal si alguna vez lo hubo.  Es como si con él me hiciese poseedor y administrador del tiempo.  Sí, sí: eso ha de ser: el número, el algoritmo matemático, le da forma y estructura a una vivencia del tiempo y el espacio que, dislocada por la velocidad del desplazamiento, se hace caótica, irracional, inmensurable.

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Un homínido cerca de mí masca chicle.  Cada chirrido de la inmunda goma horada mis tímpanos.  Es un sonido huloso, salival, rítmico, pegajoso.  ¡Por qué no se atragantará y se ahogará con su repulsivo chicle!  Que se atragante, sí, para poder ver sus espásticas convulsiones, tomar nota de ellas y matar con ello una hora más de vuelo.

Dos Rivotril, dos Atarax, y ahora viene lo mejor: la Geodón, que hará de mí un imbécil por las próximas seis u ocho horas de mi vida.  Cada vez tiemblo más.  Mi trepidación es ahora indisimulable.  Cabeza y manos.  Estoy envenenado a punta de medicamentos.  Las aeromozas me vigilan de cerca.  Entonces les sonrío y me doy a escribir más rápidamente.  Según yo eso ocultará mi perturbación.  “Señor: ¿no quiere bajar el respaldo para que se acomode más confortablemente?”  “No, gracias”.  “¿Quiere que le apague la luz?”  “No, muy amable”.  “¿Los audífonos?”  “No, estoy bien así”.  “¿Algo de beber, algo de leer?”  Debo convocar toda mi fuerza de voluntad para no pedir el whisky.  “No, gracias, así estoy bien, lo que es más, nunca en mi vida me había sentido mejor”.

Solo.  Siempre, siempre solo.  Solo con mi clepsidra, solo con mi segundero, solo con mis relojes de arena.  Asistiendo a mi propia muerte.  Viendo cómo me vacío de mi sustancia vital en una hemorragia eterna e incoercible.  Pienso en mi amigo Yves.  Si llego vivo a mi destino leerá esto, y juzgará quizás que soy un lunático.  ¡Pero qué digo, si eso lo sabe él desde el día en que me conoció!  Por lo pronto eso no importa: voy sosteniendo el avión con mi mente, y es imperativo que no me desconcentre.

La nave se ha llenado toda ella de un espernible tufo humano.  Nadie puede viajar durante diez horas sentado sin que la próstata se dilate, se irriten las hemorroides, se intensifique la halitosis, se entumezcan las articulaciones, el excremento haga reventar los intestinos, el organismo se deshidrate, y la vejiga se llene de esa forma específica de orina que duele, arde y apremia.

Me pongo de pie y avanzo como puedo hacia el compartimiento de las aeromozas.  Todas son atrozmente feas.  Tal vez las de primera clase –que no se dignan visitar estos barrios– lo sean menos.  No lo sé.  Pero estas son feas, y algo sé al respecto.  Pido vaso tras vaso de gaseosas.  Mi vientre está dolorosamente distendido.  Solo sé que debo beber.  Compulsivamente, como todo cuanto he hecho en mi vida.  En los inodoros la fetidez se ha incrementado y ahora sale de su recinto, circula, serpentea a través de los pasillos como una taimada, pestífera neblina.

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Hay gente que hace amigos en los aviones.  Eso es, por lo menos, lo que he oído decir.  Intercambian tarjetitas con sus correos electrónicos y demás coordenadas.  Vínculos significativos, relaciones de trabajo, aun romances han supuestamente brotado de estos aleatorios encuentros.  No alcanzo a entenderlo.  Yo, en mi asiento, instalo un perímetro de territorialidad feroz e infranqueable.  Fuera de lo que estipulan las más elementales reglas de la urbanidad, tengo por política no hablar con extraños.

Solo.  El segundero.  Ya no habrá whisky para mí.  Acabo de ingerir una Zanax y no consigo relajarme.  Es como si llevara un incendio en la cabeza.  Ahora sí estoy seguro: el alcohol no tardaría en matarme.

Viajamos contra la noche, y esta se encoge como una sierpe para dar paso al día.  Atisbo sin cesar por la ventanilla, y no vislumbro aún ni un hilito de luz.  Mi nostalgia de ella se me hace intolerable.  ¡Viajar contra la noche!  Pero, ¿es que acaso he hecho otra cosa en mi vida?  Abajo, el océano.  Tal vez volamos sobre una tempestad cuya magnitud ni siquiera sospechamos.  El agua debe estar negra, y dura, y fría.  “Yo soy un corazón tierno, que odia la nada, vasta y negra” : es Baudelaire, y es también uno de los versos de mi vida.

¿Llegaré algún día a amar –o siquiera a hacer las paces– con esta enorme valquiria de hojalata sobre cuyos lomos, dada mi profesión nomádica, habré tan frecuentemente de cabalgar?  No puedo, no puedo.  Estoy literalmente inmerso en un mundo de horripilancia.  No nos engañemos.  Nada aquí ha sido hecho para halagar los sentidos.  Los aviones, con sus alas rígidas y su metálica estructura son armatostes inherentemente feos.  La única poesía posible es la del terror.

Regreso al compartimiento de las aeromozas.  Estoy de pie un rato; estiro las piernas a fin de evitar la trombosis; mato el tiempo que a su vez me mata.  El segundero.  El parpadeo en la ventana.  Ahí me quedo bebiendo una Sprite y yendo a orinar cada diez minutos.  Es como si con cada evacuación quisiese purgarme del miedo.  Una de las aeromozas intenta amablemente conversar conmigo.  Yo me aferro instintivamente a mi bebida.  No quiero hablar.  No puedo hablar.  Nunca fui bueno para la small talk.  Y además ahí está el abismo.  Le debo respeto.  No desoír el clamor del furibundo Neptuno.  Agazapado ha de estar, agazapado, sí…

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Sin embargo, ¡qué curioso!, cuando las aeromozas cierran la cortinita de su compartimiento y se retiran momentáneamente, me siento abandonado.  Desertado.  Traicionado casi.  No puedo entender mi corazón.  Es un déspota: he ahí todo cuanto sé.  Abandonado, sí, pues ¿no deberían todas ellas estar ahí a mi lado para protegerme?  ¿No deberían correr a tranquilizarme con cada amago de turbulencia, a asegurarme que tal cosa “es perfectamente normal y que ya pronto pasará”?   ¿No son ellas las sibilas de un templo donde la vigilia debe siempre imperar?  Son feas, sí, pero las necesito.  Necesito su presencia, si no su palabra o su belleza.  Las necesito a mi lado.  Y cuando cierran la maldita cortinilla me siento más solo y desvalido que nunca.

He dejado mi reloj en paz y me he concentrado durante la última media hora en observar el parpadeo de la lucecita y el misterioso fulgor que le hace de contrapunto, iluminando el ala desde abajo.  Una es coqueta.  Un clignotement d´oeil.  El otro es enceguecedor e infernal.  Una brasa.  Advierto que ambas luces avanzan a tempos diferentes.  Se acercan la una a la otra, coinciden, y luego vuelven a desfasarse.  Comienzo a medir con mi reloj la ratio exacta con que el fenómeno se produce.   Logro establecer un ritmo, una periodicidad y sincronía precisas, y me enorgullezco puerilmente de mi descubrimiento.

Sigue el avión devorando a la noche… ¡que lo haga, que lo haga!  ¡Que se la trague entera como una boa constrictora!  ¡Quiero luz, luz!  Siento que la luz me sostendría, ella, ella, sí.  La he buscado por todos los caminos del Ser, no será una maldita ventana la que vaya a quitármela.  Y escruto, escruto el firmamento con los ojos dilatados de un lémur, de alguna de esas criaturas noctívagas para las que las tinieblas no existen.

¡Por fin!  Algunas estrellas.  Para mí solo, que durante horas las he invocado, mientras el resto de los cerdos duermen.  El gran regalo que le fue concedido a Fabien antes de morir.  Vienen a mi rescate, cuajadas de lumbre y de amor.  Ya se decanta la forma del ala contra el aura naciente.  La noche se hace menos densa cada minuto.  ¡Y ahora, las infinitas gradaciones del nuevo sol!  Todos los colores del mundo.  La tierra que se hace más chiquita, y con ella mi zozobra.

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Pero no hay victorias totales.  Me dirijo una vez más al inodoro posterior –que está, antes bien, extremadamente odoro–.  Mi vejiga no ha hecho otra cosa que atormentarme.  Pongo el pestillo y cumplo con el mandato de mi fisiología.  Hasta ahí todo bien.  De pronto tomo conciencia de mi confinamiento.  Estoy lapidado.  Lapidado en vida.  Encerrado en un cubículo no mayor que una cabina telefónica, y sin abertura alguna hacia el exterior.  Veo la palanquita que acciona el pestillo.  No ignoro su funcionamiento.  Y sin embargo no puedo, no puedo abrirlo.  Algo en mí me impide hacerlo.  El demonio del auto-tormento.  ¡Es imperativo darme a entender!  ¿Oyen ustedes lo que les digo?  ¡Ahí está, el maldito pestillo, pero mi mano, mi mano simplemente no puede accionarlo!  Es algo más fuerte que mi voluntad.  Una súbita parálisis.  Ser enterrado en vida.  El frío comienza esta vez por los pies y va subiendo, va subiendo hasta helar el corazón.  Quisiera pedir auxilio… por poco gritaría, o comenzaría a patear la puerta.  Me ahogo.  Necesito salir.  Mi ofuscamiento me conduce a una especie de momentánea ceguera.  La escapatoria está ahí, ahí no más, y sin embargo, por el alma de mi hermano, no puedo, no puedo salir.  Invoco mentalmente la ayuda de alguien, alguien que también necesite el inodoro y venga a tocar a mi puerta, o quizás de una aeromoza que intuya mi agonía y me libere de ella.  Menos que probable recibir ayuda del exterior.  Debo hacerlo yo solo.  Yo solo.  Soy un esclavo de mi terror.  Nadie en el avión sospecha mi tormento.  De saberlo, ¡cuántos vendrían a mi rescate!  Esta sola idea me llena de desesperación.  La mano, la mano, tengo que levantarla hasta el pestillo.  Con el brazo derecho –el más débil– intento alzar el brazo izquierdo.  La mano va subiendo sobre la pared, pasito a pasito, con movimiento de araña.  Cada dedo ayuda al otro a subir.  Poquito a poco, sí, poquito a poco.  Algún día llegará, algún día llegará al pestillo.  No forzar la mano, que podría entonces desplomarse.  Mi concentración es infinita.  Lucho contra mí mismo.  Es como si mi endeble brazo derecho (¿y por qué lo elijo siempre de apoyo?) estuviese levantando un cuerpo inerte.  Por fin mi mano izquierda se cuelga del pestillo.  Contra mí, contra mi mente, contra mi cuerpo, contra todo el incalculable arsenal de auto-sabotaje que mi ser es capaz de movilizar.  Ahí permanece mi mano, apoyada sobre el pestillo.  Ahora es cuestión de vencer la leve resistencia del dispositivo hacia la izquierda.  Va a costar un poco, ya lo sé.  Una vez más, mi brazo derecho corre al auxilio de su hermano… empuja, empuja un poquito más.  Lucho como si estuviese descerrajando una aldaba de hierro.  Ya casi lo logro.  No puedo explicarlo, es como si una parte de mi cerebro se negase a cumplir las órdenes que le gira la otra parte.  Como si llevase una perversa sombra oculta en las concavidades de mi mente.  Enterrado vivo.  Un poquito más, tan solo un poquito… ¡y heme por fin afuera!

Salgo lívido, bañado en sudor, y una de las aeromozas, advirtiendo algo extraño en mi semblante, me ofrece un vaso de agua.  Me lo bebo de un sorbo como una bestia sedienta, ignorando todo asomo de buenas maneras.  Por las comisuras de mis labios se derrama el líquido que apuro con desesperación.

Regreso a mi asiento, extenuado.  Un cretino detrás de mí se entretiene resolviendo crucigramas.  ¿Cómo se puede ser tan imbécil?  ¡El peligro no ha pasado, no ha pasado: nos faltan dos horas de vuelo y el peligro no ha pasado!  Uno que otro bandazo del avión viene a recordárnoslo.  ¡Y, además, resolver crucigramas ante la soberbia apoteosis del sol, enseñoreado ya de todo el firmamento!  Los crucigramas son pasatiempos ideados para seres incapaces de introspección, de vida interna, de contemplación.  Mentes menos que ociosas: lobotomizadas.

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Volar es y será siempre una experiencia épica.  Para mí nada ha cambiado desde los tiempos de Lindbergh, Mermoz o Saint-Exupéry.  Lo vivo como una inminencia de muerte.  Ser arrancado de cuajo a la tierra, lanzado a novecientos kilómetros por hora en una plataforma volante, sufrir once horas de enclaustramiento, respirar los humores de doscientas cincuenta personas…  No me avergüenza mi pusilanimidad, porque en realidad no es tal.  El resto del mundo parece valiente, pero lo que sucede es que es demasiado imbécil para darse cuenta de la dimensión épica de la vida.  No ignoro tampoco a qué punto mi angustia, cuando es vista “desde afuera”, puede parecer ridícula.  Pero nada en el mundo que nos haga sufrir es ridículo.  Por principio, el dolor nunca es risible.

Camino por el pasillo.  A diestra y siniestra cuerpos informes, tirados cual masas inertes.  Amoncellés, tal uno de esos cuadros de Delacroix donde se ven los campos de batalla cubiertos de bultos yacentes y mutilados.  No sé por qué los repudio.

El avión ha comenzado el descenso.  Una aeromoza me pide cerrar la ventanilla para que los primeros rayos de la mañana no despierten a los durmientes.  Me niego a hacerlo y no oculto la razón: “Lo siento, señora, pero padezco de claustrofobia”.  Veo hacia fuera: cada vez que el avión se interna en las nubes se estremece como un potro cerrero.  “Son solo nubes, Jacques, son solo nubes” –me repito una y cien veces–.  Solo nubes, sí.  Aleatorias configuraciones de vapor que me desestabilizan, que amenazan con asesinarme.  Densas, sucias, grumosas.  La gente cree que las nubes son algodón atmosférico, inocuas y vagarosas configuraciones como las que evoca Debussy en “Nuages”.  ¡Pero un cumulonimbo tiene la forma de un hongo nuclear, y es una siniestra espiral de vientos de convección fortísimos e impredecibles, corrientes ascendentes y descendentes, granizo, nieve, relámpagos, lluvia, tormentas… la ira desatada de Eolo!

Viaje sin escalas: destinos con vuelos directos desde París

Me he privado a mí mismo así no fuese más que de un minuto de sueño.  No se experimenta cansancio durante los paroxismos de terror.  Pero ahora, cuando mi valquiria se prepara para devolverme a la tierra, una fatiga grande como el mundo se me viene encima.  Pronto estaré en París.  Pronto estaré en casa.  Una vez más, he logrado postergar mi muerte.

 

 

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