Federico Paredes, analista agroambiental.

Con una habilidad increíble, perfectamente grabados los planos de construcción en su ADN, las oropéndolas, son esas aves de sonido muy identificable, que logran levantar sus casas (nidos), en forma de gran gota, colgando de las ramas de un árbol.
El nombre oropéndola es interesante, por cuanto una parte de su cuerpo de plumaje amarillo nos recuerda el oro, y por la forma en que cuelgan sus nidos, a un péndulo.
Digamos que es mera casualidad, pero no podemos ignorar la relación directa de este nombre, con las características de su forma de vida.

Detrás de casa, a un árbol como de unos 15 metros de altura, regularmente llega una oropéndola todas las mañanas, desde las 6:00 am y ahí permanece emitiendo su sonido característico, hasta que una hora después, levanta vuelo, para regresar hacia medio día. Su hogar está ubicado en otro sector y no necesariamente en este árbol.
Uno podría preguntarse ¿Qué necesidad tienen estas aves de construir nidos de esa manera? ¿Hay una ventaja competitiva? ¿Amedrentan así a posibles depredadores? Ellas no definieron esa habilidad de ser como arquitectos que buscan las fibras o la paja ideal para darle forma a sus nidos; nacieron con esa función en su chip genético.
Tanto el alto como la forma y el espacio interior de estos nidos están predeterminados de manera que, si usted ha tenido la oportunidad de ver un nido de ellas, los ha visto todos; son como especie de fotocopias. Son nidos de 1 a 1.5 metros de extensos.

Al ser aves tropicales, probablemente la gran ventaja de elaborar estos nidos colgantes es que les permite tener una perfecta ventilación natural, tanto para los huevos que guardan celosamente dentro de ellos, como para estar los adultos, confortables, en su interior.
Un depredador natural de las aves y especialmente de sus huevos, son las serpientes. Cuando una culebra llega por la rama para intentar robarse uno o varios huevos, la misma estructura del nido, le ofrece una gran resistencia para acceder a ese manjar y la induce a desistir de su intento; esto no quiere decir que del todo no robe esos huevos, pero el ave se la puso muy difícil a ese depredador.
Los ornitólogos han clasificado este pájaro como Psarocolius montezuma, lo que nosotros en español hemos denominado simplemente, oropéndola. Los angloparlantes a su vez la llaman Moctezuma oropendola.

Esta especie de ave construye sus nidos en colonias de más de una docena de individuos, en árboles altos, como los álamos, los robles, y los ceibos que están ubicados entre áreas abiertas y partes de bosque.
Son de hábitos alimentarios omnívoros, desde frutas y cogollos, hasta pequeños invertebrados, y néctar de algunas flores.

La oropéndola tiene un rango de distribución que va desde México hasta el Istmo de Panamá, de forma que no existe ni en Norte ni en Sudamérica. Se les encuentra en los pisos altitudinales que van desde el nivel del mar hasta los 1500 msnm, en las tierras de piedemonte, es decir, en la base de montañas y cordilleras. No son muy frecuentes en las tierras secas de Guanacaste.
Una de sus interesantes características es la forma de su canto. Obviamente tratar de describir el canto de un pájaro es algo verdaderamente difícil, pero en el caso de nuestra ave de marras, la oropéndola hace un buen esfuerzo, parada en una rama, para emitir lo que podría ser un canto de territorialidad.
Estos sonidos incluyen una entonación que suena como “chuck” o “cluck”, en melodías bajas, guturales que suenan como salidas nasales, generalmente emitidas por los machos. Para lograr esto, tienen una especie de movimiento impulsador que va desde atrás hacia adelante, pero con una gran inclinación que mueve todo su cuerpo en semi círculo hacia abajo. Uno se admira ,¡cómo no pierden el equilibrio y caen!
Son unas maravillosas aves que, sin estar en peligro de extinción, deben llamar nuestra atención, no solo por lo habilidosas que son para construir sus nidos y emitir sus llamativos cantos, sino por el respeto que nos merecen las aves en general.