Jacques Sagot, Revista Visión CR.
El legado de un gran presidente, de un eminente líder, puede asumir dos formas: la tangible, la material, la infraestructural, y luego la espiritual (y bajo este rubro incluyo su huella intelectual, moral, humana, ideológica, todo eso que Marx llamaba “superestructura” y que nuestra Yolanda Oreamuno describía –usando un bello neologismo– como “mundo pensamental”).

La huella del mandatario culto, ilustrado, lúcido, visionario, puede ser rastreada en estos dos ámbitos: el progreso físico y el progreso espiritual de una sociedad. Foucault decía que el intelectual representaba una instancia de máxima lucidez en cada momento histórico dado. Es el vigía, el que va en el más alto de los mástiles, el que goza de la más dilatada perspectiva sobre el paisaje que muda sin cesar, e interroga el horizonte, presto a advertir los peligros o los ansiados litorales que la tripulación persigue.
Oscar Arias representa todo esto y muchas cosas más. Lo he admirado toda mi vida, y persisto en considerarlo el costarricense más universal, más ecuménico, más representativo que nuestro país ha producido. ¿Representativo de qué? De los valores, de la ética, de los sentires colectivos, de la mitología (sea esta palabra usada en su mejor acepción) que tipifican a Costa Rica.
Me comentó recientemente mi entrañable amigo Luigi Sansonetti que algunas criaturas liliputienses le habían quitado el Palacio de los Deportes de Heredia el nombre “Oscar Arias”. ¡Ah, cuán fútil, infantil, mezquina e inofensiva agresión! ¡No más que una vulgar rabieta! Oscar no necesita placas, monumentos, parques o avenidas que lleven su nombre. Ahí donde su nombre está grabado de manera indeleble (la identidad, la historia, el “mundo pensamental” de los costarricenses), no morderán jamás los envidiosos, los enemigos, los adversarios de mucha o poca monta. Es la esfera del espíritu, de los sentimientos y las emociones. Es una dimensión de la existencia que no está al alcance de los odiadores profesionales de este mundo.

Esos odiadores que han proliferado metastásicamente y han envenenado el espíritu de nuestro pueblo, merced a al ejemplo e inspiración del actual inquilino de Zapote y los corifeos que danzan en torno a él, obsecuentes, oficiosos, los “yes sir”, los succionadores a tiempo completo de medias, los esbirrillos que entonan todos los días sus loores. ¡Qué triste, indigno, humillante oficio! Conozco a algunos de ellos: son personas inherentemente valiosas, estaban para mucho más: me duele verlos representar ese grotesco sainete con perruna y faldera lealtad.
Oscar le ha legado al país una inmensa obra pública, cuestión de carreteras, puentes, concesiones para nuestro crecimiento infraestructural. Pero si he de ser honesto, no es esto lo que –creo yo– constituye la especificidad de su invaluable dación a Costa Rica. El legado de Oscar es más bien de orden espiritual. Todos sabemos de su divina obsesión por la paz.

Pero sucede que la paz no es una idea sola, insular, nuclear, irreductible. Antes bien, la paz es una constelación de valores, una urdimbre, un tejido sistémico de nociones inextricablemente vinculadas. Quien dice “paz”, connota al mismo tiempo las siguientes virtudes: tolerancia, empatía, misericordia, serenidad, paciencia, capacidad dialógica, facultad de negociación, auto-control, erradicación de todo prejuicio, buena fe, compasión, caridad, y, por supuesto, amor. El amor es el músculo de la paz, así como la paz es el único hábitat en que el amor puede florecer. Quien invierte en la paz invierte en amor, y viceversa.
Oscar le ha exportado al mundo ese milagro que es la Pax Costaricana. Se ha abrasado, incendiado en esa poderosísima idea (que es más que una idea: una vivencia, un sentimiento, una virtud, una manera de concebir la convivencia). Su concepción de la paz está movida por el amor. Solo desde el amor podemos librar la perentoria batalla de la paz (¡valga la antinomia!). Oscar es, en el más profundo sentido de la palabra, un hombre de fe. Su vida entera es un acto de fe. Fe en la criatura humana, fe en el futuro de la humanidad, fe en la viabilidad de la paz universal. Las obras públicas, la infraestructura suele ser demolida, modificada, mejorada con el tiempo. Pero la paz es un valor eterno y universal: no cambia, es un absoluto: ¡uno de los poquísimos que nos van quedando! De vez en cuando sucede que la obra física se vea penetrada por el espíritu: en esos casos, es mucho más que obra física.

El Teatro Nacional, por ejemplo, es por una parte un mero ensamblaje de viejas piedras de color ocre. Pero, si me permiten parafrasear a Francisco de Quevedo, son “piedras enamoradas”, piedras en las que habita un deus absconditus, materia animada por el espíritu. Otro tanto diría de las más bellas iglesias, los parques, los museos, las plazas (y Oscar nos legó un variopinto surtido de obras de esta categoría).
Razón tiene Luigi Sansonetti: los pigmeos morales pueden quemar hasta sus cimientos, si así les place, el Palacio de los Deportes (el fuego siempre ha ido de la mano de las chusmas iracundas, de las oclocracias –el poder en manos de la turbamulta ciega, furibunda–). Pero ¿cómo quemar el Plan de Paz de Centroamérica?, ¿Cómo quemar el Tratado sobre el Comercio de Armas? Más aún: ¿cómo quemar la paz, cómo quemar el amor, cómo quemar la caridad, cómo quemar la solidaridad, cómo quemar las ideas? No fue al embate de las ballestas hebreas que cayeron los muros de Jericó, sino gracias al fragor de sus trompetas. Sí, amigos: tal es el insospechado poder que tiene el mundo del espíritu sobre la materia.

Oscar Arias es una figura axial de la historia del siglo XX. Por favor, costarricenses, por una vez en nuestras vidas no sucumbamos a la mezquindad. Tratemos de ponernos por encima de ella. Sé que es difícil: la he experimentado muchas veces en mi vida, pero debo decir, en mi descargo, que rara vez he actuado de conformidad con este súcubo, dejado que dicte mis líneas de acción.
Oscar Arias es uno de los títulos de gloria de mi pequeña vida de artista y escritor. Poderme decir su amigo es cosa que me llena de satisfacción, de orgullo, de felicidad. Felicidad: sí. Dejémosla que brille en su pura desnudez, sin adjetivos, sin el atuendo fastuoso de las perífrasis y los calificativos. Es una felicidad ser tu amigo, Oscar: espero que la vida me dé aún muchas oportunidades de demostrarte el inmenso cariño y la admiración profunda que te tengo.