- En América Latina y el mundo, millones de niños menores de 5 años viven en abandono.
- Miles de padres y madres, ente otras razones, debido a la necesidad de ganar dinero, los depositan desde antes de cumplir un año de vida, en guarderías en las que innumerables infantes no se desarrollan en condiciones adecuadas o seguras
- En Costa Rica, numerosos progenitores soslayan sus responsabilidades parentales pese a que éstas están claramente establecidas en el Código de la Niñez y adolescencia
- Las sociedades modernas difunden políticas sociales que incitan a la acumulación material, mientras que el valor de la familia como base sólida del desarrollo humano, se ha dejado de lado
Adriana Núñez, periodista Visión CR
Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: “De cierto os digo, que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño tal como éste, a mí me recibe. Y cualquiera que me haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiese en lo profundo del mar.”
(Palabras de Jesús citadas en el Evangelio de San Mateo 18:2-6 RV)
Mientras psicólogos y profesionales de la salud, siguen insistiendo en la importancia que tiene para el resto de la existencia, la forma en que transcurre la primera infancia -es decir desde el nacimiento hasta los 8 años- en los países “civilizados” algunas corrientes políticas y sociales extremas, prácticamente en las últimas 6 décadas, han ido centrando sus programas y mensajes multitudinarios, específicamente en el valor del dinero y en la realización personal a través del trabajo, negocios u otras actividades lucrativas que permitan la adquisición de bienes materiales. Por supuesto dejando de lado, el valor de la familia.

Pero esta forma de ver el mundo, con la que actualmente coinciden millones de hombres y mujeres, incluyendo aquellos que han establecido lazos de pareja y procreado hijos, en innumerables casos, ha impactado severamente la calidad de vida de los menores de edad.
La primera infancia es, de acuerdo con los expertos, “la etapa más crítica del desarrollo humano”, en la cual se sientan las bases de la salud, el aprendizaje, el comportamiento y la personalidad.
Durante esos años, el cerebro se desarrolla rápidamente, estableciendo conexiones neuronales fundamentales que determinan la capacidad de aprender, de regular emociones y socializar en la edad adulta.
No obstante, las corrientes modernas ignoran estos datos científicamente comprobados, para darle mayor importancia a conceptos tales como “el éxito individual, la libertad sin condicionamientos o ataduras -ni sociales ni familiares- y la búsqueda incansable de satisfacción material.
Una infancia feliz y segura
Con el perdón de los lectores, quiero en este punto adicionar algunas memorias personales: provengo de una familia de exiliados cubanos que llegó a Costa Rica sin dinero, ni ropa suficiente ni ofertas laborales.
Gracias a Dios mi padre, consiguió pocos meses después un primer trabajo como redactor nocturno del periódico La República y en poco tiempo lo ascendieron. Mi madre, mujer refinada y dulce, durante los primeros años en el país, supo combinar sus labores domésticas con la confección y arreglo de prendas de ropa para amigas y conocidas, que apreciaban su excelencia en la costura. A pesar de la difícil situación económica de los primeros tiempos, entre mis progenitores nunca existieron gritos, ni desigualdades ni reproches. Y jamás nos perdieron de vista.

Su presencia a distintas horas del día fue fundamental para los más chicos. Mis primeros años de infancia transcurrieron felizmente y de esa etapa, guardo los mejores recuerdos de mi existencia, pues siempre tuvimos abundancia en amor, solidaridad, respeto y cultura.
Aunque ingresé a la escuela antes de cumplir los cinco años de edad, los primeros conocimientos básicos -pero fundamentales- los recibí de mi madre, quien me enseñó a leer y a escribir. Mi mejor amigo era mi hermano y a pesar de nuestras obvias diferencias, ambos compartíamos unos pocos juguetes e innumerables aventuras; dentro de la casa, cuando llovía, o en días soleados, en el patio donde mi abuelo paterno había hecho una pequeña huerta. Ese ejemplo de amorosa estabilidad ha sido mi mayor fuente de fortaleza y equilibrio a lo largo de mi existencia.
Estoy segura de que historias similares las atesoran muchos de mis amigos y excompañeros de clases. Madre y padre eran en esos años, pilares fundamentales de la familia. La responsabilidad con la que honraban el privilegio de tener hijos, su acompañamiento cotidiano, indicaciones, abrazos, consejos -e incluso sus reprimendas- permitieron que nuestra generación creciera en entornos seguros y adquiriera destrezas esenciales.
La realidad hoy en día es muy distinta.
Niñez herida de gravedad
En España, por ejemplo, según datos publicados por el diario El País, entre un 25 y 30% de los bebés ingresan a guarderías con menos de seis meses, y cerca del 70 al 75% antes del primer año de vida. Otros países como Portugal, superan el 50% de ingreso a centros de cuidados infantiles de menores entre 0 y 3 años. En general, el promedio europeo se sitúa en torno al 38% de niños que pasan el día fuera de casa, “con variaciones significativas según la disponibilidad de centros públicos”.

De acuerdo con un informe de Unicef, “existe una crisis de cuidado infantil” a nivel mundial. Ello se ve reflejado en sondeos que muestran que en la actualidad, millones de niños no tienen acceso a supervisión de calidad.
Según investigaciones recientes, en 76 países de ingresos bajos y medios, poco más de 1 de cada 5 niños menores de 5 años -que representan cerca de 45 millones de infantes- carecía de la supervisión por parte de un adulto como mínimo durante una hora en la semana.
En América Latina y el Caribe, el abandono y la falta de protección parental en niños menores de 5 años representa una crisis silenciosa que afecta a un porcentaje significativo de la población infantil, pues entre el 1,6% y el 5,2% de ellos, son infantes de muy corta edad. La situación se agrava incluso durante la preadolescencia. Los datos indican que en esta región, alrededor de 40 millones de niños de 10 años y adolescentes viven en situación de abandono o calle, representando a 4 de cada 10 menores en esa condición a nivel mundial.
Un video de la DW alemana, impactó a millones de personas al dar a conocer el caso de varios niños abandonados en Bogotá, Colombia, de entre 1 y 5 años de edad. Varios de ellos, solos en sus casas, extendían las manos a través de las verjas señalando que tenían hambre. Otros deambulaban por las calles, donde incluso pernoctaban.
La noticia publicada en enero de este año, se difundió también por la plataforma YouTube, a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/shorts/RHLkdf7IPIE
Pero la respuesta a esta dramática situación no es -como lo sugieren algunos- poner a los niños desde sus primeros meses de vida, en locales de cuido, sino más bien, fomentar que uno de los padres, o ambos, se alternen en la labor fundamental de cuidarles y brindarles estímulos para su desarrollo, al menos durante los primeros 3 años de vida. Otra opción es la de fortalecer los programas que estimulen la incorporación de familiares confiables en la crianza y vigilancia de los infantes.

Ciertamente las redes de cuido han significado una solución práctica para muchos hogares en los que madre y padre salen a trabajar. Pero esa debe ser una opción que se considere solo cuando no existan mejores alternativas familiares y para niños que puedan expresarse con claridad en caso de que sufran algún abuso, agresión o maltrato.
En nuestro país, muchas de las guarderías realizan labores encomiables, pero también es evidente que en otro tanto de ellas, los niños enfrentan innumerables riesgos de salud por infecciones respiratorias, estomacales y de piel; desafíos de adaptación emocional debido a que padecen ansiedad por separación, y otros retos relativos a su desarrollo social que incluyen problemas en el aprendizaje de normas básicas tales como compartir. También pueden enfrentar estrés por la implementación de rutinas rígidas, conflictos con otros niños y riesgos de seguridad en entornos que no son regulados.
No podemos cerrar los ojos ante la realidad de que seres humanos tan vulnerables nunca estarán mejor cuidados que en manos de sus progenitores o personas cercanas que los amen y protejan. No hay dinero en el mundo que pueda restañar los daños psicológicos, morales, espirituales y físicos que miles de niños y niñas enfrentan actualmente en manos extrañas o a la deriva en las calles.
A nivel mundial, existen cerca de 100 millones de menores de edad en situación de abandono. El 40 por ciento de ellos vive en nuestro continente.
Nuestro país no es ajeno a esa cruda realidad a pesar de que en el caso particular de Costa Rica, recordemos que el Código de la Niñez y la Adolescencia (Ley 7739) es muy claro al reseñar que, entre otras cosas, los niños tienen: derecho a desarrollarse de manera segura, saludable y con bienestar físico, emocional y social; a vivir, crecer y ser cuidados por ambos progenitores, garantizando su contacto directo y regular, aunque estén separados.
Termino esta nota recordando las visionarias palabras del Papa Juan XVIII al indicar, enfáticamente, que: «La familia es la primera célula esencial de la sociedad humana.». Es ahí donde se forjan valores, principios y conductas sociales. Lastimosamente, muchas personas lo han olvidado.