Ufrán García, periodista.

La altísima tasa de suicidios en Japón suele atribuirse a que sus habitantes colmaron sus aspiraciones de vida y ya nada los entusiasma. ¿Por qué seguir en este mundo si no es posible aspirar a alcanzar algo mejor que lo que tengo?
En el fondo de ese terrible cuestionamiento hay una verdad esencial: los japoneses fueron libres hasta la saciedad.
La libertad es y será por siempre la condición máxima para que un ser humano pueda sentirse plenamente realizado. La crisis existencial parece ser consecuencia de no saber qué más hacer con ella. Y, al parecer, en busca de respuestas, inconscientemente los japoneses, eso sí, individualmente, terminan por culpar a la libertad plena de sus «desgracias».

¡Qué ingratos!, ¿verdad? Pues bien, parece que en otras latitudes hay una fuerte tendencia al suicidio político colectivo porque ya no se entiende para qué ser libre. Algunos pueblos han gozado de tanta libertad que terminan por renegar de ella. Y, como no pueden erosionar sus sólidas y probadas virtudes, inventan y repiten calumnias en su contra. Esos pueblos que insisten en desvirtuar lo que les ha hecho felices, son dignos de lástima. Fabrican ídolos parlanchines de barro que denigren todo lo construido en el marco de la libertad.
Es como si la paz les estorbara. Quieren emprender aventuras pese a los innumerables rótulos que advierten de graves peligros. Anhelan «probar algo nuevo». Algunos teorizan que es cíclico, como son cíclicas las guerras. ¿Se suicidan las democracias? ¡No! Se suicidan políticamente pueblos cansados de ser libres. Es el llamado de la imbecibilidad.
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