No viví: tan solo sobreviví

No viví: tan solo sobreviví

Jacques Sagot, pianista y escritor.

Tocan a mi puerta.  Abro tal cual estoy, sin camisa, hirsuto, descalzo.  Son unos chiquillos, bulliciosos, felices, llenos de energía; vienen a celebrar el cumpleaños del vecino: se han equivocado de puerta.  Hace frío.  Tienen las mejillas encendidas.  Cantan “Volare”, de Domenico Modugno.  ¡Se llevan tal jolgorio!  El portero no tardará en echarlos del edificio.  Nunca tuve esa edad, y sin embargo la recuerdo como un país en el que hubiera vivido.  Noustos: término griego, del cual procede la bella, melodiosa palabra “nostalgia”.  Sí, sí, ocasionalmente iba a fiestas, pero jamás canté, ni bailé, ni tomé tragos, ni tuve novia, ni le tomé la mano a una mujer, ni siquiera le expresé a ninguna de ellas mis sentimientos amorosos (¡que los tuve, mudos, sordos, subterráneos y silentes!).

Muchacho triste toca el piano Stock de Foto gratis - Public Domain Pictures

Hoy vi a esos chiquillos, y por poco les pido: “llévenme con ustedes”.  Seriamente: los hubiera acompañado.  Pero ellos todo lo que vieron fue un viejo desgreñado, semidesnudo, calvo, barrigón, que se asomó a la puerta.  Creo que hasta miedo les inspiré.  Evoco a Machado: “En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón.  (…)  Mi cantar vuelve a plañir: aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada”.

Alguien cometió un grave error conmigo: impugno a mis padres y mis profesores.  Me salto con garrocha el mandamiento bíblico de que “no juzgarás a padre o madre”.  Ya lo creo que los enjuicio, y mi veredicto es: culpables.  “La chair est triste, hélas! et j´ai lu tous les livres”: “La carne está triste, ¡ay!, y he leído todos los libros” –reflexiona con tristeza pero con encantadora naturalidad Mallarmé–.  He leído demasiado y no vivido lo suficiente.  Hoy, esos chiquillos…

El Quinto Poder

Entre los doce y los veinte años de edad.  Yo no existí.  Soy el hombre más triste que jamás he conocido.  ¿Por qué me criaron como a un autista, como un islote, como una maldita vasija etrusca suspendida bajo su campana de cristal?  Quisiera que alguien me robara de mi propio museo y me quebrara en mil pedazos.  Estoy cansado de mi limpieza: me hizo falta suciedad, locura, imprudencia.  Nunca di un paso si no era mirando hacia abajo, no fuera a tropezar y caerme.  El niño sin huesos.  El niño de vidrio.

Por un rato oí, desvaneciéndose en el elevador, “Volare”.  Luego el silencio.  Mi soledad es la peor de todas: no tengo ni siquiera las viejas sombras de la juventud para llenarla.  Me queda apenas un puñado de muertos ilustres: Poe, Verne, Schumann, Liszt, Mallarmé, Proust, Modigliani.  “Je suis un cimetière abhorré de la lune.”: “Soy un cementerio que la luna aborrece” –me dice al oído Baudelaire, ese hermano de mi alma–. Ya sé que de todo esto he hablado antes, ya lo sé, sí, y adivinen qué: voy a seguir hablando, y llorando, y maldiciendo.  Hasta la muerte, y tal vez también después de ella.

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