Crítica de cine de “There Will Be Blood”
Gabriel González, crítico de cine.

El pasado lunes, el californiano Paul Thomas Anderson ganó los Globo de oro a la Mejor Película, Mejor Guion y Mejor Dirección por su décimo largometraje, titulado con acierto “Una batalla tras otra”.
Veo oportuno compartir el siguiente análisis que publiqué hace 18 años –y recién revisé- en el Semanario Universidad sobre un filme suyo que entre su original, potente y notable filmografía admiro con fervor.
Uno que además que cobra nueva vigencia al observar la brutalidad de la avaricia y el narcicismo maligno en los gobernantes de los Estados Unidos y Costa Rica, y la compleja trama de violencia en la guerra múltiple por los recursos naturales y el dominio financiero en el mundo (con Venezuela, Ucrania, Groenlandia, Méjico, Palestina, como algunos puntos de fricción mayor).

Este filme insólito, también traducido como “Pozos de ambición”, probablemente sea una verdadera obra maestra (aunque el “showdown” final, desquiciado y lúcido a la vez, se desborda de la caricatura y no me acaba de convencer). Es una metáfora sombría del exceso, la disonancia y la maldad que como y mediante el llamado oro negro corre por las venas de la teocracia “ameriKana”, hoy desbocada con un gobierno que impone una dictadura fascista. Un filme audaz, brutal y delirante al que subyace una coherencia crítica implacable y un pesimismo vehemente a lo José Saramago.
La novela original es de Upton Sinclair, transformada en cine con una maestría que me recuerda al alemán Volker Schlöndorff (“El tambor de hojalata” et al); con antecedentes en George Stevens, John Huston, y, claro, Orson Welles –sin el optimismo, vaya paradoja, de su “Ciudadano Kane”-, pero es obra auténtica de un creador insolente que ya hizo historia (Paul Thomas Anderson, autor asimismo de “Boggie Nights” –la vimos (y supimos de él) en la Sala Garbo-, “Magnolia” y “The Master”).

El filme recorre 40 años de una forja inmisericorde, durante el cruce de los siglos XIX y XX, en la inhóspita frontera del oeste americano.
El inicio demoledor, austero y rotundo, se asocia a la radical puesta en escena de la pintura latinoamericano “El violín” (de Francisco Vargas). Arranque en el que conocemos al protagonista, todo empeño y dolor, interpretado por el muy premiado y quizá mejor actor del mundo (“Mi pie izquierdo”, “En el nombre del padre”, “Lincoln”), Daniel Day Lewis, con fuerza telúrica.
Un hombre inmenso en apariencia, terco hasta el agotamiento, de una ambición desmedida; fundido con su empeño en enriquecerse a cualquier precio; minero de plata en los desiertos rocosos de California, petrolero por accidente, magnate por estafador.
Detestable y detestado, pero no por eso menos verosímil y más bien cercano a los impulsos desvergonzados de cada espectador, cómo no. Solitario, acaso impotente en ese mundo de mujeres invisibilizadas, se yergue como patriarca blandiendo un hijo ficticio, socio obligado de sus intrigas nauseabundas; al que, sin embargo, protege más allá de sus intereses pecuniarios, en un trazo afectivo que lo humaniza.
Por cierto, mucho deja qué pensar ese padre que grita, la música estridente y ampulosa y el hijo sumido en el silencio. Un episodio fraterno, basado en la mentira, que luego desata su furia vindicativa, será “otro ladrillo en la pared” (como en “El muro/Pink Floyd” de Alan Parker, rocambolesca visión del capitalismo moderno).

De nombre Plainview (chato de visión), él también detesta a la gente, a ese otro que explota a fuerza de no hallar otra relación posible. Más que significativo es el final apocalíptico en una bolera de su mansión (un Xanadú sin Rosebud; campo de batalla que nos recuerda, además la masacre en Columbine y sus interminables repeticiones), donde la degradación se vuelve un juego macabro (como si Darío Argento lo orquestara); rastros de sangre y un futuro incierto y ominoso, ¿terminó, dice, o apenas inicia? (como el torrente rojo en “El resplandor” de Stanley Kubrick, otra metáfora de los orígenes del capitalismo “americano”).
Mas este empresario eficaz tiene su alter ego con el que se reparte ese mundo desolado, un predicador evangélico con cara de ángel, que como Luzbel se levanta contra su propio padre, interpretado por el notable actor Paul Dano (el hermano nietzchiano de la gordita Sunshine, un empleadillo en “Fast Food Nation” y el bondadoso hippie que acoge, con su chica también hippie, al protagonista de “Bienvenido a Woodstock” en la furgoneta del amor sicodélico). A este predicador milagrero, tan distinto en apariencia, lo anima el mismo frenesí terrenal; es un delicado lobo con piel de oveja, que no hace retórica de la familia, como Plainview, sino que se agiganta como enviado de Dios, plagando los vacíos espirituales con su discurso enajenante. Los dos convergen y atenazan a los fieles trabajadores que se dejan conducir al despeñadero por sus mentiras edulcoradas.

Ambos personajes son actores consumados en el teatro espeluznante de le explotación del hombre por el hombre. Tanto el empresario que habla de progreso abrazado a un niño al que luego desconoce de un plumazo, como el pastor que ofrece salvación –y condena eternas- a un rebaño de siervos ignorantes.
Los dos medran de las debilidades humanas para hacer su negocio, el que los lleva al éxito mundano y al desastre personal, a veces enemigos, a veces aliados, dos extremos de una misma corrupción institucionalizada.
La que el filme destapa en sucesivas capas de ignominia, sea desde el ángulo de la patología individual, sea como símbolo de la colusión entre las corporaciones y las iglesias cristianas que desde sus guaridas en los Estados Unidos procuran someter el mundo en su demencial ambición de poder y riqueza. Hoy más evidente que nunca. Mientras aquí mediocres cipayos locales nos arrastran a esas ruedas de molino como reses al matadero