Óscar Arias: el peso de una historia que incomoda al chavismo

Óscar Arias: el peso de una historia que incomoda al chavismo

Bryan F. Herrera, periodista.

 

Hay nombres que en política pesan más que un cargo. Óscar Arias Sánchez es uno de ellos. No porque sea intocable, no porque deba quedar fuera del escrutinio público, ni porque su trayectoria no tenga zonas discutibles.
Pesa porque su figura pertenece a una categoría poco común en la historia costarricense: la de los políticos que lograron sacar el nombre del país de la frontera doméstica y colocarlo en el mapa internacional.
Arias fue presidente de Costa Rica en dos períodos: de 1986 a 1990 y de 2006 a 2010. Pero reducirlo a “expresidente” es mirar una cordillera por el ojo de una cerradura. Su primer gobierno coincidió con una Centroamérica incendiada por guerras civiles, tensiones ideológicas, intervención extranjera y heridas abiertas de la Guerra Fría.
Presidentes en Guatemala: quiénes son los 26 predecesores de Bernardo Arévalo y qué hechos han marcado su gestión
En ese contexto, Costa Rica tenía dos caminos: dejarse arrastrar por la lógica militar de la región o sostener, con todas sus contradicciones, una vocación civilista. Arias apostó por lo segundo.
El Premio Nobel de la Paz que recibió en 1987 no fue una medalla decorativa ni un aplauso protocolario. La motivación oficial fue clara: su trabajo por una paz duradera en Centroamérica. El plan impulsado por Arias fue aprobado en agosto de 1987 por Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, y planteaba elecciones libres, garantías de derechos humanos y el fin de la injerencia extranjera en los asuntos internos de los países centroamericanos.
Esa es la dimensión que a veces se olvida en medio del ruido político actual. Arias no ganó el Nobel por gritar más fuerte. Lo ganó por negociar cuando otros preferían las armas, por insistir en la palabra cuando la región hablaba con fusiles, por intentar construir una salida política donde abundaban las trincheras.
Óscar Arias busca a escolar que hoy tendría 45 años | La Teja
El propio Nobel recuerda que Arias se negó a permitir que el territorio costarricense fuera utilizado para apoyar a los Contras en Nicaragua, al mismo tiempo que criticaba la falta de democracia del sandinismo. No era una posición cómoda. Era una posición de Estado.
También recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1988, un reconocimiento que terminó de consolidar su imagen como figura diplomática de alcance global. Ese premio se otorga a quienes contribuyen de forma relevante al entendimiento, la cooperación y el progreso entre los pueblos, y Arias figura entre los galardonados de esa categoría en ese año.
Arias, utilizó el dinero del Nobel para crear la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano en 1988. Según la biografía del Nobel, esa fundación desarrolló programas vinculados con igualdad de oportunidades para las mujeres, participación organizada, desmilitarización y resolución de conflictos. Más allá de simpatías partidarias, eso revela algo importante: Arias convirtió un reconocimiento personal en una plataforma institucional.
Por supuesto, Arias no necesita pedestal. Ninguna figura pública seria lo necesita. Fue parte del viejo sistema político, defendió proyectos económicos controversiales, impulsó el TLC con Estados Unidos y abrió relaciones diplomáticas con China durante su segundo gobierno, decisiones que todavía generan lecturas encontradas.
Pero una cosa es debatir su legado y otra muy distinta es intentar reducirlo a un blanco de descalificación. Ahí entra Rodrigo Chaves.
Las Declaraciones de Rodrigo Chaves sobre Óscar Arias - El Observador CR
Chaves parece ver en Arias algo que le incomoda: un símbolo de la Costa Rica institucional, diplomática, negociadora y reconocida afuera. Arias representa una forma de autoridad que no depende del grito semanal, del aplauso de coyuntura ni del enemigo fabricado para sobrevivir al titular del día. Su sola presencia recuerda que Costa Rica alguna vez tuvo liderazgo internacional por su apuesta pacifista, no por su capacidad de pleito.
Y quizá por eso el ataque luce tan pequeño. Frente a una figura que carga con un Nobel, un Príncipe de Asturias, dos presidencias y una huella internacional. La rabia política de Chaves se ve menos como una confrontación histórica y más como un berrinche con micrófono. Una pataleta elegante de conferencia, pero pataleta al fin.
No porque Arias esté por encima de la crítica. Al contrario: Arias debe ser criticado, revisado, discutido y contrastado. Pero la crítica exige argumentos. El berrinche solo necesita volumen.
La diferencia es profunda. Criticar a Arias sería preguntarse qué dejó su modelo económico, qué sectores se beneficiaron de sus gobiernos, qué costos tuvo su visión de apertura, qué contradicciones acumuló su figura y qué vigencia real tiene hoy su pensamiento político. Atacarlo, en cambio, es usar su nombre como muñeco de feria.
Oscar Arias: pertinacia, idealismo, pragmatismo - Revista Visión CR
Se le golpea para provocar ruido, para activar resentimientos, para decirle a una base política que el pasado entero cabe en una sola caricatura.
Esa es, probablemente, la función política de los ataques de Chaves, no discutir sobre Arias, sino convertirlo en símbolo de “lo viejo”, “la élite”, “el PLN”, “los de antes”. Es una operación sencilla, casi rudimentaria: se toma una figura compleja, se le borra la biografía, se le deja solo la etiqueta y luego se le lanza al público como si fuera prueba de algo. El truco funciona porque la indignación viaja más rápido que la memoria.
Pero el problema para Chaves es que Arias no es únicamente un adversario partidario. Es también una referencia histórica. Puede gustar o no. Puede caer bien o mal. Puede despertar admiración o rechazo. Pero no se puede hablar de la Costa Rica moderna, de su diplomacia, de su imagen internacional y de su papel en la paz centroamericana sin mencionar a Óscar Arias Sánchez.
Costa Rica es primer lugar en Latinoamérica y 39 en el mundo en Índice Global de la Paz - Periodico La República
Por eso, cuando Chaves lo ataca, quizá no está atacando solamente a un expresidente. Está intentando bajar de estatura a una figura que le recuerda algo incómodo: que el liderazgo no siempre consiste en dominar la conversación, sino en dejar una huella que sobreviva al ruido.
Y ahí está el contraste final. Arias tiene historia. Chaves tiene espectáculo. Arias tiene un lugar en la memoria internacional. Chaves tiene episodios de confrontación. Arias fue reconocido por empujar una región hacia la paz. Chaves, cuando lo ataca, apenas parece empujar otra rabieta hacia el noticiero.
La pregunta no es si Arias merece debate. Claro que lo merece. La pregunta es si Costa Rica quiere discutir su historia con seriedad o seguir aplaudiendo berrinches disfrazados de valentía política.
Visitado 180 veces, 180 visita(s) hoy

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *