Willem van Hanegem: el gigante que lloró

Willem van Hanegem: el gigante que lloró

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

La “Naranja Mecánica”.  El equipo holandés que, pese a haber deslumbrado al mundo con su fútbol “total”, no logró imponerse a Alemania Occidental, en la final del Campeonato Mundial 1974.  El nombre está tomado de la película de Stanley Kubrick A Clockwork Orange, de 1971, según la novela de Anthony Burgess.

Aunque el apodo fue inspirado por el prodigioso equipo de 1974, (Cruyff siendo su bandera, y Rinus Michels el creador del concepto de “fútbol total”), ha sido extendido a todas las selecciones holandesas desde entonces, en virtud del color de su camiseta.

La verdad es que la “Naranja Mecánica” de la final contra Argentina, en 1978 (sin Cruyff y Van Hanegem) no era ya más que un fantasma de su predecesora, y la que llegó a la final contra España, en 2010, un grupo de fuertes, disciplinados leñadores.

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Aun así, Holanda pudo haber ganado la final 1978 contra Argentina.  Quienes vieron el partido jamás olvidarán cuando, con el marcador 1-1, en la última jugada del encuentro (minuto 45 con 18 segundos de la segunda parte), Rensenbrink, aprovechando un descuido de la zaga albiceleste, estrella un disparo contra la base del vertical de mano derecha de Fillol.  Con ese gol, el holandés (que llevaba 5 tantos) hubiera sido el máximo anotador del torneo, y le habría dado el título a su país.  El poste permitió que Kempes se proclamara rey del torneo con su tanto en los tiempos de alargue, y que Argentina se coronara monarca.  Fue cuestión de milímetros: en ese instante se selló la suerte del partido.

Por lo demás, la “Naranja mecánica” de 1978 no era más que un eco distante del torbellino de 1974.  El concepto de “mecanicidad” evoca aquí el juego de primer toque, la perfecta coordinación del engranaje colectivo de un equipo que constituyó un punto de inflexión en la historia del fútbol.  Hay un “antes” y un “después” de la “Naranja Mecánica”.

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El imaginario bélico queda patente en todo cuanto en el sistema había de automático, maquinal, funcional, inexorable…  Pero también era un fútbol bello como pocos lo han sido.  ¿Máquina?  Sí, en la medida en que cada parte tenía su razón de ser en función del todo, y el todo hubiera sido inconcebible sin una sola de sus partes.  Una máquina – organismo, así pues.  Empero, esta máquina tenía sus “humanas, demasiado humanas” (Nietzsche) debilidades.

Van Hanegem, magnífico mediocampista zurdo, pieza del Feyenoord de Rotterdam, había perdido a su padre, dos hermanos y una hermana durante un bombardeo de la Luftwaffe, en la Segunda Guerra Mundial.  Antes de entrar a jugar la final de 1974 contra Alemania, dijo: “Odio a los alemanes.  Lo único que quiero es humillarlos.  Mataron a mi padre, mis dos hermanos y mi hermana.  Los odio, los odio, los odio…”.  Cuando Holanda cayó 2-1, lloró de rabia e impotencia, hundido en una profunda y redoblada sensación de injusticia.  Van Hanegem cometió un error capital: no procesó su odio, no lo transformó en anhelo de revancha deportiva, no logro elevarlo al plano lúdico y simbólico (¡no era fácil hacerlo!): quería, literalmente, devorar vivos a sus rivales.  Este tipo de emociones, al manifestarse de manera tan primaria, tan visceral, suelen conspirar contra quien las experimenta.  El resultado fue que, de pura ferocidad, Van Hanegem no jugó bien la final.

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Algo más: tal nivel de dolor y de mal digerido resentimiento no se habrían saciado aun cuando Holanda hubiese ganado 12-0.  El odio de Van Hanegem era una batalla perdida desde siempre y para siempre: no era aniquilar a sus rivales lo que realmente quería, sino que estos no hubiesen jamás existido.  Siendo el tiempo y la historia irreversibles, tal anhelo era insaciable.  Repito: por su naturaleza misma, el odio se sabe derrotado desde siempre y para siempre.  No podemos abordar la “máquina del tiempo” de H. G. Wells, y hacer que lo que fue no haya sido: el tiempo es unidireccional, entrópico e irreversible.  Ni siquiera Dios pareciese ser capaz de tal prodigio: también Él viaja a lomos del tiempo.  Por otra parte, mil goles y cien títulos mundiales no vengarán cuatro muertes.  Van Hanegem jugó con la sangre, la bilis, el jugo pancreático, el excremento…  ¡Un padre, un hermano y dos hermanas!  Nada puede el fútbol, contra esos dolores que se experimentan en la raíz misma del ser…

No se puede “jugar” desde el odio.  Es una tremenda fuerza de ofuscación, de desequilibrio, un lastre de cien toneladas colgando de su espíritu y de cada una de sus piernas.  Van Hanegem no supo gestionar aquel demonio que le roía las entrañas.  Era preciso mantenerlo bajo liza.  Era menester sublimarlo, procesarlo, transformarlo, transponerlo al plano lúdico, simbólico y civilizado del deporte.  Claro está: es mil veces más fácil predicarlo que hacerlo.  Sin embargo, nuestro futbolista debió haberlo siquiera intentado.  No lo hizo por falta de autoconocimiento, de disciplina sobre sus propios trasgos, por incapacidad para lidiar con la “sombra” de Jung.  Si el equipo hubiese contado en sus filas con un buen psicólogo (sé positivamente que no tenían este tipo de valiosísimo profesional), él hubiera quizás detectado el problema del jugador, y habría logrado que este canalizase su odio de manera productiva y eficaz.  En lugar de jugar con su odio, dejó que el odio jugara con él, y terminó comiéndoselo vivo.  En cierto modo, fue un caso de autoderrota.

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Van Hanegem se retiró del fútbol como jugador en 1983.  Nunca volvió a tener el panache y la eficacia de que dio pruebas contundentes en el campeonato mundial de 1974, como volante capaz de creación tanto como de contención, egregio pasador de bola, y zurdo dotado de tremendos disparos de media distancia.  Logró algunos títulos y satisfacciones como director técnico, y es al día de hoy un hombre de 82 años de edad, que goza de su aura de jugador mítico en Holanda.

No hace muchos años veces confesó: “siempre que jugué contra los alemanes, a nivel de selección nacional o de equipo liguero, cometí el error de volver a vivir lo que nos hicieron durante la Segunda Guerra Mundial.  Mi padre y mi hermano murieron bombardeados cuando fueron a buscar pertrechos en un pequeño búnker que teníamos en el patio de la casa.  Luego mi otro hermano y mi hermana fueron asesinados en un posterior Blitzkrieg.  Se robaron la mitad de mi mundo, de mi ser.  Esas cosas no se perdonan”.

Pues sí, amigo, ya lo creo que sí.  Como reflexiona el filósofo francés Vladimir Jankélévitch en su bellísimo libro L´irréversible et la nostalgie (1974): “Todo en el mundo se puede perdonar.  Todo… salvo lo imperdonable”.  Jankélevitch había perdido familiares y amigos en Auschwitz-Birkenau.  Sentía una repugnancia visceral por la totalidad de la cultura germana.  Lo comprendo y más aún, lo vivo en mi propia carne.  He sido víctima de atrocidades de este jaez, pero no es este el lugar ni el momento para narrarlas.  Algún día hablaremos de ellas.

Van Hanegem se autoderrotó, se autodevoró, dejó que el enjambre de demonios que habían colonizado su espíritu conspirara contra su juego.  El fútbol es pasión y sentimientos extremosos… bien asidos por las bridas de la razón.  De lo contrario todo degenera en violencia bestial y primitiva.  Van Hanegem cometió un error del que todos podemos aprender: volar a lomos de nuestro odio nos proporciona un ímpetu, una altura y una velocidad fenomenales… pero puede también, como le sucedió al insensato Ícaro, precipitarnos para siempre en la noche turbia y legamosa del océano.

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