La persona como sujeto de valores

 La persona como sujeto de valores

César G. Fernández Rojas, profesor jubilado y miembro fundador de la Comisión Nacional de Ética y Valores.

 

«Los valores no son abstracciones desligadas de la vida, sino realidades que se descubren en la experiencia y se convierten en principios normativos de la acción». Risieri Frondizi, 1958.

Introducción

En la ética aristotélica, los conceptos de bien (agathón) y fin (telos) expresan las cualidades que perfeccionan la naturaleza humana y orientan la acción hacia su propósito. La vida buena consiste en ordenar la conducta hacia esos bienes y fines mediante la virtud (areté).

VALORES HUMANOS | Note

En el lenguaje moderno, cuando hablamos de valores, como categoría filosófica, estamos reinterpretando ese horizonte clásico: los valores cumplen la misma función de guiar la acción hacia lo que se reconoce como bueno y digno, prolongando en clave contemporánea la antigua noción de bienes y fines. Este lenguaje es propio de la axiología moderna.

El bien (agathón) se actualiza en cada acto, perfeccionando la naturaleza humana. El fin (telos) es la meta concreta hacia la cual se ordena ese obrar, siempre en referencia al bien. Para alcanzarlo, el ser humano requiere hábitos (hexeis), disposiciones estables que nacen de la reiteración de los actos. Sin embargo, no basta la simple repetición: es la actitud la que orienta interiormente esos hábitos, dándoles sentido y dirección hacia el bien. Cuando la práctica habitual se acompaña de una actitud consciente y positiva, se transforma en virtud (areté), que constituye la plenitud de la obra humana.

La práctica consciente de los hábitos consolida la conducta y abre paso a la formación de actitudes, entendidas como disposiciones internas que orientan la manera de relacionarse con los demás y de alcanzar los fines propuestos. Estas actitudes, al integrarse en la vida cotidiana, se convierten en el soporte de los valores, que en el lenguaje axiológico moderno expresan el reconocimiento de los bienes y de las orientaciones personales como principios que guían la acción. La virtud, finalmente, es la culminación de este proceso: hábitos buenos iluminados por actitudes positivas que configuran la interioridad ética y el compromiso social, logrando que la persona actúe bien de manera estable y plena.

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Imaginemos a Sofía, una estudiante que quiere ser puntual. Al principio, cada acto de llegar a tiempo es un esfuerzo consciente. Sus actitudes fortalecen ese esfuerzo: el día anterior hace sus deberes escolares, prepara el bulto y el uniforme; se levanta temprano y cumple sus hábitos de higiene personal; con tiempo sale de su hogar y se dirige al colegio.

Con la repetición y la formación de actitudes, esas acciones se convierten en soporte del valor: la puntualidad se vuelve parte de su modo de vida. Al mantener la práctica día tras día, la puntualidad deja de ser solo un hábito, es habitud, hexis, y se transforma en virtud, pues expresa su respeto y responsabilidad a sí misma y a los demás. Del agathón perenne a la eudaimonía contemporánea, esta herencia de la antigüedad clásica no se pierde en la historia, se convierte en un marco de diálogo con los desafíos actuales de la ética y la educación. La eudaimonía vuelve a ser el horizonte inacabable pedagógico: formar personas capaces de florecer en medio de la complejidad actual: una vida lograda, plena y feliz.

Marco conceptual

El lenguaje filosófico moderno introduce una nueva clave: la noción de valor. Este término, ausente en el horizonte clásico, surge como reinterpretación normativa de los bienes y fines, y se convierte en categoría central de la axiología contemporánea.

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La axiología aparece en la filosofía moderna con Eduard von Hartmann (1887) y se consolida con Paul Lapie (1902); conceptualmente significa la filosofía de los valores (áxios = digno, valioso; lógos = estudio, razón), es decir, el estudio sistemático de la naturaleza, jerarquía y función de los valores en la vida humana y en su desarrollo moral.

La transición hacia este concepto de valor implica reconocer que la acción humana no se guía únicamente por la búsqueda de bienes objetivos, sino también por la apreciación subjetiva y normativa de aquello que se considera digno. En este sentido, el valor no sustituye al bien (agathón) ni al fin (telos), sino que los traduce a un lenguaje que resalta su función orientadora en la vida práctica.

El concepto “valor” surge como categoría filosófica en la modernidad, especialmente desde finales del siglo XIX, con autores como Hermann Lotze, Alexius von Meinong, Christian von Ehrenfels y más tarde Max Scheler y Nicolai Hartmann. Cada uno aporta una definición distinta, desde lo subjetivo (valor como agrado o deseo) hasta lo objetivo (valor como cualidad a priori independiente de la experiencia).

Rudolf Hermann Lotze — Wikipédia
Rudolf Hermann Lotze.

¿Qué es un valor? Hermann Lotze (1874): Lógica. Tres libros sobre el pensar, el investigar y el conocer: inicia la filosofía del valor con la frase “los valores no son, sino que valen”, destacando su carácter irreal pero normativo.

Alexius von Meinong (1894), Investigaciones ético-psicológicas sobre la teoría del valor: entiende el valor como un hecho psíquico y subjetivo, dependiente del agrado.

Christian von Ehrenfels (1896), Sistema de la teoría de los valores: sostiene que el fundamento del valor es el deseo, incluso de cosas inexistentes.

Max Scheler (1913), El formalismo en la ética y la ética material de los valores: concibe los valores como cualidades objetivas y universales, jerárquicamente ordenadas (agradable, noble, espiritual, sagrado).

Nicolai Hartmann (1926), Ética: defiende un objetivismo axiológico, donde los valores son estructuras ideales que fundamentan la moral.

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Max Scheler.

Adela Cortina aporta una actualización contemporánea:

Ética mínima (1986): valores compartidos para la convivencia democrática.

Ética aplicada y democracia radical (1993): conexión entre axiología y praxis política.

Ética de la razón cordial (2007): integración de racionalidad lógica y afectiva.

Aporofobia (2017): denuncia de la exclusión y defensa de la inclusión como valor fundamental.

Para Cortina la persona no solo es “ser valorante” en sentido individual, sino también sujeto de valores compartidos que sostienen la justicia y la democracia.

En síntesis, la persona se configura como sujeto activo de la valoración, capaz de reconocer, interiorizar y jerarquizar valores. Esta capacidad constituye la dignidad personal y convierte a la persona en protagonista de la vida ética.

Esta perspectiva abre el camino para profundizar cómo la dignidad y la subsistencia personal –autonomía ontología- constituyen el núcleo desde el cual los valores adquieren fuerza y legitimidad. Esta subsistencia fundamenta a la dignidad: porque la persona es un ser único, irrepetible y autónomo, capaz de autodeterminación.

En el ámbito de la neurociencia contemporánea, Chen, Santavirta y Putkinen (2026) han propuesto un modelo de espacio neural de cuatro dimensiones para la inferencia moral, que organiza la evaluación de la conducta en cuatro ejes fundamentales: virtud, vicio, jerarquía y rebelión.

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Este hallazgo, basado en estudios de neuroimagen funcional, muestra que la moralidad no es un fenómeno abstracto desligado de la biología, sino que encuentra correlatos específicos en redes cerebrales como la unión temporoparietal y el lóbulo parietal inferior.

La persona, en cuanto sujeto de valores, aparece así no solo como constructo filosófico y social, sino también como realidad neurocognitiva que procesa y estructura la experiencia moral en dimensiones básicas y universales. La neurociencia describe correlatos funcionales, pero no sustituye la normatividad ética ni la formación de la virtud.

La persona valorante como fundamento del valor

La vida humana está marcada por una constante actividad de valoración. Cada pensamiento, acción y conducta se hallan transversados por juicios de valor que orientan la existencia. Incluso la neutralidad es ya una forma de valorar.

La valoración integra tres dimensiones, Interioridad ética: coherencia personal que surge del reconocimiento de valores como dignos y orientadores. Exterioridad social: la legitimidad que los valores adquieren en la convivencia, al ser compartidos y reconocidos por otros. Normatividad práctica: capacidad de los valores para convertirse en criterios de acción que guían la conducta, regulan su validez y orientan la conducta al uso responsable ante la sociedad.

Una nota sobre la interioridad

La persona valorante descubre, ordena, interioriza, comparte y actúa. Emitir juicios de valor es solo una parte dentro de esta trama más amplia, donde la valoración se convierte en un camino de vida y en una fuerza de humanización, porque valorar es lo que nos hace más humanos.El juicio de valor es la afirmación espontánea que una persona hace sobre algo considerado valioso o no valioso; puede ser inmediato y subjetivo.

La valoración, entendida como camino de vida y fuerza de humanización, se expresa tanto en juicios de valor inmediatos como en criterios de valor elaborados. El juicio de valor es la chispa inicial que abre la sensibilidad hacia lo valioso, mientras que el criterio de valor consolida esa apertura en una orientación coherente y fundamentada. Ambos son momentos de la misma dinámica valorativa, que convierte la valoración en guía existencial y en fuerza de humanización para la persona y la comunidad.

El criterio de valor es un juicio cualificado, elaborado con mayor rigor y fundamentación, que se apoya en razones, principios o evidencias. Su fuerza radica en que no se limita a la impresión personal, sino que posee coherencia interna, capacidad orientadora y reconocimiento académico o social.

En lo esencial, los criterios de valor se sostienen en tres pilares: Argumentos racionales que justifican la valoración. Fundamentos normativos o teóricos que la vinculan con principios éticos o doctrinales. Capacidad de orientar la acción, convirtiéndose en guía para la conducta y la convivencia.

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La categoría de valor, en cuanto clave moderna de la ética, no puede comprenderse sin referencia al sujeto que valora. La persona se reconoce como centro de dignidad y libertad. La subsistencia personal es el rasgo metafísico que distingue a la persona asegurando que los valores no flotan en el vacío, sino que se apoyan en un ser que existe por sí mismo que puede reconocerlos, personificarlos, legitimarlos y actualizarlos, en una relación entendida como ser persona subsistente, única e irrepetible. Cortina actualiza esta visión mostrando que la persona manifiesta valores en prácticas de justicia, solidaridad y respeto, convirtiéndose en sujeto activo de la ética pública.

La axiología moderna y la jerarquía de valores.

La modernidad introduce el lenguaje axiológico para designar aquello que orienta la acción en clave normativa. Este cambio se consolida en el siglo XIX y alcanza su madurez en el siglo XX con los grandes sistemas de la axiología.

Max Scheler (1913): sistematiza el concepto de valor como cualidad objetiva de valores (sensibles, vitales, espirituales, religiosos).Esta jerarquía muestra que los valores no son equivalentes, sino que poseen una estructura objetiva que orienta la vida humana hacia niveles superiores de plenitud.

Nicolai Hartmann (1926): profundizó acerca del objetivismo axiológico y la estratificación de valores. Hartmann subrayó que los valores poseen una “estratificación” que fundamenta la moral y que la persona valorante debe reconocer y ordenar.

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Nicolai Hartmann.

Risieri Frondizi (1958): valores como realidades vinculadas en la existencia. Para Frondizi, los valores se descubren en la experiencia y se convierten en principios normativos que guían la acción.

Milton Rokeach (1968) definió las actitudes como organizaciones relativamente duraderas de creencias que predisponen la acción, mostrando cómo se integran valores y hábitos en disposiciones prácticas.

Cortina (1986): En Ética mínima ha retomado la noción de jerarquía de valores para aplicarla a la ética pública. Su propuesta muestra que, en sociedades pluralistas, es necesario un núcleo mínimo de valores compartidos —como la justicia, la solidaridad y el respeto— que permitan la convivencia democrática.

La persona valorante se revela como sujeto activo de la vida ética y social: reconoce lo que es digno, lo interioriza en hábitos y actitudes y lo proyecta en la comunidad. Esta valoración constante constituye la condición de la existencia humana y prepara el camino hacia la virtud y la perfección de los actos humanos.

Virtud y perfección de los actos humanos

Mientras los valores orientan la acción, los hábitos y las actitudes consolidan la conducta, la virtud representa la perfección del acto humano: es la disposición estable que hace al sujeto capaz de obrar bien de manera habitual.

Aristóteles definió la virtud (areté) como un hábito electivo que consiste en un término medio regulado por la razón, y que perfecciona la acción en conformidad con el bien.

Tomás de Aquino retomó esta noción y la vinculó con la perfección de la persona en su orden natural y sobrenatural. Para él, las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) constituyen la plenitud del obrar humano, pues orientan la libertad hacia el bien supremo.

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Tomás de Aquino.

En la modernidad, la axiología mostró que los valores se convierten en principios normativos, pero es en la virtud donde alcanzan su máxima eficacia práctica.

Risieri Frondizi subrayó que los valores se encarnan en la vida concreta y se consolidan en virtudes que perfeccionan la acción. Milton Rokeach explicó cómo las actitudes predisponen la conducta, y en su integración con los valores se convierten en virtudes que orientan de manera estable el comportamiento.

En la filosofía contemporánea, Adela Cortina ha destacado que la virtud no es solo racionalidad lógica, sino también racionalidad cordial, capaz de integrar afectividad y razón en la acción ética. Con ello, la virtud se presenta como la síntesis de valores, hábitos y actitudes que perfeccionan la vida personal y social.

Resultado

Del mismo modo que Aristóteles identifica la virtud con la hexis, como disposición estable del carácter y consolidación cotidiana de la vida ética y moral, en el ámbito contemporáneo, la ética y la moral deben comprenderse como dos dimensiones inseparables de una misma unidad normativa.

La ética ofrece la fundamentación reflexiva y universal de los valores, mientras la moral los concreta en la praxis comunitaria y cotidiana. No son realidades escindidas, sino expresiones complementarias de la misma vida humana orientada al bien: la ética ilumina el sentido, la moral lo encarna en la acción. Así se configura una unidad que vincula la interioridad de la conciencia con la exterioridad de las normas sociales, en continuidad con la tradición filosófica y en diálogo con los desafíos actuales.

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La persona es fundamento del valor y, a su vez, valora y actualiza. La dignidad humana legitima toda valoración que se orienta al bien y el ser humano vive en constante ejercicio de valorar y transformar sus pensamientos, acciones y conductas. La idea antropológica del proceso axiológico es clara: la persona es un ser valorante en un proceso dinámico: de la idea del valor se pasa a la praxis del hábito, a la generación de la conducta, la formación interna de la actitud, la cual da soporte al valor y éste a la virtud. Este itinerario integra la interioridad ética —coherencia personal— y la exterioridad social —legitimidad comunitaria—, mostrando que la valoración es la condición permanente de la existencia humana.

La ética de la persona valorante propone una antropología integradora: la persona es proyecto abierto de libertad responsable y fraternidad universal, capaz de transformar los valores en virtudes que perfeccionan los actos humanos y proyectan la dignidad hacia una cultura de paz, justicia y solidaridad.

La axiología moderna aporta la noción de jerarquía objetiva de valores, mientras que la filosofía contemporánea, con Adela Cortina, actualiza esta visión con enfoque democrático, destacando la necesidad de un núcleo mínimo de valores cívicos universales —justicia, respeto, igualdad, solidaridad y responsabilidad— para sostener la convivencia justa. La persona es el centro y sujeto de la axiología: su dignidad legitima, la valoración y la jerarquía ofrecen un horizonte de perfección que se concreta en la virtud y en la vida comunitaria.

Los estudios de Chen, Santavirta y Putkinen (2026), proponen un modelo de espacio neural de cuatro dimensiones para la inferencia moral, el cual permite la reflexión ética de que la persona humana está dotada de una arquitectura cerebral que favorece la interiorización de virtudes y la regulación de la convivencia social. El diálogo entre filosofía y neurociencia, por tanto, enriquece la comprensión de la persona como sujeto de valores: la primera aporta direccionalidad y sentido normativo, mientras la segunda confirma que la moralidad constituye un rasgo estructural de la condición humana.

Referencias

Aristóteles.Ética a Nicómaco. Traducción de Julián Marías y María Araujo. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1996.

Boecio.De persona et duabus naturis contra Eutychen et Nestorium. En: Obras filosóficas. Madrid: Gredos, 2000.

Tomás de Aquino.Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), varias ediciones (1952 en adelante).

García Hoz, Víctor (dir.).Tratado de educación personalizada. Vol. 2: El concepto de persona. Madrid: Rialp, [s.f.].

Bernal Guerrero, Antonio.Pedagogía de la persona. El pensamiento de Víctor García Hoz. Madrid: Escuela Española, 1994.

Bernal Guerrero, Antonio. “Análisis del Tratado de Educación Personalizada. Génesis y aportaciones”. Revista Española de Pedagogía, vol. 57, núm. 212 (1999), pp. 15–50.

Hartmann, Eduard von.Esquema de la Axiología.Leipzig: Wilhelm Engelmann, 1887.

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Cortina, Adela.Ética aplicada y democracia radical. Madrid: Tecnos, 1993.

Cortina, Adela.Ética mínima: introducción a la filosofía práctica. Madrid: Tecnos, 1986.

Cortina, Adela.Ética de la razón cordial: educar en la ciudadanía del siglo XXI. Madrid: Ediciones Nobel, 2007.

Cortina, Adela.Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la democracia. Barcelona: Paidós, 2017.

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Chen, J., Santavirta, S., Putkinen, V., Boggio, P. S., & Nummenmaa, L. (2026).Four-dimensional neural space for moral inference.NeuroImage, 327,https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2026.121724. [Chen, J., Santavirta, S., Putkinen, V., Boggio, P. S., & Nummenmaa, L. (2026).Espacio neural de cuatro dimensiones para la inferencia moral.NeuroImage, 327, 121724.https://doi.org/10.1016/j.neuroimage.2026.121724].

El delineado de las ideas y conceptos se ejecutó en diálogo con Microsoft Copilot.

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