Sarah Romero, National Geographic.

Berna, año 1905. Un joven empleado de una oficina de patentes suiza, de mirada despierta, está a punto de poner patas arriba todo el campo de la física clásica. Lo más curioso es que no está en un laboratorio rodeado de instrumentos punteros, sino que todo lo ideó en su mente.
Albert Einstein revolucionó nuestra comprensión del universo imaginando qué pasaría si pudiera cabalgar a horcajadas sobre un rayo de luz.
De aquella chispa nacieron los artículos de su Annus Mirabilis (año milagroso), donde sentó las bases de la relatividad especial y descifró el efecto fotoeléctrico, entre otras cosas. Pero pese a ser aclamado como una de las mentes más brillantes y destacadas de la historia, para él, «El verdadero signo de la inteligencia no es el conocimiento sino la imaginación».

La imaginación es el motor de la ciencia
Su forma de concebir el mundo es la base de todo. Para Einstein, el conocimiento, por su propia naturaleza, es limitado; representa todo lo que ya sabemos y comprendemos. La imaginación, en cambio, puede dar la vuelta al mundo y más allá; abarca todo lo que alguna vez habrá que saber y entender. Es un universo aparte.

Fue imaginarse esta escena en un edificio muy alto la que le permitió ver más allá de lo establecido y conectar conceptos que parecían irreconciliables. Siempre nos recordó que fue «el pensamiento más feliz de mi vida».
Y es que gracias a esa idea, a ese experimento mental, surgió la semilla de la Teoría de la Relatividad General (formulada oficialmente en 1915 y que explica el espacio-tiempo como una estructura capaz de deformarse debido a la masa y la energía presentes en el universo, de forma parecida a una superficie elástica que se hunde al soportar un objeto: cuanto mayor es su masa, mayor es la curvatura que provoca).

La ética del genio
Sin embargo, la inteligencia para Einstein no se limitaba a la capacidad de desentrañar los misterios del cosmos. Estaba intrínsecamente ligada a la ética y al propósito de la vida. En 1955, pocos meses antes de su muerte a los 76 años por un aneurisma de la aorta abdominal, el científico mantuvo una reveladora conversación con William Miller, editor de la revista LIFE. En aquella charla, Einstein también dejó entrever que observaba con preocupación cómo la sociedad moderna se obsesionaba con el prestigio, el dinero y el reconocimiento superficial.
El era muy consecuente con sus actos y su filosofía de vida, por lo que utilizó su inmensa plataforma gracias a ser un personaje tan conocido, para defender el pacifismo, los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos (colaborando con figuras como el sociólogo, historiador y activista William Edward Burghardt Du Bois) y advirtió incansablemente sobre los peligros de la era nuclear, a pesar de haber firmado la famosa carta al presidente Franklin Delano Roosevelt que impulsó el Proyecto Manhattan ante la amenaza nazi.
Hoy, en la era de la sobreinformación, con un escenario donde el «conocimiento» (entendido como datos o información) está a un solo clic de distancia, la reflexión de Einstein es más que importante.

Aunque las máquinas puedan almacenar y procesar información infinitamente más rápido que nosotros, no tienen -al menos, no aún-, esa chispa imaginativa que permite formular las preguntas correctas o soñar con realidades alternativas que pueden posibilitar futuros descubrimientos.
El verdadero signo de la inteligencia, nos recuerda Einstein, es esa capacidad puramente humana de asombrarse ante el misterio del universo, de imaginar soluciones inéditas y, sobre todo, de utilizar ese intelecto para aportar valor a la sociedad.