Dr. Rodolfo Hernández Gómez, exdirector del Hospital Nacional de Niños.
“Lo peor no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos». Martín Luther King Jr.
A lo largo de mi vida, he visto pasar dieciséis presidentes y una presidente, con personalidades muy distintas.
Los he visto serios, joviales, académicos, médicos, abogados, economistas, autodidactas, hijos de expresidentes, todos con un común denominador, respetuosos de nuestra cultura, de los principios y valores que construyeron a Costa Rica, con un lenguaje conciliador, acorde al puesto que ocuparon y con claridad en su dialéctica, no confundían la discusión de ideas con ataques personales y mucho menos caer en poses arrabaleras, chabacanas o de matonismo de cantinas.

No sentíamos en ninguno de aquellos momentos que la Democracia, el Estado de Derecho, las Garantías Sociales y/o la independencia de los Poderes de la República estuvieran en peligro.
Aquellos presidentes entendieron que el cargo que ocupaban era -y sigue siendo- de representación, por lo que lo debían honrar y engrandecer.
El hombre hace al puesto y no el puesto al hombre, para sentirse como reyes sin corona.
Las cosas han cambiado desde las elecciones del 2022.
El pachuquismo, chabacanería, la confrontación, las faltas de respeto y la quema de puentes, invadieron la política costarricense, especialmente con dos poderes que degradan sus puestos, el Ejecutivo y el Legislativo.

¿Por qué ha ocurrido este cambio?
El 2 de octubre 2024, publiqué en la Revista Visión CR, un artículo titulado “Violencia Política, Una Nueva Epidemia,” y sostuve que “…la escalada de violencia guarda relación con el discurso incendiario e irrespetuoso del Presidente Chaves y algunos de sus acólitos”.
Cuando un presidente – de cualquier país y de cualquier ideología – gobierna gritando, faltando el respeto y mintiendo, las consecuencias no son solo de estilo. Son medibles y siguen el mismo patrón, además de ser contagiosas, como lo hemos palpado con la actual presidente Laura Virginia Fernández, que ha copiado la dialéctica, aunque no la haga ver auténtica ni mucho menos bien.

Esa conducta normaliza el grito, el irrespeto y la mentira, pues si el presidente insulta, el ministro insulta, el diputado insulta, los asistentes a actividades políticas insultan -y les aplauden-.
Esto seguirá en una cadena y veremos el profesor insultar, el estudiante insultar, el vecino insultar y el de la calle insultar, y así y así y así…
Vemos como el Poder Legislativo evidencia un deterioro ético y moral importante. Pasaron de discutir proyectos, nuevas leyes, revisión del presupuesto nacional y nombramiento de puestos de acuerdo con la normativa, a discutir sobre personalidades, mostrando lo más bajo de su educación, con gritos, burlas, amenazas de romper caras, silbidos, todo concordante con la “Universidad del Lero Lero.”
Por favor trabajen, cumplan con la responsabilidad encomendada por sus electores.
Ocupar puestos para los que no se está preparado y no generar acciones que beneficien a los habitantes de la Nación, también es un acto de Corrupción.
El presidente es el maestro de ceremonias del país. Lo que hace el de arriba, sirve de permiso para hacerlo al de abajo.
Las consecuencias morales son claras. Los menores aprenden a gritar, mentir e insultar sin consecuencias, lo que es grave.

Los funcionarios aprenden que para ascender, el conocimiento es secundario, es más importante ser leal que competente. La idoneidad se cambia por la obediencia. Ejemplos abundan en la asignación de diputaciones, embajadas y puestos de gobierno.
Existe un estudio de la Universidad de Costa Rica del 2023 sobre cultura cívica, que muestra que el respeto a la institucionalidad no se enseña en la escuela, se copia de los líderes.
Imaginen el ejemplo que dan el ex presidente Chaves, hoy ministro de Hacienda y Presidencia, y los diputados de Partido Pueblo Soberano, al irrespetar las resoluciones de la Sala Constitucional, los recortes al presupuesto para Seguridad, Salud, Educación, redes de Cuido Infantiles, entre otros.

Un presidente que tergiversa la verdad entra en lo que se llama “déficit de credibilidad”.
Estudios realizados en otras latitudes muestran que las primeras mentiras generan polémica, después de una docena la gente empieza a verificar lo que se dice y cuando se sobrepasa 50, ya nadie le cree, aunque diga la verdad.
Esto es muy peligroso, en una crisis real a lo interno y a nivel internacional.
Si se gasta la credibilidad en peleas diarias, en una emergencias nadie hace caso.
A nivel internacional, la inversión extranjera no le teme a gobiernos de derecha o izquierda, le teme a la imprevisibilidad e inseguridad jurídica.
El estilo de capataz de compañía bananera, sin Código de Trabajo, es el de “yo mando, yo grito, yo insulto, yo soy dueño de la verdad y si no me rinden obediencia me desquito con despidos”, podría funcionar por un tiempo, pero no para siempre.
Ya hemos vivido algunas cosas, como el no pago de lo adeudado por el Estado a la CCSS, las listas de espera cada día más largas, los atrasos en el pago de salarios, el aislamiento al insultar a diputadas y diputados no oficialistas, a Magistrados con solidez académica insultados por personas sin educación, insultos al Fiscal General y a la Prensa Independiente.
La democracia no muere por que un presidente grita, muere cuando los ciudadanos no reaccionan y más bien aceptan que gritar es la normalidad.
Pensar diferente y decirlo sin temor es necesario para defender nuestra democracia.