Ahí vamos, las maquinitas del odio

Ahí vamos, las maquinitas del odio

Jacques Sagot, pianista y escritor.

¡Cómo nos gusta, ver a la gente canibalizarse!  El “síndrome de la pelea de gallos”: la faceta más sórdida y primaria del deporte.  Venden bien, los pleitos, tal parece.  El mordisco de Suárez, la batahola Pinto-Federación, y ahora, el cabezazo de Brandao, que se abalanza contra Motta con presteza de depredador, le quiebra la nariz, y sale zigzagueando entre los túneles, como un chiquillo cobarde en un patio de escuela.

¿Grotesco, ridículo, esperpéntico?  Todo eso, sí, pero en primer lugar, profundamente triste.  El deporte ha capitalizado con el atizamiento de los binomios del odio: Alí-Frazier, Menotti-Bilardo, Pelé-Maradona, Borg-McEnroe, Karpov-Kasparov, Messi-Ronaldo, Ramírez-González, Alí-Frazier, Fangio-Fitipaldi, Saprissa-La Liga…  Siempre tenemos una rivalidad “de moda”, el “sabor del mes”, la inquina rentable, la fricción que sazona el deporte, esa disonancia sin la cual la competencia –creemos– resulta sosa, insípida.

Filosofía contra el fanatismo – Biblioteca de Nueva Acrópolis

Veo –cada vez con menos frecuencia, pues el espectáculo termina por generar náusea y dolor de estómago– los zafarranchos personales que se escenifican todos los días en nuestra Asamblea Legislativa…  ¡Cielo santo: qué gente tan infeliz, qué falta de armonía y de paz en sus almas, qué frenética necesidad de agredirse los unos a los otros, qué dinámica del odio y del insulto apenas velados se percibe en estos pleitos de quinto patio!  ¡Son personas que viven empantanadas en una marisma de bilis, de sangre, de ácido pancreático, de orines y excremento!

¿Qué revela nuestra adicción a las duplas del aborrecimiento, a los duelos del far west?  ¿Qué oscura dimensión de nuestra psique expone tal necesidad de querella, patadas, dentelladas y cabezazos?  ¿Qué dice de nosotros, esta especie de toxicomanía, en la cual nos definimos –tales adscripciones operan como un principio de identidad– por nuestra filiación a una figura, y nuestra correlativa antipatía por otra?

Hemos llegado al punto en que, dentro de nuestras calidades civiles, deberíamos consignar si somos hinchas del Saprissa o la Liga, fans de Messi o Ronaldo.  Por encima de la fecha de nacimiento, del “casado” o el estigmatizante “divorciado”, y de la profesión y lugar de residencia, nuestra cédula de identidad debería estipular cuál es el equipo y jugador de nuestros amores, y –lo que acaso sea más importante– quiénes suscitan nuestra repulsa visceral.

¿Por qué tenemos que definirnos en función de nuestra militancia deportiva, y la demonización del rival?  ¿Por qué fundar nuestra identidad sobre tales antagonismos?  ¿Quiénes los crean y se benefician con ellos?  ¿De qué juego terminamos por ser cómplices, al participar en estos circos romanos mediáticos?  ¿Qué es lo que, en el fondo, odiamos, cuando abucheamos a un equipo, un director técnico, un federativo, o un jugador?  ¿No tenemos otra plataforma en la cual asentar un principio de identidad?

Nocivo Fanatismo

¿De dónde procede esta patológica necesidad de alimentar los binomios del odio?  ¿Qué fantasmas de nuestro subsuelo psíquico ponen en evidencia?  ¿Qué retrato implícito de nuestro ser íntimo y profundo se desprende de ellos?

¿Somos aquello que amamos y odiamos?  (que creemos amar y odiar, sería más exacto decir).  Algo anda muy mal, amigos.  Ni el deporte ni la política (aun cuando ambas son actividades pugnaces) fueron jamás concebidos para generar esas máquinas del odio, perfectamente calibradas y lubricadas, en que nos hemos transformado.  Engranajes programados para idolatrar o agredir.  El fútbol, la política: érase una vez una fiesta que degeneró en carnicería.

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