Jacques Sagot, pianista y escritor.

“Estoy convencido de que nos encontramos a la muerte varias veces durante la vida, pero no la reconocemos. Si acaso alcanzamos a sentir el escalofrío. A menudo en la mirada de los demás.” M. Cioran.
Muerte, dulce muerte, ¿y si fueses tú quien asume los rasgos de la amada para mejor atisbarme? ¿No vendrás hoy a arrullarme en tu tibio regazo, a cantarme la canción de cuna que mi corazón hace tanto sospecha? Devuélveme a la Luz, la única, esa que no aprisionan los relojes ni danza sobre la punta de los cirios.
Ayer rozaste mi mejilla y estoy aun transido de emoción: no brotó la escarcha sobre mi piel, y la calidez de tu caricia ha llenado mi cuerpo de inéditas ternuras. Siento ya tus manos posarse sobre mi pecho y abrirse camino hasta mi corazón. La palpitante víscera tomarán con la infinita delicadeza con que una niña acunaría un pajarillo recién nacido que ha caído del nido. Entre tus manos mi corazón se solazará, y se cerrará como las corolas de las dormilonas al contacto de la brisa y de los insectos.
Replegado sobre sí mismo quedará mi corazón, calentito entre tus palmas blandas, esos dedos infinitos de donde penden los mágicos hilos del sueño. Barcarola sin fin será tu arrullo, barcarola en Si bemol menor, la tonalidad de mi alma, barcarola susurrada al oído, pues ¿no debe acaso musitarse todo aquello que hombre y mujer se dicen uno al otro en el húmedo tibior de las bocas unánimes?

Liba mis heridas, y transforma en miel pura los ríos de hiel que de ella supuran. Hazme música. Que no sea yo sino vibración, aire estremecido, la materia sin materia de que está hecha la poesía. Entonces me confundiré con mi propio canto, seré verso y armonía, y habitaré en las grutas basálticas donde el viento salmodia sus tristes letanías, tanto como en los labios de las niñas que gorjean y entonan sus rondas a la sombra de los huertos en flor. ¡Ser transformado en melodía! ¿Qué mayor bendición para un músico? ¡Una línea apenas en la infinita sinfonía de la vida, una línea trenzándose con el canto de las aves y la voz misma de los ángeles! Muerte, mi linda hilandera de melodías, en tus diestras manos pongo mi ser. Sea mi alma materia sonora dúctil para tus vagarosas improvisaciones. Sea esta lira cascada de mi corazón capaz aun de fecundar tu numen y adquirir en tus manos la dignidad de esos viejos instrumentos que compensan su vetustez con la nobleza y calidez de su voz.
Pero para ello tendrás que cantarme primero, no lo olvides, y hacerme dormir hasta que la música –toda esa que en mi pecho yace aún cautiva– tome en mi cuerpo exánime el glorioso relevo del Ser. Devota nodriza, suprema alquimista, gran transfiguradora, solo haciéndome despertar de este sueño que es la vida lograrás convertirme en romanza, en cavatina, en himno triunfal, y echarme a correr por el mundo entero como el proverbio que vuela a lomos de la palabra y del viento.