César G. Fernández Rojas, profesor jubilado y miembro fundador de la Comisión Nacional de ëtica y Valores.

Este artículo lo he orientado a ser un conversatorio interior donde, espero, cada idea despierte resonancias. Dos trabajos publicados recientemente: el êthos de la ética de la personalidad y el êthos de la ética de la persona, ¿cómo se diferencian en la vida cotidiana? Hablar de ética es escuchar la voz interior que nos habita.
Para el êthos de la ética de la personalidad los valores y las virtudes se encarnan como hábitos subjetivos, aprendizajes personales, modulados por la propia historia y el carácter individual; en tanto, el êthos de la ética de la persona nos proyecta hacia un horizonte general de valores fundamentales e integrales y virtudes que nos vinculan a todos como humanidad ontológica, corpórea, racional, afectivo-emocional, ética y espiritual.

El êthos de la vida cotidiana es el lugar de encuentro entre la singularidad de la personalidad y la universalidad de la persona. Donde los rasgos individuales se orientan hacia los gestos sencillos, se despliegan como convivencia de la práctica diaria, y los valores universales se sitúan como valores y virtudes comunes.
Ambos êthos comparten un suelo habitual en el que cada acción —desde el saludo amable hasta la defensa de la justicia— se convierte en expresión de voluntad, autodisciplina y participación. La vida cotidiana es, así, es el espacio donde se armonizan las dimensiones del êthos de la interioridad que nos distingue y el êthos de la dignidad que nos une, dando forma a una ética vivida en cada gesto, palabra y decisión.
El êthos no es una abstracción distante ni un concepto reservado a los tratados filosóficos: es la organización interior que sostiene cada disposición de nuestra vida: es la manera de opinar, la forma de escuchar, el modo de compartir o callar, lo cual revela una ética personal. Descubrimos que el êthos habita en cada actitud y disposición de la convivencia diaria.
La ética no se transparenta solo en los grandes dilemas, también lo hace en los pequeños actos de conciencia o bondad que configuran nuestra vida. Vivir con responsabilidad, educar en valores, ejercer la libertad con dignidad y apertura al otro: he ahí la tarea cotidiana que convierte la existencia en un camino hacia la plenitud que se abre a la trascendencia.

En este sentido, la moral cumple una misión mediadora de convertir la virtud íntima en un compromiso común, de situar los rasgos personales en la construcción de una humanidad compartida. Así, el êthos de la vida cotidiana será un proyecto de integración: une lo que cada uno de nosotros cultiva en su interior, con lo que todos necesitamos fortalecer para convivir en una sociedad solidaria y relacional, porque la vida social es un entramado de vínculos ontológicos que nos constituyen como seres humanos.
Êthos de la personalidad: Cada persona lo vive de manera única, de ser cómo se es, según el perfil del temperamento, el carácter, la educación recibida y el estilo de vida. Es lo que la gente percibe de nosotros: si somos alegres, reservados, impulsivos o reflexivos. En la vida cotidiana, esto se nota según reaccionamos en el hogar o en la vida social, en el trabajo, en la manera de tratar a los demás, en los hábitos que repetimos. Es como el “rostro visible”, “la marca personal” de nuestra personalidad que cada quien va construyendo y lo traduce en hábitos, actitudes, costumbres y conductas.
El Êthos de la personalidad no existe aislada. Se forma y se expresa en interacción con los demás: la familia, la escuela, la comunidad, la cultura. Por eso hablamos de un êthos de la personalidad social, en el sentido de que los rasgos individuales se ven moldeados por normas, valores, virtudes y expectativas colectivas. La pertenencia a un grupo, la tradición cultural y las instituciones educativas moldean virtudes, valores, actitudes, hábitos, costumbres, normas, creencias, lenguajes y símbolos, configurando la convivencia y el reconocimiento mutuo como comunidad.

De este modo, el êthos de la personalidad se origina en la intimidad del carácter y madura en el crisol de la comunidad. En este proceso psico-personal-social, del paso del êthos individual al êthos social, las actitudes constituyen una categoría integradora: ellas condensan creencias, valores, virtudes, hábitos y costumbres en disposiciones relativamente estables que orientan la acción y la convivencia.
Las actitudes son organizaciones relativamente duraderas de creencias acerca de un objeto o situación, que predisponen a responder de cierta manera. En ellas se integran valores, hábitos y normas que guían la conducta.(Cfr. Rokeach, Milton. Creencias, actitudes y valores: una teoría de la organización, San Francisco: Jossey-Bass, 1968, p. 112).
En la psicología social, las actitudes se definen como disposiciones aprendidas que orientan la conducta hacia objetos, personas o situaciones. Estas disposiciones integran componentes cognitivos (creencias y valores), afectivos (emociones y sentimientos) y conductuales (hábitos y costumbres).Por eso se puede afirmar que las actitudes son un marco integrador de disposiciones relativamente estables de la vida cotidiana.
Êthos de la persona: nace en lo más íntimo: en esa libertad interior que nos permite decidir quiénes somos y cómo queremos ser. Pero no se queda ahí. Su horizonte es social, porque se realiza plenamente en la relación con los demás. En lo profundo, este êthos se sostiene en la libertad y la dignidad que cada ser humano lleva consigo, como principios que guían la conciencia, la justicia, integridad y reconocimiento más allá del carácter individual o la personalidad.
Se vive como una unidad fundante existencial: cuerpo, mente y espíritu entrelazados en una totalidad que actúa, discierne y se abre al sentido de la humanidad. Esa unidad se expresa en valores, virtudes, derechos y deberes que revelan la dignidad compartida como raíz de toda existencia.

Es también una unidad normativa, porque está sostenida por reglas y principios que ordenan la vida común y nos proyectan hacia la trascendencia: tener apertura al otro, a la comunidad y a lo eterno.
En síntesis, el êthos de la persona es la manera de decir que la dignidad humana se convierte en un orden ético-jurídico compartido, que nos iguala y nos obliga a reconocernos mutuamente como seres humanos. En lo cotidiano, aparece cuando defendemos derechos, cuando cuidamos al otro, cuando decidimos con conciencia y libertad. Es la ética que sostiene nuestra condición de humanidad y lo que nos une más allá de las diferencias, porque todos tenemos esa raíz común que nos hermana.
En la sobremesa de una familia, alguien comenta: —“Yo soy ordenado, me gusta tener todo en su lugar”, y lo dice con altivez. Otro responde: —“Claro, esa es tu manera de ser, tu personalidad. Puedes o no ser ordenado, pero hay que guardar el respeto.” Y la abuela agrega: —“Exacto. El orden es tu rasgo personal, pero la dignidad pertenece a todos. Los hábitos se adquieren o cambian con el tiempo; lo que nunca debe variar es que cada persona merece ser reconocida y considerada con respeto.”
La escena ilustra con sencillez la diferencia entre personalidad y persona. Un rasgo como ser ordenado o desordenado pertenece al ámbito de la personalidad: estilo propio, cambiante y adquirido con el tiempo. La dignidad, en cambio, permanece invariable: no depende de hábitos ni defectos, sino de la condición humana que nos iguala. Debemos comprender que los defectos no son enemigos a destruir, sino fuerzas desbordadas que pueden moderarse y educarse, mientras la dignidad se mantiene como raíz común.
Podemos deducir que el êthos de la personalidad consiste en cultivar virtudes y moderar defectos en la vida diaria. Todo ser humano camina acompañado de ambos. Los defectos, lejos de ser obstáculos, son expresiones intensificadas de una virtud que necesita atención y equilibrio. Como explica la psicóloga María Jesús Álava Reyes, muchos defectos son hábitos “pasados de tono”: la timidez extrema nace de la prudencia, el perfeccionismo de la búsqueda de la excelencia, la impulsividad de la pasión.
Referencias:
Álava Reyes, M. J.La inutilidad del sufrimiento. Madrid: La Esfera de los Libros. 2004.
Álava Reyes, María Jesús.Lo mejor de tu vida eres tú. Madrid: La Esfera de los Libros. 2014.
Por estas razones los especialistas señalen que los defectos personales pueden moderarse cuando se suaviza su intensidad para que no dañen, modificarse cuando se transforman en conductas de moderada reacción y educadas cuando se convierten en aprendizajes, buenos hábitos y actitudes conscientes. La clave está en reconocer la virtud subyacente, diseñar estrategias concretas y aplicar autocompasión para sostener el cambio. En este sentido, los defectos se convierten en maestros del carácter: enseñan paciencia, firmeza y humanidad.

En la trayectoria de las “escalas de valores” encontramos un legado profundo, especialmente en las reflexiones de Max Scheler y Nicolai Hartmann. No se trata aquí de repetir sus teorías, sino de comprender cómo, tanto en la ética de la personalidad como en la ética de la persona, hablamos de los mismos valores y virtudes. La diferencia no está en la materia —pues justicia, solidaridad, respeto, paciencia o valentía son comunes a ambas—, sino en el nivel de referencia desde el cual los entendemos.
Cuando hablamos de valores en “escala”, reconocemos que no aparecen aislados, sino organizados en un orden que orienta la vida humana:
- Jerarquía, porque algunos valores tienen mayor peso que otros (la justicia prevalece sobre la cortesía).
- Gradualidad, porque un mismo valor puede vivirse en distintos grados de intensidad (la solidaridad ocasional frente a la constancia de la bondad).
- Orden estructural, porque la escala organiza los valores en sistemas coherentes, evitando contradicciones y mostrando sus relaciones.
Este orden universal se refleja en dos planos:
- En la ética de la personalidad, los valores se encarnan en el estilo individual, modulados por el temperamento y carácter: paciencia, valentía, generosidad, orden.
- En la ética de la persona, esos mismos valores expresan la dignidad compartida y universal: justicia, solidaridad, respeto, compasión.
Así, los valores se leen en dos niveles de referencia: en la personalidad, como hábitos singulares y actitudes que configuran un estilo ético propio; en la persona, como exigencias de la condición humana que nos obligan a todos por igual.
En la práctica, alguien puede valorar la eficiencia en el trabajo, pero si surge un conflicto con la honestidad, la escala ética indica que la honestidad debe prevalecer sobre la eficiencia.
Referencias:
Scheler, Max. El formalismo en la ética y la ética material de los valores. Madrid: Caparrós, 2000.
Hartmann, Nicolai. Ética. México: Fondo de Cultura Económica, 1954.
Ilustración práctica: Observemos cómo el êthos de la ética de la personalidad y de la persona se manifiestan en situaciones concretas de la vida cotidiana: el cuidado, la solidaridad, la defensa de derechos, la educación en valores, para complementar la densidad conceptual.

Estamos recorriendo dos caminos que se cruzan en el mismo paisaje: los valores y las virtudes. La diferencia no está en la sustancia —pues en ambos casos hablamos de justicia, generosidad, respeto, fortaleza, compasión— sino en el modo en que esas virtudes se encarnan y se expresan.
Caso de ética de la persona: El pañuelo blanco como suelo ético.
En los días oscuros de la dictadura, un grupo de madres comenzó a caminar en círculo en la Plaza de Mayo. No podían permanecer quietas porque la policía lo prohibía; el círculo era su forma de minimizar la represión sin romper la norma. Pero más allá de la estrategia, cada paso estaba cargado de amor: lo hacían por sus hijos y familiares desaparecidos, por la memoria que se negaba a ser borrada.
La libertad se desplegaba como un vuelo de palomas que rompía el silencio del miedo.
La justicia aparecía como un río subterráneo que insistía en salir a la luz, empujado por la memoria de los ausentes.
La dignidad se afirmaba en el pañuelo blanco, convertido en estandarte de pureza y resistencia, símbolo de que cada vida humana es inviolable.
Ese círculo de mujeres se transformó en un árbol de raíces profundas: cada nombre pronunciado era una raíz que sostenía la memoria. Así, la ética de la persona se convirtió en el suelo fértil donde la existencia humana se desplegaba con libertad, justicia y dignidad, iluminando la conciencia colectiva.
Cada vuelta del círculo no era solo resistencia: era una resolución profunda en derechos humanos que se habría al futuro, mostrando que la ética de la persona, podía sostener la vida colectiva más allá de la violencia y el silencio.
Caso de ética de la persona: El cateterismo que no se aplicó a tiempo.
“El paciente falleció de un cuadro de infarto agudo de miocardio y shock cardiogénico”. Con suma valentía la jefa del servicio de Cardiología denunció, ante la Gerencia Médica, que el paciente habría fallecido “porque, al parecer, lo dejaron en espera en forma intencional… señalando presuntas inconsistencias y situaciones graves relacionadas con la oportunidad de atención, coordinación del procedimiento de Hemodinamia y la programación del cateterismo cardíaco indicado de manera urgente por la especialista tratante… En la denuncia la médica insistió en que el paciente falleció porque, aun cuando se informó de la necesidad del cateterismo urgente, el procedimiento se agendó para el fin de semana, lo que habría significado dejar al paciente esperando infartado y con insuficiencia cardíaca por dos días”. (Cfr. La Nación, El País. Médica denuncia muerte de paciente porque lo dejaron intencionalmente en espera. Págs 4,5. 26 de mayo de 2026).

Este es un acto de responsabilidad profesional frente a una injusticia institucional. La denuncia de la jefa de Cardiología es un símbolo de responsabilidad ética: su voz se convierte en un acto de justicia y defensa de la dignidad de este paciente y delos enfermos, en general.
El caso del cateterismo no realizado a tiempo revela otra dimensión de la ética de la persona: la obligación de reconocer la dignidad en el ámbito sanitario. La muerte del paciente no puede reducirse a un fallo técnico o administrativo; se trata de una vulneración del derecho fundamental a la atención oportuna, que es inseparable del derecho y el respeto a la vida.
La denuncia de la jefa de Cardiología se convierte en un acto ético: su voz rompe el silencio institucional y recuerda que la vida humana no puede quedar en espera. Allí, la justicia se manifiesta como exigencia de transparencia y responsabilidad; la libertad, como valentía de conciencia frente a posibles represalias; y la dignidad, como raíz inviolable que obliga a tratar cada paciente no como un número en una lista, sino como una persona única e irrepetible.
Es también un acto cívico porque al denunciar públicamente la negligencia, la médica trasciende el ámbito individual y se sitúa en el espacio social. Su acción fortalece la confianza en las instituciones, exige transparencia y recuerda que la ciudadanía implica velar por el bien común. Es un gesto que defiende a toda la comunidad que depende de un sistema de salud justo y confiable.
Caso de ética de la personalidad: El vecino que comparte su cosecha.
En un barrio rural, un hombre cultiva un pequeño huerto detrás de su casa. Cada temporada, cuando la tierra le regala tomates, frijoles tiernos y hortalizas frescas, que llenan la mesa de su familia, asegurando el alimento cotidiano y el sabor hogareño; cuando la cosecha es abundante él no guarda el excedente ni lo vende: la reparte entre sus vecinos. Con cada entrega, su bondad se convierte en un hábito que lo define, porque su carácter lo inclina a compartir lo que tiene.
Aquí la generosidad no es un principio abstracto, sino un rasgo de su personalidad: un hábito que se repite y que determina su identidad personal.

Su amabilidad se convierte en parte de su êthos personal, en la marca ética que lo distingue: alguien que da sin esperar nada a cambio. Aunque el acto es sencillo, en él se refleja cómo la ética de la personalidad se encarna en los hábitos concretos que moldean la convivencia.
Así, la ética de la personalidad se muestra como un estilo de vida singular, donde la virtud de la generosidad resalta la condición de su carácter, la historia personal y se expresa en gestos cotidianos que enriquecen la convivencia con sus vecinos.
En la persona, los mismos valores se elevan a un plano más universal: ya no son solo la generosidad de alguien, sino el bienestar de todos; no es solo la solidaridad de un individuo, sino la gratitud que nos obliga colectivamente. Aquí las virtudes se presentan como la conciencia ética que trascienden la singularidad y nos recuerdan que cada ser humano, por el hecho de ser persona, participa de un horizonte común de valores.
Caso de ética de la personalidad: Gestos que hacen más llevadero el día de los demás.
En la oficina Marta es conocida por su carácter alegre. Siempre saluda con una sonrisa y transmite felicidad con su entusiasmo. Ese modo de ser refleja su êthos de la personalidad: la manera en que su carácter y estilo se convierten en ética cotidiana, con gestos que hacen más llevadero el día de los demás.
Una tarde, sin embargo, ve que un compañero nuevo está siendo tratado con desdén por otro colega. Marta, que podría haberse quedado callada, decide intervenir y defenderlo con firmeza: –“Todos merecemos la consideración y la amabilidad, no importa si apenas empiezan”. Ese gesto no depende de su carácter alegre, sino de algo más profundo: su êthos de la persona, la conciencia de la dignidad humana que trasciende los rasgos individuales.

Así, en la vida diaria, el êthos de la personalidad se nota en cómo cada uno renueva cotidianamente su trato con los demás —ser paciente, entusiasta, ordenado—, mientras que el êthos de la persona aparece cuando actuamos desde la raíz de nuestra humanidad, defendiendo lo justo y cuidando al otro, aunque no lo conozcamos.
Conclusiones generales:
El êthos es la morada interior que sostiene nuestra vida cotidiana en tres planos complementarios:
Êthos de la personalidad: se manifiesta en hábitos, virtudes y rasgos singulares que configuran el estilo ético de cada individuo. Es la marca personal que se expresa en gestos concretos —la generosidad del vecino que comparte su cosecha, la alegría de Marta que hace más llevadero el día— y revela cómo el carácter se traduce en convivencia.
Êthos de la persona: se despliega en el horizonte universal de valores que nos obligan a todos por igual. Justicia, dignidad, solidaridad y compasión no dependen de temperamentos ni costumbres, sino de la raíz común de humanidad. Se manifiestan en actos que trascienden lo individual —el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo, la denuncia valiente de la médica que defendió la dignidad de un paciente— y recuerdan que la vida humana es inviolable.
Êthos de la vida cotidiana: es el puente donde ambos planos se encuentran. Se expresa en gestos sencillos y decisiones ordinarias que configuran la convivencia: el saludo que reconoce al otro, la paciencia frente a la dificultad, la solidaridad en un gesto de ayuda, la justicia defendida en una conversación honesta. Aquí las virtudes personales adquieren sentido pleno al orientarse hacia valores universales y que también se encarnan en la vida concreta de cada persona.
En síntesis, el êthos de la personalidad, el êthos de la persona y el êthos de la vida cotidiana son tres caminos que se cruzan en el mismo paisaje ético: uno nos distingue en la singularidad, otro nos une en la dignidad compartida y el tercero los integra en la práctica diaria. La ética se convierte así en un proyecto de integración: cultivar virtudes, reconocer valores universales y encarnarlos en la vida cotidiana. Cada acción —desde el cuidado íntimo hasta la defensa pública de derechos— forma parte de un mismo suelo ético que nos orienta hacia la plenitud humana.
La tarea cotidiana convierte la existencia en un camino hacia la trascendencia: allí donde lo humano se colma, lo eterno comienza.