Así escribo

Así escribo

Jacques Sagot, pianista y escritor.

¡Contar un cuento!  ¿Hay experiencia más bella en la vida?  Sí: la poesía y la música nos revelan dimensiones mucho más altas del Ser.  Pero después de ellas, el simple hecho de contar una historia es, creo, la práctica literaria más atávica y ancestral en la historia del mundo.  Y el autor de la vasta mayoría de los cuentos que circulan hoy en día es el mismo.  Se llama Anónimo, y es el escritor más pródigo y feraz de la historia de la literatura universal.  Nada se sabe de él.  Prefirió morir para que su obra subsistiera.  Más aún: dejó que sus propios cuentos, como un enjambre de hijos infames y desnaturalizados, sobre él se lanzaran y lo apuñalaran.  Todo cuento anónimo es un parricida.  ¿Iván, Dimitri, Aliosha, Smerdiakov?  No lo sé: a fin de cuentas, cualquiera de los cuatro –salvo, quizás, Aliosha– pudo haber matado al viejo Fyodor Karamazov.  El acto lo perpetró Smerdiakov, pero lo soñaron, invocaron y desearon los otros tres miserables.

Si Dios no existe, ¿está todo permitido? Reflexiones con Dostoyevski

He pensado con frecuencia en torno al destino de mis cuentos.  Son buenas criaturas: sé que no me asesinarán.   Jamás serán anónimos… y es cosa que, por poco, deploro.  Mi nombre, mi autoría son lo menos importante de mi obra.  Lo único que cuenta es el acto de la escritura.  Es el medio con el cual difiero mi muerte, y compro la próxima bocanada de aire.  Si la literatura no es, esencialmente, una estrategia de vida, entonces no es nada.  Mis cuentos –y a fortiori, mis libros– son barricas en mitad del océano.  Solo me desprendo de una para aferrarme a la otra.  Es así como concibo la literatura: stricto sensu, una cuestión de vida o muerte.  “¿Por qué escribe usted, señor Sagot?”  “Porque de no hacerlo me moriría”.  He ahí la respuesta.  La única.  La que daba hace cuarenta años, y la que sigo dando hoy.  Iré más lejos: pienso que todo aquel que escribe por hacer dinero es un frívolo, un mercenario de la palabra, y uno de los mercaderes que Cristo expulsó del templo, en el único arrebato de ira brutal e incendiaria que consignan los evangelios.  Pero no fue suficiente.  Les faltó azote, a los mercachifles.  Cuarenta latigazos menos uno, infligidos en la plaza pública y enconados por aspersiones de ácido y sal, no hubieran constituido castigo adecuado para su putería.

Los cuentos que en mis recientes libros propongo se imbrican bien con los de libros anteriores, en particular, con los del ciclo Déjame morir.  Hay, entre ambos libros, un continuum de tono y de tema, y ello a pesar de que los separan cuatro años.  ¿Más de lo mismo?  Quizás, y no pido disculpas por ello.  Un escritor no elige sus temas: eso lo sabemos desde hace mucho.  Cada vez cobra más relieve, en la moderna crítica literaria, la noción de “obra única”.  Es un criterio al que conforman, sin duda, Poe, Mallarmé, Kafka, Proust, Valle-Inclán, Unamuno, Beckett.  ¿Formaré quizás parte de tan distinguida delegación?  No lo procuro, pero tampoco movería un dedo por evitarlo.

Hombre Escribiendo Una Carta Vieja Antigua Pluma Libros Y Rollo De Papiro Sobre La Mesa Ambiente Histórico Foto de stock y más banco de imágenes de Escribir - iStock

Mis cuentos son elaboraciones hechas a partir de una visión matriz –a menudo onírica– de una imagen, de una idea poética, de un capricho o absurdidad, al cual luego doy forma y transformo en anécdota, en narración.  Pero el corazón del relato es siempre ese núcleo irreductible, esa imagen que, inexplicablemente, brotó en mí, en el momento en que menos lo esperaba.  Si cabe hablar de un método –siquiera de un procedimiento– para transformar la visión inicial en narración plenamente desarrollada, no hay por el contrario ninguna manera de inducir artificialmente esa visión primigenia.  Un buen día –o una mala noche– me asalta esta visión de pesadilla de un hombre que estaría prendido en una telaraña.  No sé cómo ni por qué la foto mental se decanta en mí.  Luego tomo el cuadro, y desarrollo en torno a él –de manera excéntrica y eferente– el marco que la convertirá en narración.  Pero el proceso siempre parte del centro hacia afuera: el relato es centrífugo, una excrecencia de la visión inicial.  En honor a la verdad, si fuese pintor, me contentaría con reproducir en la tela la imagen matriz.  Pero en tanto que cuentista, me veo obligado a insertarla en un tejido narrativo del cual sería eje y núcleo.  Esto no es un ars poetica: no pretendo ser prescriptivo, sino meramente descriptivo: comparto con ustedes un secreto, el secreto de la génesis de mis cuentos.  El procedimiento es misterioso e inexplicable aún –o quizás sobre todo– para mí.

He escrito mis libros con angustia.  Vamos, el acto de escribir siempre es gozoso, y esta no fue ciertamente la excepción.  Me refiero a otro tipo de angustia.  Y la formularé de la más simple manera que sea dable concebir: me daba miedo morirme antes de terminarlos.  Como si con ellos evacuara algo que pidiese a gritos salir, que exigiera un exutorio directo y eficaz.  Quisiera poder decir que los escribí –al decir de Goethe– “sin prisa pero sin pausa, como los astros del firmamento”.  Pero, muy por el contrario, los escribí con prisa y con las pausas a que la fatiga ocasionada por aquella me obligaba.  En suma, desoí en todo punto los preceptos del Sabio de Weimar.  Con angustia los escribí, sí.  Con premura, con zozobra.  ¿Habrá este estado del espíritu afectado su calidad?  No lo creo, pero ese no es un juicio que me corresponderá a mí emitir.  ¿Morirme, y llevarme conmigo ese fárrago de visiones, de personajes que se apretujaban a las puertas del ser, reclamando para ellos la luz?  ¿Condenarlos a no ser?  Y esta quizás absurda inquietud pesó sobre mí.  En todo momento.  Desde que inscribí el título hasta que elaboré el contenido del libro.  Escribí con jadeo y taquicardia, con ritmo sincopado de asmático, sofocado, bufando más bien que respirando.

Gustavo Adolfo Bécquer

Recuerdo que Gustavo Adolfo Bécquer expresa en el prólogo de sus Rimas similar angustia.  Recuerdo también no haberla comprendido, cuando por primera vez leí el libro, allá, en “mis más jóvenes y vulnerables años” (Fitzgerald).  Pero ahora, ¡ay!, sí que la comprendo.  No sé por qué.  Transcribo, a continuación, el prefacio de Bécquer, que expresa mejor de lo que yo podría jamás hacerlo la naturaleza de mi angustia, y que acaso sea lo mejor del por demás bello volumen de Rimas del poeta sevillano.

“Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo”.

“Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma”.

“Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos”.

Pluma De Pluma De Elegancia Vintage Tinta Desgastada Y Pergamino Envejecido | Fotografía Plantilla JPG Descarga Gratuita - Pikbest

“Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse.  En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven.  Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que solo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos.  Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo.  ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!”

“Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos.  Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza.  Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a estas hay que ponerles punto”.

“El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje.  Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril.  Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo”.

“¡Andad, pues!  Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez.  Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura.  Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume.  Mas es imposible”.

690+ Pluma De Escribir Vídeos de stock y películas libres de derechos - iStock | Escritura, Pluma tinta, Pluma estilográfica

“No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos”.

“Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras”.

“No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia.  No quiero que al romperse esta arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía.  Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza.  El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden.  Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido.  Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales.  Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente.  Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre”.

“Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido.  Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas”.

La noche oscura del alma": Cuando el miedo, la tristeza, y desolación se apoderan de nuestras vidas - Guioteca

“Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras.  No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro”.

Me he permitido copiar la casi totalidad del prefacio de Bécquer porque las décadas que acumulo me han llevado a ser un poco más pragmático que durante mis frívolas mocedades.  No tiene caso reformular una visión tan cabal y elocuentemente expresada.  Cuando algo está escrito con tal excelsitud, me contento con citarlo: es mi voz, mi sentir, mi suma de vértigos y trasgos, solo que vertidos al papel por una pluma infinitamente más potente e incisiva que la mía.  ¿A qué bueno parafrasearla o intentar adaptarla a mis obsesiones y delirios personales?  Creo, como Borges, que todos los poetas en la historia del mundo son, en el fondo, el mismo Poeta –al que aludiremos así, con mayúscula. El pro-Poeta, el Poeta matriz, el mismo espíritu que habitó y alentó a todos los demás.  Esta constatación es tan poderosa, que reduce a la irrisión toda pretensión de originalidad, singularidad e individualidad.  Mero narcisismo.  Vanitas vanitatem et omnia vanitas.

He escrito mis libros con clepsidra a mi lado, mirando con el rabillo del ojo el nacimiento, el engrosamiento, el tremor y la caída de cada gota.  Y la volví mil veces.  Es más elocuente que las manecillas del reloj, odioso como lo es cualquier autómata.  Pero en una clepsidra, esa agua es sangre, es savia, es vida, son “los ríos que van a dar en la mar que es el morir”, de Jorge Manrique.  En ella el tiempo se hace materia.  Fluente e inasible, pero materia al fin.  El reloj es demasiado abstracto, cosa de números, segmentos y cuadrantes, vulgar aritmética y peor geometría del tiempo.

jacques sagot - Iberlibro

Dejo mis libros en manos del lector.  Ya no me pertenecen.  Son ahora suyos, y podrá hacer y decir de ellos lo que quiera (y ello incluye, por supuesto, no leerlos).  Renuncio por completo a mi paternidad.  Que se vayan a lomos del viento volandero, que hagan nido en algunas conciencias receptivas, que sean devorados por los depredadores, que caigan mil veces al suelo y vuelvan otras tantas a levantarse, o bien, que se queden postrados, exánimes y vencidos, si tal es su destino.  Mi misión era arrancarlos a la nada, y lanzarlos a la tibia esfera del ser.  La doy por cumplida.

De conformidad con el principio de plenitud, de Platón, el mundo será más rico, más pleno, más pletórico de ser, con el advenimiento de una criatura que antes no existía.  Todo cuanto contribuya a “amueblar” y “poblar” al Ser, nos moverá a júbilo, como aquellas fuerzas que propenden a la nada no merecerán otra cosa que nuestra suspicacia.  Creámosle pues, al sabio de Atenas, el poeta – filósofo que más bellamente supo expresar la Verdad, y más verdaderamente logró formular la Belleza.

Visitado 94 veces, 1 visita(s) hoy