Fernando Fernández, Revista Visión CR.

Bután, cuyo nombre oficial es Reino de Bután, es un pequeño país de apenas 38.394km2 ubicado en la parte oriental de la cordillera del Himalaya, colindando al norte con China y en las demás latitudes con India, su ubicación geográfica le imprime a este país una de las características más reconocidas del mismo, las montañas.
Bután es conocido al exterior por ser una especie de “Edén” entre montañas y mucho del poco turismo del país se centra en este atractivo. Es conocido en el exterior por ser uno de los Estados más pequeños, menos desarrollados y pobres, pero también por ser el único país que para medir su desarrollo no utiliza medidores como el PIB, sino que ellos implementan el Índice de Felicidad Bruta (IFB), lo que le ha llevado a ganarse apodos como “el país de la felicidad”.
Uno de los primeros datos que sorprende al buscar información sobre Bután es su población de menos de un millón de personas, 763,000 habitantes en total en 2019 de los cuales 203,300 se concentran en la capital del país, Timbu.
Bután es un país agrícola, ya que en este sector se concentra el 55% de la fuerza de trabajo del país, aunque el fuerte de las divisas que recibe es por la venta de energía hidroeléctrica a la India, se puede decir que las actividades económicas están orientadas principalmente a cubrir la demanda interna, por ejemplo, la industria manufacturera como el procesado de alimentos, artesanía y textil, tienen ese fin. Algo que caracteriza a la economía de este país es que se tiene particular cuidado en la explotación sostenible de los recursos.
El Reino de Bután es un país budista, lo cual no es reciente. La relación con esta religión data desde su historia antigua ya que tras diversos enfrentamientos y victorias de los emperadores tibetanos estos fueron expandiendo el budismo en diferentes corrientes.
La historia de Bután como Estado-Nación data de 1626 con el establecimiento de un gobierno teocrático y el nacimiento de Druk Yul (Bután en idioma dzongkha y que significa “la tierra del dragón del trueno”, es de esta manera como los butaneses se refieren realmente a su país) a manos de Ngawang Namgyal (Zhabdrung Rinpoche) un lama de linaje Drukpa, quien al construir una serie de castillos fortificados dzongs logró centralizar el poder de los territorios locales, “sentando las bases de la organización territorial y organizativa del reinado para los próximos tres siglos”, esto también lo logró con la implementación del código Tsa Yig Chenmo entre 1626-1627, en el que se establecía un gobierno secular llamado Druk Desi y una autoridad religiosa llamada Je Khempo.

Pero ¿Qué es la felicidad para los butaneses? De acuerdo con Dasho Karma Tshiteem, presidente de la Comisión Real de Servicio Civil y ex-secretario de la Comisión Nacional de Felicidad de Bután, su concepción de felicidad es diferente a la manera a veces frívola en la que se entiende en otras culturas, de igual forma su concepción entiende a la felicidad más a allá de una emoción. “Aquí en Bután cuando hablamos de felicidad, en realidad, nos estamos refiriendo a satisfacción, pero satisfacción con la vida. Todos nos decimos constantemente que es lo que queremos lograr en la vida, sin embargo, esa elección es definir qué y cómo”.
Podemos decir entonces que la existencia y mantenimiento del IFB se debe a dos factores: al arraigo del budismo como religión, filosofía de vida y política; y al conservadurismo cultural y ostracismo respecto a la comunidad internacional.
El arraigo de la sociedad butanesa a la religión budista se puede ver fácilmente en su concepto de felicidad, pues este se empapa de ideas budistas, herencia de su historia y evolución como Estado-nación, pues la religión ha estado fuertemente ligada al poder político y a la sociedad butanesa.

“El lama reencarnado Mynak Trulku explica […]: ‘La felicidad interior bruta se basa en dos principios budistas. Uno es que todas las criaturas vivas persiguen la felicidad. El budismo habla de una felicidad individual. En un plano nacional, corresponde al Gobierno crear un entorno que facilite a los ciudadanos individuales encontrar esa felicidad. El otro es el principio budista del camino intermedio’».
El conservadurismo cultural se puede ver en las estructuras autoritarias que priman en el país, pues si bien se instauró una constitución en 2008 que permitió la creación de una monarquía constitucional y la “modernización” de la estructura estatal, el poder político sigue estando altamente centrado en la figura del Rey.
Las montañas más altas de Bután
Las vistas de colosales y majestuosas montañas, como Kula Kangri, con 7.553, la más alta de Bután; Gangkhar Puensum (7541); o Homolhari (7.320) y Jichu Drake (6.900), cuyos picos siguen siendo vírgenes, son magníficas.
Bután cuenta con diversos sietemiles, y otros muchos picos de más de 5.000 metros, pero sus cimas no se pueden alcanzar por motivos religiosos. Los butaneses creen que en las montañas es donde habitan los dioses, por lo que el gobierno prohíbe su ascensión. Como consecuencia de esto, encontramos maravillosas cumbres que nunca han sido escaladas.

Igualmente admirables son los pastos alpinos, los caudalosos ríos, los profundos acantilados, o los ruidosos y bellos saltos de agua, así como los numerosos pasos, todos ellos a más de 3.000 metros de altura.
También resulta sorprendente para el observador, la variada fauna que puebla la región, no en vano es una de las zonas con más biodiversidad del mundo. Durante los trekking es posible contemplar rebaños de ovejas azules o yaks. Más escurridizos son el takín, símbolo nacional, el leopardo de las nieves, el langur dorado, o alguno de los pandas que viven en la zona.
Las casi 800 especies de aves también llaman la atención del senderista y es posible dedicar alguna jornada a la observación de tan extenso repertorio.
A parte de las maravillas naturales que podemos encontrar en Bután, la perfección de los paisajes queda completada con la belleza de los monasterios y la autenticidad de los habitantes de las pequeñas aldeas que se extienden por todo el territorio.

La vida cotidiana está claramente marcada por la religión. En cualquier aldea, por pequeña que sea encontraremos costumbres, ritos y tradiciones que se han mantenido desde hace siglos intactas. Estas costumbres ancestrales todavía hoy dominan el día a día de los butaneses.
El 75 por ciento de la población del país es budista, que es además la religión oficial del Estado, que por otro lado defiende la libertad de elección de sus habitantes, en esta cuestión. El 22 por ciento es hinduista pero la mayoría de estos son los inmigrantes nepalíes, que llegaron al país a mediados del siglo XX.
Todas las provincias de Bután cuentan con su propia fortaleza, denominadas Dzong. Estas estructuras, divididas en dos partes, una dedicada a la religión, donde los monjes budistas habitan y otra a la administración, desde donde se organiza cada región, son realmente bellas, y forman parte de la riqueza del país.
Thimpu es la capital de Bután desde 1952 y actualmente cuenta con algo más de 200.000 habitantes, siendo la ciudad más grande del país. Sus cafés, restaurantes y tiendas ponen de manifiesto la lenta aunque inevitable apertura de la región al exterior. Aún así, al recorrer sus calles, podemos respirar la tradición y las costumbres ancestrales, en cada rincón.

Tashichho Dzong, es uno de los edificios más importantes de la ciudad. Es la actual sede del gobierno y tanto su exterior como su interior son espectaculares. Decorado con mandalas, esculturas y relieves simbólicos, esta antigua fortaleza, se construyó en el siglo XIII, pero después de sufrir varios incendios se reconstruyó en la década de los 60.
Otra visita obligatoria de la ciudad es la gigantesca estatua del Buddha Sordenma. De 51,5 metros de altura y chapada en oro, se erige en lo alto de una colina y descansa sobre una popular sala de meditación. Fue construida en 2015, para celebrar el 60 aniversario de Jigme Singye Wangchuck, el cuarto rey de Bután, y además de su imponente presencia cuenta en su interior con 125.000 budas.
El monasterio Taktsang Palphug, más conocido como el Nido del Tigre, es posiblemente uno de los templos más espectaculares del mundo. No tanto por su belleza arquitectónica, sino sobre todo por su enclave. Casi suspendido en la precaria cornisa de un precipicio de más de 3.000 metros de profundidad y con la cima, siempre cubierta de nieve, del imponente Jomolhari (7.316 m), como telón de fondo.

El sobrenombre de este templo proviene de una ancestral leyenda. El protagonista el Gurú Rinpoché, también llamado Padmasambhava, el gran maestro indio que difundió las enseñanzas del Buda en el Tíbet. En el s. VIII, llegó volando a lomos de una tigresa y se detuvo a meditar en una cueva que existía donde ahora se ubica el monasterio. Permaneció allí durante tres años, tres meses, tres semanas, tres días y tres horas.