Jacques Sagot*, Revista Visión CR.

Con Cantinflas (Mario Moreno Reyes: 1911-1983) pasamos a una singular concepción del humor. La gente lo quiere porque invariablemente está del lado de los pobres, los desposeídos, los marginados, los discapacitados, los hambrientos, los excluidos del festín social. Cantinflas hizo su primera película en 1936: en 1930 la tasa de analfabetismo de México alcanzaba el 70%.
El país venía apenas reponiéndose de la Revolución que entre 1910 y 1920 mató a más de dos millones de mexicanos (hay historiadores que sostienen que la turbulencia no cesó realmente hasta 1940). Como si esto fuese poco, entre 1926 y 1929 se desata en México la Guerra Cristera o “Cristiada”, que confrontó las políticas laicas del presidente Plutarco Elías Calles con los intereses de la Iglesia Católica, y dejó un saldo de más de cien mil muertos.

Así que tal es el México en el que Cantinflas comienza su carrera, como actor de circo, de carpas, de variedades, haciendo acrobacias, bailando, y cantando. Eso lo condujo al teatro, y de ahí pasó al cine. Sus mejores películas son las que filmó en blanco y negro, cuando les daba a los directores su lugar, y los dejaba maniobrar según sus criterios.
El Cantinflas tardío, el de las películas a color, degenera en una cinematografía narcisista y menos eficaz: interviene más de la cuenta con sus directores y prácticamente termina él dirigiendo sus películas.
Cantinflas puede jactarse de haber enriquecido el idioma castellano con varias palabras hoy en día aceptadas por la Real Academia de la Lengua Española: “cantinflada”, “cantinflear”, “cantinflesco”, y “acantinflado”. Participó en cincuenta y dos películas, comenzando en 1936, y terminando en 1982, la vasta mayoría de ellas dirigidas por Miguel Delgado y encarnando a su Döppelganger Cantinflas. A buen seguro es la figura más universal que produjo la era dorada del cine mexicano, por encima de María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante, Jorge Negrete, Arturo de Córdova, Sara García, los hermanos Soler o Joaquín Pardavé.

Cantinflas es tan conocido en Moscú como en la Patagonia, algo que no puede decirse de nadie más en la historia del cine mexicano. Su personaje da voz al “peladito”, al campesino, al vulgus pecum, al “chonete” (costarriqueñismo), al pelagatos, al pobretón, de alma noble y quijotesca, pero extracción eminentemente sanchopancesca. Su humor es más de índole verbal que física. Lo que lo distingue es la falta de ilación de su discurso, la incoherencia, los ires y venires del pensamiento, la ininteligibilidad, el laberinto de la palabra en el cual él se pierde y con él la audiencia entera. En medio de ese caos elocutorio, se desprenden jirones de verdad, atisbos de lucidez, a veces alguna idea valiosa.
Realmente, el “cantinfleo” es un idiolecto sumamente complejo, improvisatorio, que en mucho se acerca a la poesía humorística, a la jerga nonsensical, a la ilogicidad, a la liberación de la sintaxis y del automatismo sujeto – predicado, y por ello tiene un innegable valor lingüístico. Cantinflas no maltrata el idioma, no más, en todo caso, de lo que lo harían los poetas surrealistas, los cultores de “Le cadavre exquis a bu le vin nouveau”, de la escritura automática o del fluir de la conciencia. Es un rasgo que lo emparenta estrechamente con el legendario José Candelario Tres Patines (Leopoldo Fernández (1904-1985), un cómico a quien tengo en la más alta estima. Ambos son maestros de la rapsodia improvisada, errática, llena de meandros, que no lleva a nada, en la cual podemos ver la mente del artista divagando libremente, emancipada de la tiranía del libreto.

La jerigonza cantinflesca merece una reflexión suplementaria. Sí, es perfectamente adecuado ver en ella una prefiguración (o, en todo caso, una traslación al cine) del monólogo interior, del fluir de la conciencia, de la escritura automática, y de “Le cadavre exquis a bu le vin nouveau”. Pero hay más. Es importante determinar la naturaleza de ese nonsense que tanta hilaridad ha generado en el público, y que constituye posiblemente el rasgo más distintivo de Cantinflas. Su discurso puede ser descrito como “abortivo”. Comienza bien, “con buena letra” y correcta sintaxis, pero en algún momento del monólogo se produce un cambio súbito de dirección. No hemos terminado de adaptarnos a la nueva línea, cuando el cómico vuelve a cambiar de dirección. Podemos seguirlo durante algunos segundos, pero él no tarda en abortar nuevamente el discurso y dispararlo en otra imprevista dirección. Así, el monólogo se convierte en una especie de zigzagueante sucesión de segmentos inconexos: cada uno de ellos comienza promisoriamente, y es perfectamente inteligible. Pero el método abortivo hunde la totalidad del discurso en la más irremediable ininteligibilidad. Cantinflas logra esto rompiendo sistemáticamente su discurso: los segmentos son inteligibles, pero el todo es nonsensical. Podríamos quizás calificar su habla de “cubista”. No es una catarata de palabras inconexas: sin duda hay un coeficiente de inteligibilidad en su discurso, pero todo se fragmenta, se descontinúa, se rompe en sucesivos puntos de quiebra. Cuanto más frecuentes son estos, más incomprensible es el monólogo.
Creo que el cantinflismo es definitivamente merecedor de serio estudio lingüístico, semiótico, social, gramático, sintáctico, rítmico y, por supuesto, psicológico. Aparte de sus vagarosas jerigonzas, Cantinflas es un portento de la expresión facial. Su cara acusa absolutamente todos los matices del espectro emotivo humano. Es un humor de primeros planos, de rostros, del alzar de una ceja o la menor inflexión de sus comisuras. Cada evento que sobre su alma genere algún impacto se refleja y traduce de inmediato en una sutil modificación expresiva. Cantinflas moviliza todos los 43 músculos del rostro: su cara es un mapa en el que podemos ubicar todas las expresiones y sentimientos humanos. Y algo fundamental: no es nunca vulgar, zafio, chusco. El “peladito” de Cantinflas tiene la misma dignidad y “elegancia” que Charlot, el pequeño vagabundo de Chaplin. Son seres marginales, y en ello radica parte de su belleza.

Cantinflas es parte de la imagen de exportación de México, representa el alma de su país, un elemento constitutivo de la mexicanidad. Siempre irradiando del lado de los “buenos”, luchando desde la marginalidad y la pobreza para socorrer a los más desfavorecidos. Un verdadero héroe urbano y proletario. Encarnó papeles de barrendero, torero, patrullero, ministro, diputado, embajador, profesor, cura párroco, Sancho Panza, Romeo Montesco, Cristóbal Colón, Passepartout (el valet de Phileas Fogg en la versión cinematográfica de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne, rol que le valió un Oscar de la Academia), ruletero, boxeador, artista circense, policía, mosquetero, mago, conserje, portero, médico, analfabeto, fotógrafo… todos los estamentos sociales, pero sobre todo el “peladito” que a punta de astucia, de malicia, y de ternura logra doblegar y burlar a los poderosos.
El reconocido estudioso de la gastronomía Jeffrey Pilcher ha propuesto que el caos verbal de Cantinflas refleja el caos de la modernidad mexicana. Agrega, además, que con él las jerarquías sociales, los patrones lingüísticos, las identidades étnicas y las formas masculinas de la conducta se desmoronan ante este caótico humor, para ser reformuladas en nuevas, revolucionarias formas. Cantinflas tomó la realidad social de su país y la representó con respeto, dignidad y nobleza: en medio de los gags se advierte siempre su amor por el pueblo mexicano.
Después de las fratricidas matanzas de la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera, Cantinflas aparece justo en el momento necesario para reconstruir la moral de la sociedad mexicana. Juan Rulfo alegorizó para siempre la devastación del México posterior a la Revolución en el volumen de cuentos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo). Su literatura es sombría, fantasmal, opresiva. Cantinflas se las arregla para encontrar, en medio de los escombros, una discreta pero bella florcita, y nos la regala con una sonrisa. Rulfo es la conciencia doliente del alma mexicana. Cantinflas es la conciencia humorística de esa misma alma, un blanco lirio que se abre, espléndido e inmaculado, en mitad del pantano.

Cantinflas siempre quiso a Costa Rica. Vino a nuestro país varias veces. La gente lo reconocía en media calle, y por supuesto, lo acribillaba a autógrafos. Fue muy buen amigo del dos veces presidente de la república y Premio Nobel, Oscar Arias, quien lo conoció de manera íntima, y recuerda con emoción a qué punto su hablado era natural, y podía caer en él en cualquier momento, en medio de la más seria de las circunstancias.
A mí me tocó volar en el mismo avión que él: iba sentado detrás de mí, y durante mucho tiempo oí aquel galimatías lingüístico que se me antojaba perfectamente familiar… hasta que volví a ver hacia atrás, y lo identifiqué de inmediato. Me regaló una linda sonrisa. Recordemos que el cine, en la Costa Rica de los años cuarenta, cincuenta y aún los sesenta, era completamente tributario de México, de los estudios San Ángel y Churubusco. Esas eran las películas que nuestros cines ofrecían por cantaradas. A nuestro país vinieron todas las cintas que Cantinflas rodó. Como bien sabemos, a partir de los sesenta, Hollywood desplaza a México, y la oferta cinematográfica del país se americaniza completamente. El humor mexicano se tornó obsoleto, y aprendimos a reír de Jerry Lewis, Dean Martin, Peter Sellers, Woody Allen, Steve Martin, John Candy, Eddie Murphy, Ben Stiller y Jim Carey… y de ahí hasta el nivel de las cloacas.

Es probable que la jerigonza cantinflesca sea también una estrategia de defensa y de sobrevivencia, una especie de lenguaje cifrado con el cual los “pelados” evitan ser aplastados por los poderosos. Una especie de cortina de tinta o de humo, que deja a la autoridad burlada e impotente. Su habla sería, así pues, esencialmente subversiva. Como lo son sus pantalones caídos por debajo de la cadera, a media nalga, su cuerda a guisa de faja con nudo en el ombligo, sus poco tupidos, excesivamente separados y cadentes bigotes, su cachucha picuda y de alas cortas, el pañuelo rojo anudado al cuello, su camisa sucia y percudida, el harapo negro que se pretende gabardina, el pitillo, y mirada entre triste y taimada.
En sus últimos papeles Cantinflas traiciona su imagen original: comienza a interpretar personajes encumbrados socialmente, y no es cosa que haya mejorado su imagen o su legado artístico. Pero nunca dejó de denunciar la injusticia, era un sagaz observador de la sociedad, y su vida y obra se confunden con la totalidad del siglo XX mexicano. Su humor es impugnador, una siempre renovada condena a la desigualdad social de su país. Cantinflas usó el humor como arma sociocrítica, como herramienta para la transformación social. El propio Chaplin se acercó a él en cierta ocasión, y le dijo: “¿Sabe usted una cosa? Creo que Cantinflas es el mejor cómico del mundo”. ¡Y de quién venía el cumplido!