Jacques Sagot, Revista Visión CR.

Fue una frase. Proferida por el periodista Paulo Ulloa al final de una edición televisiva de noticias. Previa a la transmisión en vivo de las corridas de toros de Zapote. Dijo: “Quédese con nosotros, que ahora mismo nos vamos para la plaza de toros de Zapote. Y recuerden: estos muchachos que torean en el redondel arriesgan sus vidas para que usted se divierta”.
Y claro, tal manifestación me hundió en el horror. Me la repetía con tristeza. Con desaliento. Con hondísima decepción al ver eso en lo que Costa Rica se ha ido convirtiendo bajo el efecto sinérgico de los medios, de una educación mucho peor que deficiente, de la ignorancia, de la erosión de lo esencial humano en nosotros.

Amigos: ¿cómo podría yo querer que un pobre muchacho arriesgue su vida para que yo pueda con ello divertirme? ¿Soy yo acaso Herodes, Nerón, Calígula, Julio César? Y esos pobres chavales que entran a rodar entre el fango, el estiércol, los orines y la sangre de los heridos, ¿cómo deberían saludarme al entrar al magno recinto? “¿Ave Caesar, morituri te salutant?” ¿Dimensionan ustedes el horror implícito en esta concepción del espectáculo y la diversión?
Pero el locutor de noticias, con gran sonrisa irradiando desde el fondo de la pantalla, enfatizaba una y otra vez, que aquellos mozos arriesgarían su vida con el único propósito de que yo me divirtiese. Monstruoso. Abyecto. Vergonzoso. Degradante. Lo propio de las comunidades en pleno declive axiológico, ético. Un horror de deontología periodística y humana, sí.

¿Cómo puede un comunicador anunciar como evento de grandísimo interés el que una serie de muchachos arriesguen sus vidas para mi entretenimiento? Esto es un crimen de lesa humanidad, es una violación a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la moral kantiana, esa en la que todo hombre debe ser concebido como un fin en sí mismo y no como un instrumento para los otros.
Si uno de estos infelices muriese atropellado entre la boñiga, el barro, las babas, la sangre y los orines del toro, y yo derivase de ello una gran satisfacción, yo no podría sino ser un psicópata, un asesino potencial, un sádico, un enfermo sin duda afecto de numerosas y tenebrosas parafilias.
Otro tanto sentí cuando hicieron entrar al recinto a un grupo de gente pequeñita, para que enfrentasen a un cuadrúpedo proporcional a su estatura. Esto es ya el sumun de la degradación. Es desalentador, ver cómo la gente pequeña (que en la Europa medieval, renacentista, barroca, clásica y aún en el siglo XIX eran usadas como bufones, enanos, criaturas contrahechas cuya única función consistía en divertir al rey) siguen siendo jesters, payasos, albardanes y hazmerreíres… sin el lujo, el fasto y los salarios que devengaban en aquellas épocas.

Vean el cuadro de Diego Velázquez El bufón don Sebastián de Morra. Es una persona chiquitita, cierto (lo vemos sobre todo en la longitud de las piernas, pintadas en escorzo por el gran retratista tenebrista), pero es un hombre apuesto, garrido, lleno de donaire, y de su semblante y su suntuoso atuendo dimana una profunda, irreductible dignidad. No inspira risa ni lástima. Es, a su manera, un hombre bello. Pues parece mentira que en Costa Rica la gente pequeña no tenga aún el derecho a ser tratada con dignidad, derecho que ya en España había logrado en 1645 (fecha del retrato).
No: yo ni nadie vería a don Sebastián de Morra rodando entre el estiércol, rodeado de una horda de atorrantes y sus cuadrúpedos no muy diferentes de ellos, pues no pocos son los que salen caminando de cuatro patas de ese infierno. Todo esto es tan abyecto, tan enfermizo, tan mórbido, tan repugnante, que no puede uno menos que colegir el nivel de vesania colectiva de la nación que lo permite, que lo promociona y aplaude.
Así pues, después de milenios de ser objeto de burla y encarnación de todo lo siniestro, después de Rigoletto, Hop-Frog, Giancioto Malatesta, los siete enanos de Blancanieves, que no eran las encantadoras figuritas de Walt Disney, sino una familia de niños desnutridos y afectos de progeria: trabajaban en minería, envejecían y morían a ojos vistas (los hermanos Grimm transformaron la historia en un cuento de hadas), de Alberich, Advari y los nibelungos, Piccolino, Tattoo, Rossito y mil más, resulta que las personas pequeñas no han todavía logrado emanciparse de su rol de sempiternos bufones: objeto de risa, siempre al servicio de los poderosos, parte del entourage de la corte… y ahora masas informes que ruedan sobre un suampo de excremento para las delicias de una turbamulta de crueles, inmisericordes y chuscos espectadores.
¡Y eso es Costa Rica! Y recuerden: todo ello es para nuestro solaz, nosotros, seres privilegiados, que perversamente secretamos ríos de adrenalina cada vez que una bestia embiste, pisotea, llaga, desnuda y malquiebra a uno de estos infortunados. Tal tipo de barbarie sería en rigor denunciable ante el Alto Comisionado de los Derechos Humanos de la ONU, y podría acarrearnos sanciones severas.
Ya me he referido a esto en anteriores textos. Y seguiré haciéndolo. El espíritu de estas bacanales de la inmundicia y la violencia, donde la vida humana es expuesta para el regocijo de una piara de sádicos está profundamente reñida con todo lo que el costarricense representa. Con su espíritu de paz. Con su adhesión al orden civil. Con su apego a la no violencia. Con su cultura del respeto a la integridad psicofísica de todo ciudadano. Esto no es lo que sucedería en una patria “noble”, donde “blanca y pura descansa la paz”.

Los miserables que participan y organizan estas saturnales de la muerte no son “labriegos sencillos”, y su gestión no “enrojece del hombre la faz”. Esta no es una “lucha tenaz de fecunda labor”, y no nos cubre de “eterno prestigio, estima y honor”: antes bien, nos degrada a ojos del mundo. Esto ciertamente mancha “la gloria” de “la patria”, y no veo a hombre alguno “valiente y viril” dispuesto a “la tosca herramienta en arma trocar”. Esto no es lo que daría a sus hijos una “tierra gentil”, una “madre de amor”. Esto no es lo que produce nuestro “pródigo suelo”, no tiene nada de “dulce abrigo y sustento”, y no es lo que imaginaríamos que ocurre “bajo el límpido azul de tu cielo”. No es tampoco un homenaje al “trabajo y la paz”.
El señor Ulloa debería medir mejor sus palabras, la formulación de sus conceptos, ponderar la gravísima carga semántica de lo que profiere en una pantalla a la que todo el país tiene acceso. Su reflexión – cuasi editorial es de una perversidad que me deja patidifuso. Pónganse a pensarlo, queridos lectores: un grupo de muchachos “va a arriesgar sus vidas para que ustedes se diviertan”… ¿No los perturba, no los insulta, no los solivianta, esta horrorosa imbecilidad? A fe mía que debería hacerlo. De nuevo, ¿soy yo acaso un emperador romano de la decadencia, que se frota las manos al ver a los cristianos ser devorados por los leones en el circo magno? ¿Se dan ustedes cuenta de la similitud palmaria entre ambas situaciones?

En realidad, se trata de una flagrante traición a la patria, a sus valores fundamentales y fundamentantes. ¿Que es rentable? Seguramente. Ya lo creo que sí. El costarricense paga para encanallarse, para plebeyizarse.
Y no, amigos: nada ganarán con limitarse a decretar que “Jacques Sagot es un viejo amargado, pesado, creído, europeizante, elitista, que desprecia al vulgus pecum”. Tengo cuarenta años de oír esa maravillosa sinfonía de denuestos. A estas alturas podría hasta ponerles música, y hacer con ellos una bella canción. Asumamos que fueran ciertos: yo sería, así pues, todas esas cosas. ¿Cambiaría por ello el diagnóstico básico, elemental, primario, que emito de mi sociedad? ¿Estoy leyendo mal la realidad nacional? ¿Han comenzado a disfuncionar mis sentidos?
Lo que aquí denuncio, ¿es en realidad un espectáculo sublime, glorioso, espiritualmente enriquecedor, culturalmente nutritivo, algo que va a hacer de nosotros mejores seres humanos? ¿Estamos en presencia del místico preludio para cuerdas de Parsifal (la búsqueda del Santo Grial) de Wagner; de la Missa Solemnis de Beethoven; del Ballet Bolshoi; del Cirque du Soleil; de la develación de un hasta ahora ignoto mural de Picasso, complementario del Guernica; de una representación de El Rey Lear de Shakespeare? Si tal es el caso, pues me disculpo, retiro lo dicho, me trago mis palabras, y hago un discreto mutis por el foro. Tal vez me equivoco: es preciso considerar esa posibilidad: ningún pensador serio dejaría de hacerlo, y si se descubre errado, pues procede prodiga las disculpas del caso: es una ceremonia que he oficiado cien veces en mi vida, que nunca me he arrepentido de hacer, y de la que siempre salgo sintiéndome más alto, más fuerte y más puro.
Pero también podría ser que tenga razón…