Jacques Sagot, Revista Visión CR.

“Yo también te quiero”, ―me dijo ella―. Quedé perplejo. Me limité a mirarla en silencio, desconcertado al principio, sonriente después. ¿De dónde venía ese “también”? El “yo te quiero” no habría tenido nada de sorprendente. Era el adverbio de modo el que confería a la frase su inopinada resonancia. No se dice “yo también” a menos de que haya uno enunciado algo que motivara tal corroboración, y aparte de algún ocasional acceso de tos no recordaba yo haber proferido sonido alguno durante la última hora de nuestro trayecto vital.
Entonces lo comprendí todo: en el silencio de nuestra serena convivencia ella me había leído el pensamiento y más aún, el corazón ―por insólito que tal fenómeno pudiera parecer―.
¿Puede decirse, el amor? ¿Es concebible un lenguaje capaz de expresarlo? Me lo he preguntado mil veces. Siento que el amor está en la esfera de lo indecible, de lo inefable, de lo informulable. Pero si no podemos formularlo, ciertamente tenemos la capacidad de comunicarlo, de contagiarlo. Es un fervor, una devoción compartida en el que la palabra resulta a todas luces insuficiente como vehículo de expresión. ¿El lenguaje del cuerpo? Tengo mis dudas al respecto.
El cuerpo se especializa en codiciar, en necesitar, en desear, siempre anda detrás de sus golosinas… el amor, por el contrario, es dación más bien que apropiación. La piel del alma sabe amar, la del cuerpo no hace más que obedecer a sus dos despóticos amos: el placer y el dolor. ¿La poesía? Vamos por buen camino. ¿La música? Mejor aún. Quizás sea necesario inventar un lenguaje inédito para el amor. Los invito a ustedes, queridos lectores, a compartir conmigo sus propuestas. ¿Un lenguaje sincrético tal vez, que fuese a un tiempo palabra, caricia, mirada, música, poema? Soñemos, amigos, que el soñar es la gran prerrogativa de la especie humana. Quizás Jean Cocteau tiene razón, cuando escribe: “No existe el amor, tan solo existen las pruebas, los gestos, los actos de amor”.
Para Victor Hugo, “Vivir es amar, amar es actuar”, frase que resuena, como cuerdas vibrando por simpatía, con el “Obras son amores y no buenas razones” del Arcipreste de Hita. Y es que, si el amor no es decible, sí puede en cambio manifestarse, y ello a través de la acción. De la acción solidaria, leal, comprometida, engagée por el ser amado. El amor es, en primer lugar, presencia, es lo contrario de la deserción, del abandono, es declarar: “aquí estoy, por y para vos”. Su único lenguaje posible es el de la acción solidaria, el del compañerismo, el de la lealtad del correligionario que acepta librar al lado nuestro la gran batalla del vivir. Lo demás son cromitos, babosadas, fabulitas de Walt Disney. Amar es compadecerse, en el sentido etimológico de la palabra, esto es, padecer – con, compartir el amargo cáliz del dolor al lado del ser amado. Y gozar también, recordando siempre el universal axioma del vivir: el gozo compartido es doble gozo, mientras que el dolor compartido es solo medio dolor.

El código del amor es, así pues, la acción. Palabras de amor las hay por cantaradas. Erosionadas, descoloridas, sobajeadas… pidiendo urgentemente la resemantización. Los “te amo” los encuentra uno en la más inocua baladita de moda. Las obras de amor, en cambio, son raras como unicornios. Así sea bajo la forma del eros, del filias o del ágape ―el apremiante deseo erótico, el afecto filial o la adoración universal― el amor debe probarse a sí mismo en la temible fragua de la acción. No me digas que me quieres: demuéstramelo, no me endulces los oídos con zalamerías, no halagues mi piel con esa caricia que pretende hacer florecer los vergeles, pero más bien hurta y devasta.
Hacer el amor es, como la expresión lo denota, hacer, esto es, tomar posición, dar vida de manera activa y beligerante. El amar nos convierte en militantes y aliados de la vida. No basta con blandir la guitarra bajo el balcón del ser amado. El amor es una artesanía: va cobrando forma día con día bajo las manos que lo cincelan y modelan con esmero y unción. Si el amor no es proactivo y militante, entonces no es nada.
―“Yo también te amo” ― me dijo. Mi silencio enamorado le dio la respuesta. Estábamos juntos. Éramos presencia el uno para el otro. Y eso era todo lo que necesitábamos.