El jinete 

El jinete 

Jacques Sagot, Revista Visión CR.

 

Una fiesta de la escuela.  En una espléndida finca, allá por las montañas de Coronado.

Tenían caballos.  Fascinación de mi hermano.  No precisamente una buena idea para un hemofílico, montar a caballo.  Lo hice yo, a pesar de mi pusilanimidad.  Y le di varias vueltas a la propiedad, a veces sobrepasando la velocidad que era prudente.  Me costó desprenderme del juguete, tan libre y poderoso me sentía.

La “Cabalgata de las Valquirias” de Wagner; las oberturas Guillermo Tell de Rossini, y Caballería ligera de von Suppé; los fantásticos galopes de octavas de la mano izquierda en la Polonesa Heroica de Chopin, y en “Los Funerales” de Liszt; el majestuoso trote del Rondó final de la Serenata en Re mayor, de Brahms… la música está llena de caballos.

Y después de mi épico galope sinfónico y pianístico, mi hermano tomó el relevo.  Mi madre pretendía departir alegremente con las mamás que habían organizado el evento.

Cuaderno de notas - Obertura de Guillermo Tell. El adiós de Rossini - 30/12/19 - RTVE.es

Pero estaba angustiada, profundamente angustiada.  No nos quitó el ojo de encima ni un instante, a lo largo de nuestras arriscadas cabalgatas.  Pocas veces nos habíamos sentido tan plenos e integrados a una actividad social.  A lomos de Pegaso… y Mamá, entretanto, agonizaba.  Cada vez que pasábamos cerca de ella nos gritaba: “Con cuidado, con cuidado, papito”.  Pero nuestra embriaguez era irrefrenable.  Alguno de los dos tenía que caer… y fue mi hermano.  Pegó la cabeza en la canoa que bajaba del techo de una de las cabañas, y cayó derribado.

Allá corrió mi Mamá con su “Santo Cielo” y “La sangre de Cristo lo cubra” de siempre, y detrás de ella algunas de las señoras.  Mi hermano estaba inconsciente, y no sufría.  Tan pronto llamaron a la ambulancia recobró el conocimiento, y fue ahí, antes de ser alzado en camilla, que abrió los ojos.  Los sangrados internos comenzaron a fluir, y con ellos un dolor físico que le hacía, literalmente, revolcarse en el suelo.  Tal fue el fin de la única maldita fiesta a la que jamás asistimos hasta el cuarto año de la escuela primaria.

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Luego el hospital, los gritos, las agujas, el olor a asepsia y a alcohol… y la presencia del providencial Doctor Jorge Elizondo, que, como siempre, había dejado todo tirado para venir a atendernos.  Los hematomas fueron múltiples, en la frente, en las rodillas, en un codo, en el costado.  Inmediata infusión de plasma, anestésicos y absoluto reposo.  Vendajes para las articulaciones lesionadas.  Una semana en la Clínica Bíblica.  Como siempre, mi hermano resistió el dolor estoicamente, para no alarmar más de la cuenta a Mamá.  Beso tus manos, hermano de mi alma, que aún en el dolor extremo sabías contener las lágrimas.  Era él quien venía en nuestro auxilio, desde el fondo del tormento.  El socorrido se convertía en socorrista.  Considerando mi mayor debilidad física, si el accidente me hubiese ocurrido a mí, a buen seguro hubiera perdido la vida.

A veces me da la impresión de que mi hermano encajaba los golpes que me estaban destinados.  Fue imprudente y cayó muchas veces, pero quien escarmentaba de sus errores era yo.  Para mí quedaba siempre la moraleja: la parte más segura de la fábula.  Por eso decidí por siempre residir en la moraleja; por eso opté por ser un espectador; por eso no crecí; por eso me convertí en un hombre de pensamiento, más bien que de acción.

Desde entonces los caballos se convirtieron para mí en símbolo de muerte.  Su largo hocico dentado, sus ojos fosforescentes, ahí, asomando tras las cortinas y atisbando a la durmiente expuesta, indefensa, en el cuadro de Fuseli llamado La pesadilla.  Si hay un galope musical que ahora evoco, es el de “La carrera al abismo” con que Mefisto arrastra a Fausto al averno en La condenación de Fausto, de Berlioz; el de la coda de la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninoff, donde el demonio precipita al legendario violinista al infierno, sobre el fragor del Dies irae; el vértigo del Decimosexto Preludio, en Si bemol menor, de Chopin…  Muerte, siempre muerte.

Muerte montada en un caballo pálido - Gustave Doré - Historia Arte (HA!)

Solo una vez volví a montar a lomos de un caballo, hará unos quince años, en una vasta hacienda en la campiña de Texas.  Quise exorcizar el miedo de infancia…  Inútil: tan pronto el animal se lanzó a trotar comencé a llamar en mi auxilio a los amigos que me acompañaban.  El leal Tom Littman, compañero de estudios, corrió a rescatarme.

También en la muerte me ha precedido mi hermano, y nos dio a todos una cátedra de dignidad, de estoicismo, de silencio ante el dolor.  Mi hermano se robó mi muerte.  Épico, como siempre.   A menudo lo imagino al frente de una invencible armada, avanzando a todo galope, gallardo, indomable, dueño por fin de la bestia que por poco le había costado la vida.  Mi hermano supo vivir, y –una cosa suele venir con la otra– supo morir.  No sé si seré nunca capaz de decirme a mí mismo, como Vigny: “Solo el silencio es grande, todo lo demás es debilidad.  Gemir, llorar, rezar es igualmente cobarde”.  Exactamente lo que he hecho yo.  Sobre todo, gemir y llorar, que rezar es cosa que hace mucho desaprendí.

Debo ser digno de la muerte.  Prepararme, ensayar, ataviarme para ella, inoculármela todos los días.  De lo contrario, como el pobre Gaspar Hausser de Verlaine, ni siquiera ella va a querer de mí.

 

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