
Jaques Sagot, pianista y escritor.
“Verde que te quiero verde”. La blusa. Flota más que ciñe el cuerpo. Es trigueña, pelo negro lacio por debajo de los hombros, ojos ligeramente anillados de sombra, rasgos finos pero animados por no sé qué fuego interior, blue jeans ajustados sin vulgaridad. Me gusta ver bailar a la gente. Es uno de los grandes placeres de mi vida. La música, el percutir del ritmo inexorable y la euforia de los bailarines. Su pequeña explosión de locura en su espacio acotado, discontinuo del resto del mundo. Los espacios que la sociedad miserablemente nos concede para volvernos locos –de manera siempre autocontenida– durante un par de horas, y ello con la ayuda del licor, las luces de kaleidoscopio, el humo, los decorados extravagantes. Eso no es verdadera locura. Hace falta mucho valor para atreverse a ser loco: que lo diga si no Rimbaud. Eso simplemente es un poco de aspaviento y nada más.
“Verde que te quiero verde”. Verde tierno, como de limonero en flor. Espalda a mitad descubierta, leve -levísima- la blusa. Se lanza a la pista de baile con dos amigas: una gorda despreciable y otra grandulona no carente de gracias, pero que a su lado se invisibiliza totalmente. Baila, y baila, y baila por espacio de tres horas. Sin pausa. En algún momento una de sus amigas le alcanza una bebida que toma nonchalament sin dejar por ello de bailar. Los brazos relajados, sueltos, colgando a los lados del cuerpo con cierta displicencia. Solo los alza para improvisar súbitas figuras y giros caprichosos. La miro, crispé comme un extravagant (Baudelaire).

No suelo frecuentar estos lugares -¿es necesario a estas alturas decirlo?- pero mi sobrina María José quería a cualquier precio ir a una discoteca y no tuve más remedio que acompañarla. La pobre… harta de ver catedrales, monumentos, y de escuchar mis pequeñas conferencias de museógrafo ad hoc. Y ahí estaba ahora yo. Entre contento y aprensivo. No logro superar cierto prejuicio contra este tipo de lugares… gente que se reúne a bailar, espacios reducidos, cuerpos en fricción, sudoración compartida, tiniebla, olor de recinto cerrado… “Badajo”, en la calle du Lappe, por la rotonda de la Bastilla. A mi sobrina le importó un bledo mi cátedra sobre la significación histórica de la famosa torre ni la arquitectura del nuevo teatro de ópera. Iba a bailar y a aturdirse: eso era todo. Pero no miento al decir que me gusta ver a la gente bailar. La posición del espectador, la que mejor me ha siempre convenido. Nunca aprendí a bailar. Mis piernas nunca me lo permitieron -debería más bien decir-. Pero ver sin ser visto… como la zorra, la seguridad de atisbar a la gente sin ser nunca involucrado en el juego, eso adoro hacerlo.
“Verde que te quiero verde”. No le quité los ojos ni un minuto durante esas tres horas en que recorrió la pista dibujando negligentemente sus caprichosos movimientos. Porque había -insisto en ello- algo divinamente negligente en su por demás armónica manera de bailar. ¿Cómo puede alguien danzar durante tres horas seguidas sin tomar así no fuese más que un ínfimo, brevísimo descanso? Tal vez precisamente porque su estilo de baile, relajado, laxo, desprovisto por completo de gestos espásticos o vertiginosos, se lo permitía. Se abandonaba a la música y al movimiento, eso era todo. Como un bajel, daba bandazos a babor y a estribor. A veces se agachaba, se agachaba mucho, y bailaba acuclillada por espacio de unos segundos antes de recobrar sa taille élancée (su talle que busca el cielo). Y entonces quedaba al descubierto un hilo –¿de algodón, de elástico?– azul marino, que se le metía entre las nalgas y dejaba al descubierto su extraordinaria blancura. La piel era perfectamente homogénea, tersa, y el pelo (¿dije ya que era negro? me corrijo: ¡negrísimo!) prolongaba dócilmente sus movimientos, confiriéndoles mayor amplitud.

Sabe que la sigo con la mirada, que estoy imantado a su cuerpo. Creo que alguna de sus amigas –la gorda adiposa– debe de haberla alertado: “¿ves cómo te mira ese tipo?”, o algo para el efecto. Por un momento temo que mi actitud pudiera ofenderla, pero on second thoughts me doy cuenta de que probablemente debe más bien de haberla halagado. No porque tuviese el menor interés en mí –desde mis sesenta y dos años de edad bien podría haber sido su padre– sino porque… pues porque así son las mujeres. Pero cuando se acercaba a mi mesa sentía (¿estaré equivocándome en ello?) que se me exhibía coqueta, casi cruelmente. O quizás no, quizás era genuina generosidad de su parte. ¿Por qué no pensarlo? Y cada vez que se acuclillaba era el hilo azul, perfectamente perpendicular a la línea que ciñe la cintura. Y la parte superior de sus nalgas, como destellos enceguecedores. De pronto, en uno de sus giros, golpea con la cadera mi mesa; hubiera esperado una disculpa de su parte… absolutamente nada. Apenas reparó en el incidente. Se suponía que yo debía de estar agradecido con el leve topetón de la reina. La gorda indecente a veces la protege de mi mirada, interponiéndose entre ella y yo. Por momentos lo consigue. Pero una y otra vez ella se libera. Es obvio que quiere espacio, que su baile es primordialmente solitario. El blue jean revela formas plenas y firmes, pero como todo en su cuerpo, no desprovistas de cierta deliciosa blandura. Holganza del atuendo, holganza de la carne.
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A veces se me pierde en medio de la multitud. Me gana la desesperación –¿lograré darme a entender?– de aquel a quien le han robado algo precioso. Emerge por momentos… y vuelve a subsumirme entre la gente. Cuerpos informes, innobles, grotescos me la quieren arrebatar. A pesar de las conjuntas coreografías que sus compañeras ensayan, ella persiste en bailar sola. Se muestra, y desaparece, se muestra, y desaparece… la aletheia de Heidegger. La realidad es coqueta, y gusta jugar a las escondidas. De pronto se desprende de la turbamulta y busca el espacio contiguo a mi mesa. Alza constantemente los brazos y se pasa las manos por el cabello, desatando en él pequeñas tempestades, así, porque sí, gratuitamente, porque el exquisito abandono de la danza así lo quiere, porque solo lo inútil es realmente bello, y ella, desde el fondo del ser, ha de saberlo. Su pelo se ha adherido a la espalda y al cuello. Al acercárseme percibo el olor del sudor fresco, dulce y cálido. Y vuelve, una y otra vez, a bailar con sus propios cabellos. Se enamora de ellos. Los alza desde la nuca y los deja caer lentamente sobre su rostro. A través de ellos trato con avidez indecible de reconocer su mirar. Pero su rostro se oscurece, las sombras que custodian sus ojos… “La rosa es sin por qué. Florece porque florece, no tiene por sí misma ninguna preocupación, no pregunta: ¿Hay alguien viéndome?” O, para citar a Serrat, “Al brotar una flor al olor de la flor se le olvida la flor”. La flor –mi flor– se contenta con el mero hecho de ser. De ser bella, y una reina no tendría más fulgor y soberanía que ella.
No es esto, o aquello, o lo de más allá lo que me vuelve loco. Es la perfecta correspondencia entre el ritmo y el movimiento corporal, el carácter improvisatorio de su danza, la armonía y lasitud de su coreografía, la espontaneidad, la evidencia de un gozo profundo, irresistible, que apenas parece extinguirse después de tres horas –a decir verdad la llamaron a su teléfono móvil y tuvo que salir del recinto–. ¿Habría sido capaz de bailar hasta el amanecer? Estoy seguro de que tal hubiera sido el caso. No dudo de la belleza de sus senos, de la plenitud de sus nalgas y del divino calor de su sexo húmedo, pero no era eso; mi gozo no era focal, era, antes bien, el resultado de un efecto de conjunto para el cual no puedo más que invocar una palabra: armonía. Armonía de las partes con el todo, armonía del todo con las partes, armonía del movimiento ininterrumpido y siempre diferente. ¿De dónde, en nombre de Dios, podía provenir aquel repertorio inextinguible de movimientos? ¿Cómo puede alguien jugar así con su cuerpo? ¡Vamos! Había por supuesto un patrón dancístico básico, algo así como “une sorte de jeu courant pianoté” («una especie de música de fondo, de cascadas del piano»: Mallarmé) que le permitía mantener, sin perderlo ni por un instante, el ritmo invariable de la pieza, y asegurar el flujo ininterrumpido de la danza. Pero dentro de ese marco, establecido primordialmente por las caderas, ¡qué extraordinaria inventiva para dar siempre renovada expresión a su cuerpo! No se repetía. Nunca exactamente, por lo menos.

La gorda abyecta trata nuevamente de sustraerla a mi mirada. A estas alturas es imposible que no haya advertido mi fijación de rayo láser sobre ella. Todos los demás bailarines eran meras comparsas desprovistas de rostros, masa indistinta de cuerpos en tremolina. ¡Pero ella! ¿Qué sentiría al adivinar “mis deseos que hacia ella partían en caravana” (Baudelaire)? ¿Le habría inspirado miedo quizás? No lo creo. ¿Cómo podría yo tener tal poder, sentado al borde de la pista con mi bastón de abuelo en la mano y mi sobrinita que bailaba sin mucho alejarse de mi mesa? Me ignoró. Me ignoró completamente. Quizás en un par de oportunidades creí haberla visto mirarme curiosa a través de sus cabellos… quizás, quizás. No creo que nadie nunca la haya mirado con tal intensidad y fijeza durante tres horas. Bien que mal, en algo debe de haberla intrigado mi embeleso visual.
¡Los golpes de cadera, los golpes de cadera: un navío que se hace a la mar y va dando bandazos a estribor y a babor! Lúdica, sin un asomo de inhibición. Y de pronto di con la palabra clave: libre, libre, libre. Libre en su cuerpo, libre de las miradas de los demás como de la suya propia, libre de mis ojos de lémur, fulgentes en la noche, libre de toda barrera sicológica, libre, libre, libre… solo así es concebible el gozo.

Al dar las tres de la mañana se puso su abrigo negro y sin dar señal alguna de cansancio abandonó el lugar en compañía de sus dos amigas. Tengo la casi certeza de que eran lesbianas. Sin duda alguna la gorda y la grandulona, y con la sombra de una duda mi verde e inextinguible bailarina. Dos minutos más tarde salía yo también, vigilando el caminar de mi sobrina, a quien un par de tragos habían tornado ligeramente menos estable en su paso. Mientras viva no la olvidaré. La música se había encarnado por espacio de tres horas para mostrarme su apariencia visible, su manifestación sensible y apolínea. ¿Quién eras, pequeña? ¿Cómo darte las gracias por la vida que esa noche me regalaste? ¿Te habría siquiera importado mi gesto? ¿Habrías comprendido, comprendido, sí, que el espíritu de la danza te había elegido aquella noche para anidar? ¿Serías capaz de entender mi fervor o me hubieras tomado por un pobre loco? Sospecho lo segundo.
La blusa verde, la blusa verde. La humedad del sudor que hacía ya erguirse tus pezones, pequeños centinelas… mi blusa verde para siempre, para siempre.