Indiferencia social y familiar genera depresión, aislamiento y baja estima

Indiferencia social y familiar genera depresión, aislamiento y baja estima

  • En los niños y adolescentes puede causar apatía y graves carencias afectivas; en los adultos mayores, sobre todo dependientes, puede impactar negativamente su voluntad de vivir.
  • A escala mundial, una de cada seis personas afirma sentirse sola. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), este sentimiento de aislamiento se ha convertido en una amenaza oculta para el bienestar, afectando de manera desproporcionada a millones de seres humanos de distintas edades.

«Lo contrario del amor no es el odio; es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte; es la indiferencia»

(Elie Wiesel, (1928–2016, sobreviviente del Holocausto, escritor y activista rumano por los derechos humanos)

Adriana Núñez, periodista Visión CR

Situaciones en las que a lo interno de los hogares y núcleos familiares, muchos de sus integrantes actúan con indiferencia y frialdad frente a las necesidades de los demás miembros -especialmente ante los niños, adolescentes y adultos mayores- están hoy a la orden del día no sólo porque pueden palparse a través de sus actitudes displicentes sino también porque los actos -o la ausencia de ellos- hablan por sí solos pues impactan negativamente en la calidad de vida de quienes están en edades más vulnerables y son dependientes afectiva y económicamente.

Las estadísticas y reportes de niños y ancianos en abandono; sucios, desnutridos, desconectados de la realidad; sin sostén moral o afectivo, deambulando a su discreción o simplemente actuando como autómatas,  dan cuenta de que estos casos son cada día más frecuentes.
Por eso hoy vamos a repasar, brevemente, algunos de los detonantes de tan penosas circunstancias.

De acuerdo con expertos en el tema, “la indiferencia emocional de nuestras sociedades actuales, suele darse como un mecanismo de defensa frente a la sobreestimulación y el estrés del mundo moderno, razón por lo cual, para procesar esa realidad, el aislamiento o la desconexión se utilizan como una especie de escudo protector”.

Así lo señalan tanto un análisis titulado “La indiferencia como síntoma social” realizado por la Universidad de Navarra, España, como una publicación denominada “La indiferencia social “ dada a conocer en la plataforma SURCOS Digital. Ambos estudios plantean que la indiferencia ha aumentado a nivel mundial, sobre todo debido a la hiperconectividad tecnológica, al exceso de información y a la fatiga ante crisis globales.

SI ello es visible en entornos tan amplios, obviamente en escenarios más íntimos, como el familiar, dichas situaciones -escondidas en el anonimato- pueden alcanzar niveles mucho más profundos de afectación, con el consecuente impacto negativo que ello provocará en muchas de las personas que los conforman.

¿Por qué tanta gente opta por la indiferencia?

Entre las razones más notorias que motivan una actitud aparentemente distante y fría, los sicólogos han determinado que el miedo al rechazo y al compromiso, es uno de los factores que inducen dicho comportamiento.

Los ancianos dependientes y los menores de edad sufren graves consecuencias debido a la indiferencia familiar

“Si bien en algunas ocasiones, las personas evitan la vulnerabilidad para proteger su dignidad o con el fin de evitar heridas tras haber experimentado vivencias dolorosas, no debemos confundir estas reacciones con conductas sociales individualistas que se han ido instalando como producto de lo que denominamos la era digital” señalan algunos estudiosos.

Efectivamente, numerosas investigaciones han sido enfáticas al subrayar que debido a la constante interacción a través de las pantallas, la empatía real se ha reducido.  “Al no tener retroalimentación visual ni corporal de una persona de carne y hueso, es más fácil ignorar las necesidades ajenas”.

Por otra parte, en algunos individuos, la apatía a menudo enmascara problemas de salud mental, tales como depresión o estrés crónico, situaciones en las que la energía mental se ha ido agotando y por ello,  todo se vuelve monótono.

Impacto en los más vulnerables

En las familias con personas indiferentes, se observa un estilo de crianza o dinámica relacional donde los miembros actúan con frialdad, distancia y una notable desconexión emocional. Esta circunstancia puede generar graves carencias afectivas y provocar aislamiento en los demás integrantes, sobre todo cuando la conducta proviene de los progenitores y lamentablemente hiere a los menores de edad.

Carencias en materia de comunicación; poco o nulo interés por participar en las aficiones o necesidades de los niños;  ausencia de límites, etc. son solo algunos de los elementos que inciden negativamente en ellos. Y en esos casos, al no sentirse escuchados ni validados, al no contar con la orientación necesaria, los menores desarrollan una baja autoestima y generalmente presentan dificultades sociales, al tiempo que en ellos se fomentan actitudes inadecuadas como son: falta de empatía, egoísmo y vulnerabilidad emocional.

Algo similar les ocurre incluso a los adolescentes, pues vivir en entornos indiferentes, también les genera alteraciones en su autoestima y bienestar, motivos por los cuales muchos de ellos presentan signos asociados a la depresión y tienden a experimentar rechazo sobre su aspecto físico.

En el otro extremo del “reloj de arena”, cuando la indiferencia familiar  -que es una forma de violencia silenciosa- se ejerce sobre los adultos mayores, especialmente si están en una condición de dependencia, se aceleran el deterioro físico y cognitivo de aquellos a los que impacta, provocando igualmente depresión, ansiedad, aislamiento social y una rápida pérdida de la poca o mucha autonomía que aún conserven, ya que la falta de motivación y la carencia de afecto, anulan en los ancianos su voluntad de vivir.

No existen recetas para revertir estas penosas situaciones; no obstante, lo que si podemos hacer es insistir, por todos los medios posibles, en la necesidad de mantener el equilibrio laboral, social y familiar; y en la urgente tarea de recuperar valores éticos y morales que han venido a menos, tales como la solidaridad, el respeto y la responsabilidad, piedras angulares en el trato con los demás y muy especialmente, en la comunicación con aquellos con los que compartimos lazos de sangre, amor, amistad y convivencia. “Hoy por ti, mañana por mí.”

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