«Debes derribar partes de un edificio para restaurarlo y lo mismo ocurre con una vida que no tiene espíritu»
«Donde hay ruina, hay esperanza para un tesoro»
(Rumi, músico y poeta persa,1207-1273)
Visión CR/API/Medios informativos
Desde hace varios días y ante informaciones de cuerpos de inteligencia especializados que fuertemente indicaban la inminencia de un ataque del régimen iraní tanto al Estado de Israel como a su “enemigo declarado”, los Estados Unidos, las naciones aludidas decidieron anticiparse a las amenazas que desde hace años se ciernen sobre ellos bajo el lema “muerte a Israel, muerte a América” y optaron por dar los primeros “zarpazos” a través de la Operación denominada “Furia épica” – iniciada el 28 de febrero de 2026- mediante la cual, impulsaron una primera oleada de ataques cuyo objetivo principal fue la eliminación de instalaciones peligrosas y funcionarios de alto rango.

A mediados del año pasado, la administración Trump y el gobierno de Netanyahu, hondamente preocupados por los avances iraníes en materia nuclear, llevaron a cabo una exitosa misión militar que permitió la destrucción masiva de varias de las instalaciones principales dedicadas a la creación y producción de este tipo de armas.
Y ahora, tras el fracaso de los canales diplomáticos y ante la negativa iraní de cejar en sus intentos nucleares, según informes de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), de forma conjunta con los estadounidenses, atacaron a más de 1,000 objetivos en todo Irán. Y por supuesto, alcanzaron el propósito de eliminar no solo al Ayatola Ali Khamenei, segundo supremo líder de Irán, quien había asumido el poder total desde 1989, sino también a otros dirigentes importantes.
Desde entonces, no han cesado los embates contra dicha nación, que a su vez no sólo ha atacado edificaciones y a civiles inocentes, sino que además ha extendido sus agresiones hacia países árabes cercanos, sin que estos tuviesen “vela en el entierro”, excepto en algunos casos, en los que sus representantes han condenado la matanza de miles de ciudadanos iraníes cuyo pecado ha sido acudir a protestas recientes contra el régimen, en las que clamaron por libertad.

Por ello, en la ruta que es preciso transitar con la finalidad de entender las circunstancias que mediaron para que “los ayatolas” se entronizaran en Irán desde hace casi 50 años, convirtiéndose en verdugos de su propio pueblo y en uno de los mayores peligros para la seguridad mundial, hemos revisado, entre otros reportes, un interesante artículo publicado por la Agencia de Periodismo Investigativo (API) que desde Colombia dirige Norbey Quevedo Hernández, reconocido periodista y docente con más de 30 años de experiencia, ganador de premios como el Simón Bolívar y Politika.
Dicho medio digital se especializa en reportajes de fondo sobre justicia, corrupción y narcotráfico, enfocándose en investigaciones de alto impacto y fomentando la actualización noticiosa frecuente.
Su trabajo se caracteriza no solo por la veracidad de los datos que expone sino también por la claridad con la que lo han hecho. He aquí algunos de los datos más esclarecedores publicados por API, además de otras informaciones adicionales que VISION CR ha podido recabar.
Hechos que motivaron la revolución iraní de 1979
La historia contemporánea de la República Islámica de Irán se remonta a la revolución de 1979 que derrocó al Sha Mohammad Reza Pahlavi y dio paso a una teocracia liderada por clérigos chiíes encabezados por el ayatolá Ruhollah Jomeini.
En una nación dominada por dinastías ancestrales, Reza Pahlavi fue elegido oficialmente y proclamado como el primer Sha de la dinastía Pahlavi de Irán el 15 de diciembre de 1925 por la Asamblea Constituyente (Majlis). Tras tomar el poder en 1921, había destronado a la anterior dinastía Qajar y consolidado su control, iniciando la modernización del país.
Su hijo, Mohammad Reza Pahlavi, lo sucedió en 1941 tras su abdicación, convirtiéndose en el segundo y último Sha antes de la Revolución de 1979.
Las protestas contra el régimen monárquico del último Sha de Irán comenzaron en 1977 y se intensificaron en 1978. Diversos sectores, entre ellos científicos, religiosos, intelectuales y obreros se unieron en una creciente oposición a la corrupción, la represión política y las desigualdades sociales que marcaban a la monarquía.

La policía secreta SAVAK reprimió con fuerza, pero acontecimientos como el Viernes Negro de septiembre de 1978, en el que numerosas manifestaciones fueron dispersadas con armas de fuego, radicalizaron aún más a la población.
El 16 de enero de 1979, el Sha, enfermo y sin apoyo político ni popular, abandonó Irán y partió al exilio, marcando el colapso de décadas de poder dinástico.
Poco después, el líder religioso Ruhollah Jomeini regresó desde su exilio en Francia, siendo recibido por millones de iraníes en Teherán.
Pero las expectativas de una transformación favorable duraron poco. En las semanas siguientes, se desmoronó el poder monárquico y, tras referéndums nacionales dominados por los grupos revolucionarios, Irán se convirtió en una República Islámica con una constitución donde el clero chií detentaba la máxima autoridad en el Estado.
De estar mal, a estar cada vez peor
Este cambio implicó la sustitución de una monarquía secular por una teocracia basada en la doctrina de la wilāyat al-faqīh (tutela del jurista islámico) figura que tras la revolución, promovió cambios profundos en la legislación, vinculándola al código religioso sharia. Una de esas medidas más significativas fue la imposición del hiyab obligatorio (velo islámico) para las mujeres, decretado por Komeini en marzo de 1979.
En años posteriores, las leyes relativas a las féminas se endurecieron. En 1983 el código penal estableció castigos severos para las mujeres que aparecieran en público sin el velo, incluyendo flagelaciones y penas similares, y se crearon unidades policiales especializadas para vigilar el cumplimiento de estas normas.

Dichas legislaciones, junto con otras normas basadas en interpretaciones estrictas del sharia chií, han limitado la libertad de movimiento, de trabajo, de educación y de expresión sobre todo de las mujeres y otras poblaciones, como personas LGBTI o minorías religiosas, en las prácticas cotidianas del país.
Y por ello, desde la década de 1980, Irán ha sido escenario de múltiples oleadas de protesta contra el autoritarismo del régimen, la corrupción, la crisis económica y las restricciones sociales. Una alta tasa de pobreza ha afectado por décadas a la población. A ella se suman acciones tales como la flagrante restricción de libertades civiles o los asesinatos selectivos. Y lo que es más grave aún, desde la poderosa cúpula religiosa se ha estimulado el accionar de grupos terroristas tales como Hamas, Hezbolá y otros, cuyas incursiones han hecho sangrar al mundo.
Hoy, en medio de una de las escaladas bélicas más fuertes de su historia y a pesar de todas las desgracias que en el último medio siglo ha sufrido el pueblo iraní a manos de los Ayatolas, la esperanza de millones de ciudadanos dentro de sus fronteras o diseminados por innumerables países del mundo, es que las horas de dolor den paso a una sociedad más segura, justa y próspera.
Irán es en nuestros días, la tercera potencia mundial en reservas de petróleo y la segunda en gas; los hidrocarburos constituyen la principal fuente de riqueza del país. En los 1.648,195 km² de territorio iraní, donde habitan alrededor de 100 millones de personas, conviven actualmente varias etnias: los persas constituyen entre el 47% y 61% de la población, alternando con numerosas minorías importantes como azeríes (16-20%), kurdos (8-10%), luros, baluchíes, árabes, turcomanos, mazandaraníes y guilakíes, una mezcla de pueblos iranios, túrquicos y semíticos, que da pie a un mosaico cultural complejo.

Paradójicamente, muchos de ellos reclaman el regreso del hijo primogénito del último Sha, quien nació en 1960 en Teherán, salió al exilio junto a su familia en 1979 y desde entonces reside en Estados Unidos.
Pese a la cruenta historia reciente, es preciso recordar que Persia, antes de ser llamada oficialmente Irán en 1935, fue el corazón de uno de los imperios más vastos, pacíficos y sofisticados de la antigüedad, fundado por Ciro el Grande en el siglo VI a.C.
La región, reconocida por sus impresionantes ciudades como Persépolis, Susa, Pasargada y Ecbatana gozaba de una profunda tradición poética y por mucho tiempo fungió como un centro cultural y político que conectaba Oriente y Occidente.
¿Volverán la paz, libertad y brillo a sus tierras?