César Fernández Rojas, profesor jubilado y miembro fundador Comisión Nacional de Ética y Valores.

«La felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud». —Aristóteles.
Introducción
He regresado sobre mis pasos para escudriñar la manera en que la conciencia
ética, al convertirse en el horizonte clásico armonizado con el proceso axiológico,
configura la identidad moral de la persona en diálogo con la vida cotidiana.
Los valores —que en el lenguaje axiológico moderno expresan el reconocimiento de
los bienes y de las orientaciones personales como principios que guían los actos humanos— se armonizan con la virtud (areté).
En el artículo sobre la persona como sujeto de valores se desarrolló una búsqueda con sentido que pretendía mostrar que el proceso axiológico no se reduce a una secuencia conceptual y ahora se ha querido retornar al tema para analizar, con ayuda de la IA, cómo se instaura en la interioridad psicológica de la persona como experiencia transformadora.
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La conciencia ética, al repetirse en actos, no solo organiza el pensamiento, sino que moldea la afectividad, orienta la voluntad y configura la memoria moral. De este modo, la vida cotidiana se convierte en un espacio de integración donde el bien se asimila, se recrea y se proyecta como horizonte de plenitud.
Así, el proceso axiológico se revela como una dinámica vital que, al entrelazar razón, emoción y decisión, transfigura la existencia en dirección al bien y convierte la práctica cotidiana en un ejercicio de libertad responsable.
Al reinterpretar la tradición clásica sobre los bienes (agathón, aquello que perfecciona) y los fines (telos, la meta hacia la cual se orienta la acción), se descubre que la persona es, ante todo, un ser valorante (homo aestimans), como
lo describió Scheler (1973) en su ética material de los valores. Esto significa que los seres humanos no son indiferentes ante la realidad, sino que constantemente la juzgan, la califican y le asignan un valor, orientando su vida en un proceso dinámico.
Ese proceso comienza en la conciencia ética, de donde surge la idea de dar valor y el horizonte que guía la acción. La conciencia, al repetirse en actos, se convierte en hábito: la práctica constante actualiza el bien en cada acción, perfecciona la naturaleza humana y genera una conducta estable.
Los hábitos, al asentarse, construyen el carácter, que es la estructura firme que
sostiene los valores y orienta la acción hacia un fin concreto (telos), siempre en
referencia al bien. Así se va formando la identidad moral de la persona.
Sin embargo, este proceso no es mecánico. La voluntad, entendida como
apropiación vital, introduce el dinamismo que permite a la persona no solo recibir
esquemas heredados, sino recrearlos y transformarlos en expresión de su propia
identidad moral. La voluntad convierte la conciencia ética en experiencia viva de
creación y renovación.
El carácter, como núcleo formativo, se apoya en una disposición estable (hexis), que abre la interioridad hacia la coherencia y asegura continuidad en la orientación ética. Desde esa coherencia, la persona manifiesta su actitud, que guía los hábitos y les da dirección hacia el bien, comunicando a los demás la orientación de suinterioridad para alcanzar los fines propuestos.
Finalmente, en la vida cotidiana, los valores —que en el lenguaje moderno expresan el reconocimiento de bienes y principios que guían la acción— se encarnan en la virtud (areté). Esta es la culminación del proceso: hábitos buenos
iluminados por actitudes conscientes y positivas que configuran la interioridad ética y el compromiso social. La eudaimonía, como horizonte inacabable, asegura que la persona actúe bien de manera estable y plena.

La motivación de esta reflexión surge de la necesidad de comprender cómo la interioridad ética se expresa en la vida cotidiana y cómo, a través de hábitos conscientes y actitudes coherentes, la persona alcanza la plenitud de su vida. La conciencia ética, como punto de partida, abre un horizonte que orienta la acción y permite que la virtud se personalice en la práctica diaria, configurando así la
identidad moral y el compromiso social.
De este modo, la conciencia ética no solo establece el horizonte inicial, sino que abre el camino para comprender la voluntad como apropiación vital, dinamismo que transforma los valores heredados en expresión personal y creativa de la identidad moral.
La voluntad como apropiación vital
La reflexión sobre la persona como ser valorante dinámico encuentra en la voluntad su motor creador. Más allá de la conciencia ética como horizonte inicial, la voluntad introduce originalidad y libertad: no se limita a reproducir esquemas heredados, sino que los recrea y transforma en expresión personal de la identidad
moral.
Nietzsche lo formula con radicalidad: “este mundo es la voluntad de poder —y nada además” (Nietzsche, 1901); la frase adverbial “—y nada además” tiene un tono de afirmación metafísica: significa no hay otro fundamento, no hay otra esencia. Esta afirmación ilumina la comprensión de la vida ética como apropiación vital: el impulso humano de incorporar lo exterior y convertirlo en experiencia propia.
La voluntad no se comprende plenamente sin reconocer que la persona es, ante todo, un homo aestimans, un ser que valora. Scheler lo describe como portador de valores, Hartmann profundiza en la estructura que permite estimarlos, Cortina muestra cómo la vida humana se orienta mediante la valoración constante de la realidad, y Ortega subraya que el hombre interpreta y valora su circunstancia.
En diálogo con Nietzsche, esta perspectiva revela que la voluntad de apropiación no es solo impulso vital, sino dinamismo que se nutre de la capacidad de estimar valores y transformarlos en expresión personal de la identidad moral. Este dinamismo abre el camino para comprender cómo el horizonte clásico de bienes y fines se actualiza en la vida cotidiana, tema que se desarrolla en el siguiente apartado.
El horizonte clásico reinterpretado
El horizonte clásico de los bienes (agathón) y los fines (telos) no permanece como una herencia distante, sino que se actualiza en la vida cotidiana de la persona. Cada acto consciente orientado hacia el bien se convierte en ocasión para que la práctica ética se consolide y abra camino hacia la estabilidad interior.
Ejemplos cotidianos muestran esta dinámica: el estudiante que persevera en su disciplina académica, el docente que reconoce los logros de sus alumnos, la familia que cultiva la solidaridad. En cada caso, la orientación hacia el bien se
traduce en hábitos que sostienen la vida moral y permiten que la persona se reconozca en sus actos.

La clave está en distinguir entre valor y virtud. El valor es una referencia normativa que señala lo que se considera bueno o justo en un contexto cultural; la virtud, en cambio, es la interiorización práctica de ese valor en la vida de la persona.
Aristóteles lo expresó con claridad: “la virtud es un hábito selectivo, consistente en una disposición estable” (Ética a Nicómaco). Reconocer el valor de la justicia o la templanza no basta: es necesario ejercitarlo hasta que se convierta en hábito
estable del carácter.
Así, reinterpretar el horizonte clásico significa reconocer que el agathón y el telos no son nociones abstractas, sino principios vivos que se encarnan en la práctica cotidiana. La persona, como ser valorante, transforma los valores en virtudes mediante hábitos conscientes y elecciones racionales, orientando su existencia hacia la excelencia y la plenitud.
Experiencias narrativas de hábitos y valores
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La reflexión sobre el proceso axiológico encuentra su mejor expresión en las experiencias concretas que revelan cómo los hábitos se transforman en valores y
estos, a su vez, selectivamente, en virtudes. La bondad, por ejemplo, se manifiesta en la persona cortés, atenta y servicial, que se interesa por las necesidades de los demás y ofrece apoyo moral, económico o espiritual sin
esperar nada a cambio.
La solidaridad se convierte en disposición activa de colaborar y acompañar al otro, conciliando intereses personales con los de la comunidad. En la escuela, en la
familia o en la sociedad, este hábito se traduce en acciones concretas que refuerzan la empatía y la responsabilidad compartida, mostrando que el valor se
vincula con la vida cotidiana.
La gratitud, por su parte, ilumina el ambiente familiar, escolar y comunitario: cuando se reconoce el bien recibido, se crea un clima positivo que fortalece las relaciones sociales y motiva el compromiso con el desarrollo de la sociedad. La gratitud, como hábito consciente, impulsa el bienestar emocional y refuerza vínculos afectivos, mostrando que el valor se convierte en virtud cuando se practica conscientemente.
La disciplina, finalmente, se revela como fundamento del carácter. No es solo cumplimiento de normas, sino hábito que ordena la vida interior y orienta la acción hacia metas concretas. En la experiencia laboral, la disciplina se convierte en valor formativo que sostiene la perseverancia y abre el camino hacia la dignidad, la integridad y la excelencia personal.
La tradición filosófica respalda estas experiencias. Aristóteles recuerda que la virtud es una disposición estable que orienta hacia el bien, mientras que Kant
subraya que la acción moral es auténtica solo cuando se realiza por deber, porque “el deber es la necesidad de una acción por respeto a la ley” (Fundamentación de
la metafísica de las costumbres, 1785).
Así, la virtud se comprende tanto como hábito consciente que perfecciona la naturaleza humana, como deber que otorga legitimidad ética a la acción.

De este modo, las narraciones de bondad, solidaridad, gratitud y disciplina muestran que la ética se vincula en prácticas concretas que fortalecen la comunidad y configuran la identidad moral de la persona en su relación con los demás.
La virtud como culminación
La vida cotidiana muestra que los valores no permanecen como ideas abstractas, sino que se personifican en la virtud (areté), punto de llegada del proceso axiológico. La virtud es la plenitud de la obra humana: hábitos buenos orientados por actitudes coherentes que configuran la identidad moral de la persona y se expresan en compromiso social.
Para Aristóteles la virtud es una disposición estable que se forma en la repetición consciente de actos, lo que asegura coherencia interior y estabilidad ética. Esta perspectiva se enlaza con la experiencia educativa y social, donde la práctica consciente abre camino hacia la excelencia moral que forma el carácter.

MacIntyre añade que las virtudes se realizan en el marco de las prácticas comunitarias, pues son cualidades adquiridas que permiten alcanzar los bienes internos de dichas prácticas. Así, la solidaridad y la bondad no son solo disposiciones individuales, sino virtudes que fortalecen la cohesión y el compromiso compartido.
La virtud, entonces, aparece como culminación de un proceso que comienza en la conciencia ética y se orienta hacia la eudaimonía, horizonte abierto que impulsa a
la persona a vivir el bien de manera estable y plena. Más que un ideal lejano, la virtud es práctica cotidiana que convierte la vida en testimonio de excelencia moral.
Desafíos actuales de la sociedad
El proceso axiológico, aunque arraigado en la tradición clásica y en las experiencias de vida, enfrenta hoy desafíos que ponen en tensión la identidad moral de la persona. La sociedad contemporánea, marcada por tensiones
institucionales y una retórica emotiva, tiende a diluir la conciencia ética por la búsqueda de satisfacciones inmediatas.
Zygmunt Bauman (2000) describe esta condición como “modernidad líquida”, en la que los vínculos humanos se tornan frágiles y las instituciones pierden estabilidad.

En este contexto, virtudes como la disciplina y la bondad adquieren un carácter contracultural, pues resisten la lógica de lo efímero y sostienen la coherencia interior frente a la incertidumbre.
Charles Taylor (1989) advierte que la identidad moderna se construye en diálogo con horizontes de sentido, y que sin referencia a valores compartidos la persona corre el riesgo de caer en un vacío moral.
Esta reflexión ilumina la necesidad de que la conciencia ética se haga traslúcida en hábitos y actitudes, valores y virtudes, con la voluntad de ser capaces de responder a los desafíos de la globalización, la desigualdad y la crisis ecológica.
Así, los desafíos actuales no invalidan el proceso axiológico, sino que lo hacen más urgente: la persona está llamada a vivir la virtud como respuesta concreta a la fragmentación social, reafirmando que la ética es resistencia y horizonte de plenitud en medio de la incertidumbre contemporánea.
Conclusión: Identidad moral y plenitud humana
El recorrido realizado muestra que la conciencia ética, al convertirse en hábito y virtud, configura la identidad moral de la persona y la orienta hacia la plenitud. No se trata de un esquema conceptual, sino de una experiencia vital que sostiene la coherencia interior y se comunica en la vida cotidiana como compromiso social y
horizonte con sentido.
La virtud, como culminación del proceso axiológico, enlaza la tradición clásica con los desafíos contemporáneos, mostrando que la persona alcanza su plenitud con actos orientados al bien. En palabras de Aristóteles, “la felicidad es una actividad del alma conforme a la virtud”, lo que confirma que la eudaimonía es una práctica
constante que da forma a la vida buena.

Así, la identidad moral se revela como núcleo de la existencia humana: un proceso
dinámico que abre la posibilidad de vivir en plenitud y de responder con
coherencia a los retos de la sociedad actual.
La reflexión sobre la conciencia ética
y la voluntad como apropiación vital se convierte, finalmente, en una invitación a
asumir la ética como vida plena y compromiso con la comunidad.
Referencias Nietzsche, F. (1999). La voluntad de poder (A. Sánchez Pascual, Trad.). Madrid: Ediciones Altaya. (Obra original publicada en 1901).
Scheler, M. (1973). El formalismo en la ética y la ética material de los valores. Madrid: Revista de Occidente. Hartmann, N. (1964). Ética. Madrid: Revista de Occidente.
Cortina, A. (1997). Ética mínima: Introducción a la filosofía práctica. Madrid: Tecnos.
Ortega y Gasset, J. (1966). El hombre y la gente. Madrid: Revista de Occidente.
Aristóteles. (1999). Ética a Nicómaco (T. Irvin, Trad.). Hackett Publishing. (Obra original publicada ca. 350 a.C.).
Kant, I. (1998). Groundwork of the metaphysics of morals (M. Gregor, Trad.). Cambridge University Press. (Obra original publicada en 1785). [Kant, I. (1998). Fundamentación de la metafísica de las costumbres (M. Gregor, Trad.). Cambridge University Press. (Obra original publicada en 1785).]
MacIntyre, A. C. (1981). After virtue: A study in moral theory. London: Duckworth.
[MacIntyre, A. C. (1981). Tras la virtud: Un estudio de teoría moral. London: Duckworth.]
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Cambridge: Polity Press. [Bauman, Z. (2000).
Modernidad líquida. Cambridge: Polity Press.]
Taylor, C. (1989). Sources of the self: The making of the modern identity. Cambridge, MA:
Harvard University Press. [Taylor, C. (1989). Fuentes del yo: La construcción de la identidad moderna. Cambridge, MA: Harvard University Press.]
El delineado de las ideas y conceptos se ejecutó en diálogo con Microsoft Copilot.