Jacques Sagot, pianista y escritor.
Con Lévinas me sucede lo mismo que con Spinoza y Nietzsche: su filosofía me interpela, me estremece, punge fibras hondísimas en mi alma. Pero choco siempre con el mismo obstáculo: no puedo “vivirla”. Jamás podré elevarme a la “inteligencia de las causas”, seguir el arduo camino iniciático del sabio, y alcanzar esa lucidez que me permitirá aceptar la picadura de un mosquito o el más inconcebible de los genocidios –el mal natural y el mal antropogénico– en tanto que eventos “ontológicamente necesarios y éticamente neutros”: ambos se inscribirían por igual en una cadena causal que nuestra óptica –la parte no puede comprender al todo– es incapaz de captar en su perfecta coherencia.
Tampoco podré nunca vivir según la “moral del señor”, y asumir que la misericordia y la compasión no son otra cosa que una especie de manifiesto colectivo de los “vasallos”, seres mediocres y valetudinarios que se asocian para evitar que las criaturas fuertes ejerzan –de manera legítima y aplastando todo cuanto en su camino topen– su apetito de vida, de plenitud, de potencia, su natural tendencia a la expansión. No, no, no… Ante estos inmensos pensadores –porque, en efecto, por tales los tengo– yo experimento el divergente sentir de una admiración infinita, y algo así como la vergüenza del mal alumno que por poco celebra sus orejas de burro y la humillación consistente en ir a amueblar la esquina de la clase.

Lévinas –pináculo del bien pensar y el bien decir– me inspira algo semejante, aun cuando, en su caso, la cima propuesta me parece menos inaccesible e inhóspita. La mirada ética –nos dice– no debería siquiera reparar en los rasgos físicos de aquel sobre quien se posa. Desde el momento mismo en que me digo: “tiene ojos azules y almendrados, piel cobriza, nariz aquilina y un lunar en la mejilla derecha”, ese mirar ha dejado de ser esencialmente ético. El rostro del otro –en su bella indefensión y vulnerabilidad– exige de mí, d´emblée, un mirar radicalmente diferente. Soy responsable de él: ¡debo asumir responsabilidad aun de su irresponsabilidad! El perseverar-en-el-ser, el conatus de Spinoza y Unamuno se convierte en un ser-para-el-otro: la ética es el fundamento de toda ontología concebible. Pero lo primero que se impone es reconocer la alteridad –tal cual la proclama el rostro–, hacer una inmensa elisión de todo cuanto en ella es físico (de lo contrario, nuestra aproximación estaría viciada desde el inicio) y abordar el ser, no la cosa que ante nosotros se propone, exigiendo mucho más que respeto: ¡responsabilidad! Bueno… Tal vez las cimas estén ahí para forzarnos al ascenso, no para que sobre ellas clavemos el irrisorio estandarte de nuestra vanidad.
Sí, sí, ya lo sé: esta no es una buena manera de comenzar un relato. Después de una página de merodeos filosóficos, ningún lector –no, por lo menos, los “maleducados” por Poe, Maupassant o Quiroga– querrán seguir de la mano de su escritor. Pero es que, para empezar, lo que aquí propongo no es un “relato”. Es… pues lo que es. No me corresponde a mí asignarle su lugar preciso en el zoológico literario, y no es probable que tal gestión preocupe a muchos.
Lévinas ha generado en mí un terremoto íntimo de magnitud 9,5 en la escala Richter… sin que por ello la topografía de mi ser haya variado en lo absoluto: ni la eclosión de súbitas cadenas montañosas, ni el hundimiento de litorales, y eso es, justamente, lo que más me mortifica. Lo comprobé mil veces, mientras tomaba los apuntes de este libro.

Sentado en la esquina “de las tres iglesias” (Notre-Dame, Saint Julien y Saint Séverin) y las cuatro mozas (las que me atendían en el café: la valenciana, la tunecina, la francesa y la serbia), si me permiten tan heterodoxa implosión de valores religiosos y constataciones estéticas. Sí, bien se ve cuán poco he logrado integrar a mi vida la quimera ética de Lévinas. Y es por esa misma razón que lo primero que consignaré aquí es el aspecto de “la mujer”. La mujer sine materia. La que se deshacía a ojos vistas. La que no era ya más que un esbozo de sí misma. Oquedad pura, o apenas un contorno, para ser precisos. ¿Una sombra? ¡Las he visto dotadas de mayor densidad y espesor! ¿Un cadáver? ¡Los he conocido harto saludables! ¿Un esqueleto? ¡Los hay maravillosamente ataviados! ¿Un fantasma? ¡No ciertamente el de Canterville, tal cual nos lo propone un rollizo y jocundo Charles Laughton! ¿Una ruina? ¡Las hay que son declaradas patrimonios de la humanidad, y figuran en las guías turísticas del mundo entero! No, no, no… esto era diferente. Hablamos de una presencia que la nada iba royendo desde adentro, uno de esos maderámenes que parecen intactos después de su exhumación, pero se desintegran al contacto de la primera corriente de aire.
No hubo una sola tarde o noche –¡y cuántas dejé en esa, “mí” esquina!– en que no viera a la mujer sin materia. Es que, quizás, ella misma era un ser límbico, necesariamente crepuscular, criatura de intersticios: ni viva ni muerta. Lo que Derrida hubiera llamado un “indécidable”. ¿Su edad? Muy difícil estimarlo. Quizás setenta y dos años… Que el alcohol y la droga habían estirado, estirado hasta conferirle el espesor de milenios. No caminaba encorvada. Antes bien, se esforzaba en mantenerse erguida, y su paso no era vacilante. Pero en esa compostura, en esa precaria verticalidad, se advertía el esfuerzo consciente y subrayado del adicto que procura por todos los medios cosmetizar su condición. Era un caminar rectilíneo al tiempo que frágil. Avanzaba como si hubiese trazado ante sí una recta imaginaria, poniendo pie tras pie con esmero de bailarina al borde de un permanente abismo. Muchas veces he hablado con esos borrachos perdidos que vigilan la articulación de su palabra, que sobre-pronuncian, que se exigen desesperadamente una lógica discursiva lenta, calculada, a fin de no hacer el ridículo. Ahí van saliendo los vocablos, forzados, resobados, correcta pero arduamente proferidos. Así andaba la mujer sin materia. Cada paso suponía un esfuerzo sobrehumano… con lo cual, asumo, vivía sobrehumanamente. Pero su funambulismo era eficaz: no se caía de la cuerda, no rodaba por los caños.
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Mil veces la vi entrar y salir –pero por alguna razón es el primer gesto, el que se me metió en el alma– de una puerta tan angosta como ella, en una casita estrujada en la esquina opuesta al café “de las tres iglesias”. No creo que ninguna otra criatura hubiese sido capaz de resbalar por tal rendija, y tentado me siento a decir que la apertura había sido hecho justamente para ella. No sé si vivía en el primer piso, en la buhardilla, en algún arcano patio, o en el más tenebroso de los sótanos. No concibo cómo aquella sombra “al cuadrado” sería capaz de subir escaleras, y el edificio carecía sin duda de ascensor. Quisiera creer que había cavado su nido a ras del suelo, acaso en un cubil donde no habría espacio para nada más que una cama, una silla, un hornillo y un retrete. Esquina de las calles Galande y Saint-Julien-le-pauvre: ese era su hábitat. No creo que jamás haya abandonado tales predios. Era un monumento nacional, parte de la fisonomía del barrio, el alma misma del vecindario. ¿Alma en pena? No sé cuánto penase. No parecía sufrir… porque tampoco vivía. Se limitaba a errar. Siempre estaba en la calle. A cualquier hora del día y de la noche, inmutable cuando las estaciones cambiaban en torno suyo un décor que pasaba de Gauguin a De Chirico en cuestión de minutos. No era mimética: su figura siempre se decantaba de su escenografía, y era imposible no reparar en ella. Las estaciones no modificaban su atuendo: pantalones negros, suéter rojo, abrigo raído pero no carente de dignidad. No descuidaba su aspecto físico, no le infligía al mundo –bajo ese texto que es el cuerpo desaliñado– el horror de la cámara de tormentos que llevaba por dentro. De la forma en que cuidaba de sí infiero el relativo decoro de su casa: tengo para mí que quien acicala siquiera superficialmente su cuerpo, tiende también la cama, sacude sus muebles y limpia sus utensilios de cocina.
Era alta… a menos de que mi impresión fuese el producto de su exigüidad física. La gente cadaverosa suele parecer más enhiesta de lo que realmente es. Una raya, un trazo, un filamento. Todo el mundo en el vecindario parecía conocerla. Nunca se detuvo en el café. Sospecho que no se lo hubieran permitido: su silueta no figuraba en ninguna guía turística de París. Habrá que hablar con el alcalde para que remedie este escándalo: si el passe-muraille de Marcel Aymé fue recreado –¡y cuán bellamente!– en la colina de Montmartre, ella no merecía menos. De hecho, jamás he visto a nadie que a tal punto se aproximase a la quimera de nuestro novelista: ¡la mujer sin materia era capaz de atravesar murallas, descerrajar féretros, hendir criptas! Pero… sí, sí: llevaba también –¡aún en plena canícula!– una bufanda roja… ¿protegería algún agujero en el cuello? ¿Deambularía con su traqueotomía abierta “a todas las antorchas del solsticio” (Valéry)? Ahora que recuerdo, jamás la oí decir palabra. Quizás hablase con ese dispositivo que se inserta en el orificio, por debajo de la manzana de Adán, ahí donde el aire no puede ya hacer vibrar las cuerdas vocales: cuestión de tubos, válvulas y balones inflables. ¿Tabaquismo? Sin duda. De la mujer sin materia cabía afirmar lo que se decía de Sócrates: llevaba escritos en su cuerpo todos los vicios de su ciudad. Aristófanes, Jenofonto y Eupolis se burlaban de él… ¡Ah, qué privilegio, poder decirles –en este libro que es mío, y donde ningún coordinador editorial puede prohibírmelo–: miserables envidiosos, escribidores de mierda, sofistas de cafetín, que se hacían pagar a precio de oro sus lecciones de falsa sabiduría, ahí donde “la más bella flor de la Antigüedad” (Nietzsche) las prodigaba gratuitamente!

La mujer sin materia caminaba sobre la calle Saint-Julien-le-pauvre hasta el río… y desandaba su itinerario, una, y otra, y otra, y otra vez, especie de Pulgarcita que usase las pavesas a guisa de migajas de pan. Solía detenerse en el parquecito de la iglesia… Y entonces sucedía algo para lo que jamás encontré explicación. Se reunía con una caterva de jovenzuelos, traficaba con ellos, intercambiaba cosas… o servicios. Ellos la conocían, la abastecían, la administraban, o viceversa. Fácilmente hubieran podido pasar por nietos suyos. ¿Quién parasitaba a quién? ¿Mutualismo? ¿Qué tipo de simbiosis existía entre el fantasma y aquel enjambre de rufianes? Chulillos, granujas, proxenetas, trasegadores… No siempre son gitanos o siniestros árabes, como lo querrían los franceses “de souche”. Ellos la prostituían, ella los prostituía… Una cosa, por lo menos, me resultaba evidente: la mujer sin materia los necesitaba con desesperación, los buscaba, y celebraba con ellos sus oscuros cónclaves compulsivamente. Frente a los cafés y restaurantes donde mil turistas brindaban y canturreaban a la Piaf, en la plaza donde siete billones de chinos intentaban capturar París en sus ridículos adminículos fotográficos, ahí, en una especie de universo paralelo, presentes pero invisibles, aquellas criaturas oficiaban su tráfico ritual con el automatismo y la puntualidad de las aves migratorias. “Les rocs fatals de l´esclavage humain”… Se me viene a la mente esta imagen. ¿Victor Hugo, Vigny? No pienso confirmarlo, y sobra decir que tampoco recuerdo a qué poema pertenece. Posiblemente no tenga importancia consignarlo. Todos los grandes poetas del mundo han sido, en cierto modo, el mismo poeta.
Tan pronto era efectuado el trasiego, la mujer sin materia volvía a remontar la calle, y se perdía en su rendija urbana. Pero una hora después caminaba nuevamente sobre el pavimento adoquinado –nunca sobre las aceras– y volvía al jardincito de Saint-Julien-le-pauvre. De nuevo: no sé por qué no guardo imagen mental del momento en que salía de su casa. Sucedía, simplemente, que “aparecía” en algún rincón del vecindario. Por el contrario, mil veces la vi sacando un manojo de llaves –¿cómo podía cargar tanto metal consigo?– para abrir la puerta, y desaparecer en lo que me hacía el efecto de un zaguán tan constrictivo como el umbral. Por lo demás, no sé si alguna de las ventanas del inmueble correspondía a su habitación. Jamás la vi asomarse por ellas, o percibir que mano alguna descorriese cortinas o postigos. Los granujas no la acompañaban de vuelta a casa. Siempre entró sola. ¡Cuánto hubiera querido asomarme a alguna de aquellas ventanas! La ventana tiene la vertiginosa fascinación de los ojos, sin eso que en ellos nos detiene en el umbral del ser: don´t trespass! No me gusta asomarme a los ojos de nadie. Porque me devuelven mi propia imagen, porque siento que me aventuro en una dimensión vedada, finalmente porque, a fuer de estar mirando el abismo, me da miedo terminar sumiéndome en él. “El que mira hacia afuera desde una ventana abierta no ve tantas cosas como aquel que ve desde afuera una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso ni más deslumbrador que una ventana iluminada por una candela. Lo que podemos ver bajo el sol es siempre menos interesante que lo que pasa tras un cristal. En ese hueco negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida”. Es Baudelaire, sí. El voyeur, el atisbador poético, ese que bien hubiera podido firmar Rear window (Hitchcock), de no haber tenido la desconsideración de morirse antes del invento de los hermanos Lumière. Pero en la guarida de la mujer sin materia las ventanas no tenían cirios: ojos cerrados, quizás para siempre.

Strauss y Hugo von Hofmansthal soñaron “La mujer sin sombra”, y Pedro de Alarcón escribió un cuento fantástico titulado “La mujer alta”. Pienso también en “Ligeia”, de Poe: al volver de la muerte, la heroína parece haberse alargado, y el protagonista se pregunta, entre perplejo y aterrorizado: “¿había crecido ella durante la enfermedad?” Las mujeres altas siempre me han inspirado algo de miedo. Me fuerzan a verlas desde la perspectiva del niño, desde abajo, y adquieren entonces no sé qué de bizarro, de amenazador. A diferencia de la Emperatriz, hija del Rey de los Espíritus, de Strauss y Von Hofmansthal, mi mujer no tenía sombra porque… pues porque no veo desde qué ángulo podría la luz del sol generar tal fenómeno, en un ser desprovisto de densidad física. Ni maldición ni mítico designio: las almas no tienen sombra. Así de simple, así de complejo.
¡Ah, mediocre alumno que he sido de Nietzsche! Ella y su jauría de hienas… ¿quién era el “señor” y quién los “vasallos”? ¿No estaríamos quizás en un mundo en el que no hay sino vasallaje? ¿Y qué lugar ocuparía yo, en esta darwinista cadena trófica? ¿Un animal carroñero quizás? Y Spinoza… Toda aquella miseria, ¿tendría que ser considerada “ontológicamente necesaria y éticamente neutra”? ¡Solo un cobarde, miope, desbrujulado y quejumbroso cretino como yo sería capaz de no ver la magnificencia del diseño arquitectónico de conjunto, de ese mapamundi universal en el que la degradación humana cobra pleno sentido, y todo juicio ético deviene pura ilusión! ¡A leer se ha dicho, y veremos si algún día me hago merecedor de mis maestros! Por lo que a Lévinas atañe, mi mirada fue todo menos ética. No valió más que una cámara fotográfica. No hice tabula rasa de los rasgos físicos de la mujer, y su rostro ciertamente no me movió a asumir responsabilidad con respecto a su evidente irresponsabilidad consigo misma. Peor aún: la literaturicé, la convertí en mera sustancia estética. La tomé como materia prima para mi magnificente prosa… y luego la deseché como una cáscara. No valgo más que el periodista que gana un premio con la foto de un niño desnutrido sobre el que se cierne el buitre voraz, en lugar de correr al rescate de la víctima. Es que tal vez él mismo era buitre: ¡todo sea antes que conspirar contra un colega, e incurrir en un tipo de conducta anti-ética! El depredador acecha al niño, y huele en él su paraíso. Y nuestro paraíso no es otro que el dolor de los demás. Nos hace felices, verlos sufrir. Por mil razones, la primera de ellas siendo, quizás, el hecho de que gozamos sordamente con nuestros raptos de caritas, de commiseratio, de compasión. ¡Por poco nos sentimos humanos! ¡Es tan voluptuosa, la piedad! ¡El alma que se masturba, se estremece con el dolor de los otros, y descubre a qué punto es capaz de sym-pathos, de identificación cordial (del latín cor: corazón)! ¡Cuán profundamente misericordioso soy! ¿No es acaso delicioso, comprobarlo? Pero claro, tan pronto termina nuestro acceso de sensibilidad humana y social, tan pronto la sesión de onanismo se disipa en su mísero chorrillo de lágrimas, volveremos a nuestra natural ogritud, y no moveremos un dedo por nada ni por nadie. Luego, si el mundo se arrastra gimiendo en torno mío, ha de ser que yo no estoy tan mal, ¿no es cierto? ¡Cuán reconfortante! El dolor del mundo es mi bálsamo. Un analgésico contra mi propia miseria. ¡Nunca desestimar sus propiedades medicinales! ¿Los altruistas y filántropos? ¡Los he visto sumirse en la depresión tan pronto su gestión fue realizada, y la cruzada que lideraron se vio coronada con ese éxito que, al mismo tiempo, esterilizaba su discurso y hacía obsolescer sus banderías! ¡Peor aún: los he visto sacarse los ojos unos a otros, cuando su territorialidad fue amenazada por criaturas igualmente “generosas”: también en tanto que benefactores de la humanidad querían prevalecer, constituirse en especímenes hegemónicos! Ofrecían reinos… siempre y cuando se inscribiesen dentro de sus imperios. “Et Dieu voit cela!”
Vi por última vez a la mujer sin materia al caer la tarde. Estaba por entrar a su casa. Al cerrar la puerta tras de sí, sentí, intuí, supe que sería para siempre. Pensé en Ana Magnani –pálida, demacrada, crepuscular– cuando Fellini la capta en el breve cameo de Roma, justamente en el momento en que vuelve a casa, y entra en la leyenda. Se interpreta a sí misma. La otrora bellísima mujer que –parece sugerirnos el director– alguna vez fuese Roma, se arrebuja en las sombras para morir. Efectivamente, Anna Magnani se extinguía pocos meses después de este, su último, silente rol. No más que un epílogo, una firma, una imagen para que el espectador la conserve en el espíritu sub specie aeternitatis. Es posible que mi mujer sin materia también fuese París, y que con ella muriese el espléndido dolor, el doliente esplendor de esta inexplicable ciudad.