«Vale la pena acoger toda vida, cada persona humana vale la sangre de Cristo»
(Papa Francisco)
Adriana Núñez, Visión CR
Millones de personas se aprestan a celebrar la Navidad y aunque para muchos esta conmemoración solo sea importante por la posibilidad de contar con días feriados y más tiempo para viajar a las playas u organizar paseos y fiestas, lo cierto es que afortunadamente, la gran mayoría está consciente del hito histórico que representó el nacimiento de Jesús y su paso por la Tierra.
La presencia de Jesucristo, sus prédicas, el ejemplo que en todo momento brindó a sus discípulos y seguidores; su inevitable sufrimiento en la Cruz, y por sobre todo ello, su resurrección, constituyen los pilares sobre los cuales descansan la fe, la moral cristiana y distintos entramados religiosos que dan asidero y norte a los creyentes, de forma tal que sus existencias se encaminen por rutas de paz, amor al prójimo y una profunda valoración de la vida que se les ha dado.
Lamentablemente, en innumerables sociedades del mundo moderno, ese preciado regalo de la vida, se ve distorsionado e incluso truncado por las debilidades, errores o violencia a la que miles de seres humanos se encuentran sometidos y ello se ve reflejado, particularmente, en el tema del aborto.
Una masacre anual

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo se realizan alrededor de 73 millones de abortos cada año.
De este espeluznante número, más de 25 millones corresponden a lo que se denomina como “abortos inseguros”, prácticas que se producen usualmente en naciones de bajos ingresos y son la causa principal de muerte y discapacidad materna.
Es impactante la cifra, pues se traduce en unos 2.1 abortos por segundo,
Según lo citado por la página AbortionData.org “casi la mitad de los embarazos a nivel planetario son NO deseados”. Ello representa un aproximado de 121 millones de embarazos. Seis de cada diez, terminan en aborto inducido. Mientras la tasa más alta de abortos se produce en Vietnam, naciones latinoamericanas como en el caso de Cuba, no se quedan atrás. Por su parte, países europeos tales como Bélgica, Alemania, Países Bajos y Suiza, presentan las tasas más bajas a nivel mundial.
Aquellas mujeres que sobreviven a un aborto inducido, sufren secuelas que pueden incluir alteraciones de salud mental -como ansiedad o depresión- pero también problemas físicos tales como: complicaciones en futuros embarazos, infecciones, sangrados profusos, daño uterino, etc.
Entre los riesgos más comunes de un aborto inducido se incluyen: ruptura del útero, sepsis, hemorragias, paro cardíaco, vómito y aspiración de éste, embolia cerebral y fallo renal agudo.
Más grave aún es lo que le ocurre al feto, pues independientemente de la etapa en que se encuentra, además del doloroso hecho de terminar con una vida, usualmente se ve expuesto a succión mediante un tubo que se introduce en el cuello uterino de la mujer o a otras prácticas aún más violentas y salvajes.
Irremediablemente, el bebé sufrirá dolor, aunque algunos especialistas señalan que el grado varía según la etapa del embarazo en que se practique el aborto. Variadas investigaciones sugieren que antes de las 20 semanas la capacidad de sentir dolor es “más limitada” debido a que el cerebro no está completamente desarrollado, pero señalan que después de ese punto, la posibilidad de que el bebé experimente dolores más intensos, es mucho mayor.

Y no hay que olvidar que, invariablemente, todos esos seres humanos en desarrollo, tienen alma desde el momento de su concepción.
El tema ha sido ampliamente discutido y sobre él se ciernen muchos argumentos, entre los cuales, el riesgo para la vida de la madre, es el que más peso ha tenido y por ello, la legislación de muchas naciones contempla el “aborto terapéutico”. En Costa Rica, así lo consigna el artículo 121 del Código Penal, pero su aplicación se regula mediante normas técnicas que definen los procedimientos y criterios médicos a seguir en cada caso debidamente calificado.
A ello se suman las campañas de planificación familiar y las facilidades y alternativas que se le brindan a la población femenina para prevenir embarazos mediante distintos métodos anticonceptivos.
No obstante, según datos incompletos de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) en el tiempo comprendido entre 1998 y el 2018, el país ya registraba más de 98.000 abortos. Más recientemente, en el 2023, del total de abortos del período,1800 se practicaron en menores de edad.
Todas las vidas son valiosas
Lo cierto del caso es que el altísimo número de abortos que se ejecutan anualmente en el mundo, debería hacernos reflexionar en torno a la valoración de ciertos grupos e individuos en torno a la vida misma.
Por ello, deseamos terminar este repaso, compartiendo con los lectores una breve reseña sobre el caso del aborto fallido de Lynda Swayn, una valiosa mujer que dedicó su vida “al cuidado de los niños no deseados”.
“Poco después de saber que estaba embarazada, la madre de Lynda fue víctima del pánico ante la posibilidad de que su familia supiese que tendría un hijo con un hombre casado. Recurrió al metotrexato, un potente medicamento que acabaría con la vida del bebé casi de inmediato. Pero contra todo pronóstico, la niña sobrevivió. Al momento de recibir el alta hospitalaria en Rotorua (Nueva Zelanda), Lynda tenía un año y medio de vida, había sido abandonada por su madre y era totalmente dependiente.

El aborto fallido le dejó graves secuelas de por vida. Solo tenía dos dedos en cada pie, no podía caminar, tenía la vista casi anulada por completo y dos grandes agujeros hacían de su cerebro algo parecido a lo que consideraban «una fontanela que nunca se cerró».
No obstante, Dios tenía planes para ella. Fue acogida por las Hermanas de la Compasión, orden fundada por la religiosa francesa Suzanne Aubert, para cuidar a bebés y niños «no deseados», y pudo crecer casi como cualquier otra niña. Con los años, sus limitaciones no le impidieron dedicarse ella también, a ayudar y educar a numerosos infantes abandonados tras el nacimiento.
En una oportunidad, Lynda contó que el motivo más importante para seguir adelante, se lo brindó el legado de Aubert, quien según narró: “veía a Cristo en todos, también en las madres de los niños abandonados -sin juzgarlas- y por ello los aceptaba, independientemente de cuál fuese su origen o pasado».
En 2018, Swayn recibió una medalla y el reconocimiento papal. En la ocasión, agradeció a las hermanas que la acogieron y señaló: “Es un milagro que esté aquí hoy, contra todo pronóstico, dado que los médicos dijeron que no viviría por mucho tiempo»,
¿Cuántas vidas -igualmente valiosas y de gran provecho para la humanidad, como la de Lynda- se habrán perdido en el oscuro túnel de un aborto?