Redes sociales: la hoguera en la que se queman los libros

Redes sociales: la hoguera en la que se queman los libros

Luis Paulino Vargas Solís, economista y académico.
Me topé, en una publicación de El Paisano, a un “influencer”, que decía que quienes votaron por Ariel Robles tienen baja la testosterona, les gusta “el banano” (sic) y se tiñen el pelo de morado, naranja y rosa, mientras que quienes votaron a Fernández tiene elevada testosterona, les “llueven las babies” (sic) y son “inteligentes” (sic).
En un WhatsApp que me envió un amigo, vi otro que, descamisado, criticaba ácidamente a las personas que les gusta tener un gato como mascota.
Confieso que, en general, me mantengo lejos de ese universo de los “influencers”. Quizá sea porque, a lo que entiendo, las principales bases de operación de esos especímenes están en Tik Tok e Instagram, dos redes que utilizo limitadamente.
TikTok vs. Instagram: Which Is Better for Creators? | Backstage
Pero, la verdad, cuando me doy una vuelta por esos dos espacios de la virtualidad, tampoco me salen. Acaso sea la suerte, o quizá es que, sin proponérmelo, he logrado domesticar los algoritmos y estos evitan exponerme a ese tipo de “productos”.
Por lo que he podido ver –y admito que la evidencia de que dispongo es limitada– los “influencers” son, por lo general, gente joven y bonita. Muchachas de cutis alabastrino, de glamorosa cabellera, de esbelta figura. Muchachos con bíceps y pectorales de gimnasio. En fin, seres humanos de lo más corrongos.
IA: La nueva industria de 'influencers' virtuales: celebridades que trabajan sin descanso y no piden un aumento | Tecnología | EL PAÍS
A lo que logro captar, los “influencers” son una expresión destacada dentro de un fenómeno más amplio: el de las redes sociales.
Y las redes sociales –es mi hipótesis después de todos estos años de ver cómo se desenvuelven esos artificios– han pasado a ser el triunfo de la imagen y, con esta, el triunfo de lo efímero, lo epidérmico y lo superficial.
Sin estar exenta de esa tendencia, esta se manifiesta de forma atenuada en Facebook, que es, como mucha diferencia, la red que más utilizo para expresarme, precisamente porque es la que, todavía, da algún chance al texto y, con este, un granito más de espacio a la reflexión. La cuestión se manifiesta mucho más claramente en Instagram y, sobre todo, Tik Tok.
En un libro originalmente publicado a finales del decenio de 1980, el célebre politólogo italiano Giovanni Sartori, discurría acerca de los cambios que había traído la televisión: «estamos saliendo –decía Sartori– de un mundo constituido por “cosas leídas” para entrar en el mundo de las “cosas vistas”».
No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Giovanni Sartori, politólogo italiano.
Diría yo que la televisión introdujo esa tendencia y las redes sociales se encargaron de profundizarla. Y si ya en la tele la superficialidad y la frivolidad abundaban, en las redes se volvieron huracán, tsunami y marejada.
Es que, a pesar de todo, la basura de la tele exige un equipo de producción y, en consecuencia, un presupuesto más o menos considerable.
En las redes todo eso se “democratizó”. Para muestra un botón: los “influencers”. Basta un celular; Instagram o Tik Tok; la cocina o la sala o el dormitorio de la casa o incluso la ducha y el retrete. Y ¡eureka! Ya son “creadores de contenido” y tres segundos después son celebridades y formadores de opinión y generadores de tendencias.
Y, al día siguiente, ya son gente rica que chapotea en dólares.
Los libros ¡Qué artificio tan aburrido y anticuado! La lectura ¡Qué bostezo! Si acaso, eso estará bueno para rokos reumáticos que no saben “moverse” en las redes.
Qué difícil para los libros competir con esa explosión embriagante de sensaciones a flor de piel, de placeres instantáneos, de carcajadas en automático. Y de recetas fáciles y milagrosas para bajar de peso, echar bíceps, tener cuadritos en el abdomen y lucir sexy.
BookTok: cómo los influencers de TikTok están cambiando el mercado del libro a nivel mundial | Artes y Cultura | BioBioChile
Tanto y tanto que se habla de la crisis educativa. Sospecho que aquí está una de las claves de esa crisis y lamento que la gente experta que se ocupa de tan acuciante problemática, le preste tan escasa atención a esto que aquí digo.
Y en la colada también va la democracia.
Porque la democracia es una forma de organización política exigente: demanda una ciudadanía participativa y comprometida, dotada de capacidad para el discernimiento crítico.
Pero ese discernimiento crítico se vuelve inalcanzable en gente cuya capacidad para el estudio ha quedado mutilada, de donde resulta que el nivel de su pensamiento abstracto repta a dos milímetros del suelo.
Y, tengámoslo claro, sin lectura -o sea, sin libros- nada de eso es posible.
Visitado 22 veces, 22 visita(s) hoy

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *