- La percepción internacional sobre la manera de conducirse de muchos latinoamericanos incluye algunas cualidades pero también aspectos muy negativos que afectan a todas y cada una de sus naciones
- En el caso de Costa Rica, la sociedad actual se está retratando como una de las más corruptas e impunes de su historia reciente
- De acuerdo con una encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP-UCR) dada a conocer en abril del 2025, de la cual hicieron eco varios medios de comunicación, el 54% de los costarricenses se identifican con un agresor. Ello refleja un cambio alarmante en la manera de pensar de un buen número de ciudadanos.
Adriana Núñez, periodista VISIÓN CR
«El orden es la forma en que la humanidad impone la paz sobre el caos»
-Henry Adams, (1838–1918) historiador y novelista norteamericano-
Felices, alegres… quizás. Irrespetuosos e indisciplinados… efectivamente. Así perciben los estudios especializados a millones de latinoamericanos, esparcidos por 20 países independientes que conforman el área continental. Los conflictos son el pan de cada día y muchas de esas naciones, no han podido alcanzar mejores niveles de bienestar en virtud de ciertas características que afectan la gobernabilidad y el desempeño individual y colectivo.
Investigadores sociales y analistas, apuntan a que la percepción de indisciplina en relación con Latinoamérica, es producto “de una combinación de factores estructurales, incluyendo un alto nivel de trabajo informal en la región, lo cual dificulta el cumplimiento de normas”. A ello se suman aspectos tales como “una cultura de impunidad, corrupción sistémica y profundas desigualdades sociales” resultantes de contextos históricos y socioeconómicos complejos.

Ciertamente, en zonas urbanas sobre todo, es notorio el desorden que provoca una gran parte de la población que trabaja fuera del sistema formal, escenario que genera ambientes donde las reglas son laxas o inexistentes.
Escenas simples y cotidianas nos dan una visión inmediata: camiones y toldos con gente vendiendo frutas apostados al costado de las calles, estorbando el tránsito vehicular fluido o bordeando los sucios caños; ofertas de bisutería, cremas de dudoso origen y hasta productos “medicinales” expuestos en plena vía; vendedores de confites, plátanos en bolsa, cajetas, helados y otros alimentos, apostados a la salida de escuelas, clínicas y hospitales o caminando entre los vehículos apiñados en las autopistas…son solo unos cuantos ejemplos del caótico panorama al que se enfrentan los demás ciudadanos en su trayecto diario. Y como tantas otras cosas, esas han pasado a aceptarse como “normales”.
Por los factores descritos y otros mucho más peligrosos, claramente visibles, la percepción internacional del latinoamericano promedio responde a una mezcla donde se resaltan aspectos positivos como calidez, alegría y resiliencia, pero al mismo tiempo, se suman múltiples estereotipos negativos como lo son: inestabilidad, corrupción, desidia, anarquía.
El tema tiene muchas aristas y realmente es difícil de tratar, sobre todo porque puede provocar susceptibilidades en una parte de la población, que seguramente esté haciendo todo lo posible por contrarrestar el fenómeno, que se ha acrecentado enormemente en las últimas cuatro décadas.
Lamentablemente, además de las razones expuestas al inicio de este escrito, existe un asunto aún más grave que es la raíz de todos los problemas descritos por los especialistas: la pérdida de valores, una realidad que se debe principalmente a la desintegración familiar, al impacto incontrolable de la tecnología y las redes sociales, a crisis económicas que amenazan la sostenibilidad de los hogares pero también, a un estilo de vida totalmente materialista, centrado en el dinero y las posesiones, que deja por fuera el enriquecimiento espiritual y fomenta anti valores tales como el egoísmo, la deshonestidad o la indiferencia ante la situación de los demás.

El caso de “Tiquicia”
A la hora de tomar decisiones de viaje, inversión o visita -y pese a la importante valoración que todavía se tiene sobre la calidez humana del costarricense- cada vez más turistas, pensionados, empresarios, e incluso gobiernos de países vecinos, expresan preocupación sobre temas tan sensibles como el del crimen organizado, que ha transformado la fisonomía de la nación.
Por ello, a pesar de los altos niveles de felicidad reportados en la región -que en Costa Rica han dado pie a campañas para divulgar las bondades del país- al igual que otras naciones, la nuestra enfrenta desafíos significativos no solo por la desigualdad económica persistente, sino también debido al alarmante nivel de violencia, que indiscutiblemente ha impactado la disciplina social.
Estudios realizados a nivel interno, señalan que “las características negativas comúnmente atribuidas a la idiosincrasia costarricense incluyen: conformismo, impuntualidad y una marcada cultura de la envidia, reconocida como la del «serrucha pisos».
Producto de la desconfianza social, estos elementos se han exacerbado desde hace décadas, no sólo por la carencia de orientación y ejemplos adecuados en el hogar, sino también porque el modelo de educación suprimió su lado más “humano” para encauzar a los estudiantes por la vía del materialismo y el reforzamiento de un ego “desmedido”. Lo que en muchos casos algunos confunden con “empoderamiento” realmente no lo es.
A ello se suman otros aspectos tales como: la tendencia a burlarse de todo, es decir, el “choteo” que miles disfrutan y otros padecen; la doble moral; una actitud egoísta e indiferente conocida popularmente como «porta mí» y la costumbre de quejarse constantemente, pero sin actuar para poner remedio al problema.

Esta intrincada amalgama ha oscurecido la otrora imagen prístina, sencilla, respetuosa y amable del tico. Una imagen que sin embargo, no ha desaparecido en el recuerdo de quienes pertenecen a generaciones nacidas en los años 50, 60 y 70, donde aún se recibían lecciones de comportamiento y civismo tanto en casa como en las aulas.
Los antivalores campean a sus anchas
“El incumplimiento de normas y leyes en Costa Rica se atribuye a una actitud cultural de buscarle la comba al palo -es decir, de procurar el camino fácil- a lo cual se suma la creciente desconfianza en las instituciones y la percepción de que las leyes no sirven o son irrelevantes”. Además, variadas publicaciones aluden a “una pérdida de respeto por las reglas de convivencia y la impunidad.”
Así lo mencionó en 2024, un programa informativo de ¡OPA! que se transmitió por el canal 38, basándose en un análisis respaldado por diversos videos, donde se mostró el proceder de muchos ciudadanos, reforzando la percepción de que los ticos “tienden a buscar el camino fácil para su propio beneficio, saltándose las normas”.
“La situación pareciera producto de una sistemática deslegitimación de las instituciones públicas y las leyes; de una fuerte disminución del respeto por los límites que marcan la sana interacción social”.
Otras publicaciones del espacio Panorama Digital, también reflejaron preocupación ante la acelerada pérdida de límites y valores en la sociedad costarricense. Y varios medios de comunicación, entre ellos el Semanario Universidad, habrían destacado el preocupante aumento de la violencia entre adolescentes: «en 2023, 11% de estudiantes reportaron ser víctimas de acoso (bullying) y un 20% indicó haber recibido maltrato vía internet. La violencia física representó el 48% de las agresiones contra menores, mientras que los delitos sexuales y contravenciones en menores aumentaron, reflejando graves brechas de seguridad».
Efectivamente, con o sin sondeos, a “ojo de buen cubero”, las muestras más fehacientes de esa nueva forma de pensar y actuar que eligen miles de ciudadanos, se manifiestan claramente en áreas diversas tales como la desordenada circulación vial, el deterioro del servicio público y el rechazo de las normas básicas que rigen la simple convivencia, escenarios que han provocado un alarmante aumento en los niveles de agresión e impunidad, debido a una falsa y muy “cómoda” creencia, de que la normativa no funciona o es irrelevante.

Excusas para actuar de manera errónea, sobran. No obstante, con ello miles de ciudadanos están contribuyendo de forma muy dañina, a que el acontecer del país se asemeje al de otras naciones vecinas que, lamentablemente, están en pleno declive social y moral.
Una muestra de Bloomberg, basada en el número de homicidios por país en 2025, ubicó a Costa Rica entre las naciones que presentan serias dudas por sus endebles condiciones de seguridad. Aparece compartiendo escenario detrás de Guatemala y por encima de México, sitio en el que el narcotráfico y las bandas delictivas han causado estragos a lo largo de la historia reciente.
Los resultados publicados se pueden acceder a través del enlace siguiente:
Frente a la situación, la responsabilidad de generar soluciones a corto plazo no sólo recae en el próximo gobierno que liderará Laura Fernández.
Será preciso que la ciudadanía, en cumplimiento de sus obligaciones civiles y patrióticas, interactúe con sus representantes locales, diputados y ministros, para que tanto en materia de educación formal como mediante capacitación comunal, se rescaten los valores perdidos, se instruya a los jóvenes en el respeto y se apliquen -justa y oportunamente- las leyes con todo el rigor necesario, con el fin de sentar precedentes y sanear espacios públicos y privados.
La misión debe ser de carácter nacional, sobre todo, pensando en la Costa Rica que heredaremos a futuras generaciones. Recordemos que la tolerancia social a los antivalores y en especial a los delitos -de menor o mayor envergadura- afectan seriamente el Estado de Derecho. Y sin Estado de Derecho, lo que regirá será “la ley de la selva”.
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