Trascendencia histórica de Óscar Arias

Trascendencia histórica de Óscar Arias

Jacques Sagot, pianista y escritor.

En sus dos administraciones (1986-1990), (2006-2010), Óscar libró batallas que lo obligaron a emplear hasta sus últimas reservas de fortaleza moral.  Durante su primer mandato se enfrentó a ambas potencias: la Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov y los Estados Unidos de Ronald Reagan.  Visitó incontables veces a Reagan, para intentar convencerlo de que la violencia en Centroamérica podía y debía resolverse por medio de la negociación, la diplomacia y el diálogo.  Reagan estaba convencido de que solo la acción militar podría evitar la consolidación del régimen sandinista en Nicaragua.  Irónicamente, el tema más frecuentemente tratado por ambos mandatarios era el futuro de Nicaragua, no el de Costa Rica.

Winston Churchill se hizo célebre por sus innúmeras visitas a su homólogo estadounidense Franklin Delano Roosevelt.  Pero es harto probable que Óscar haya batido ese récord con sus têtes-à-tête con Ronald Reagan.  Nuestro presidente lo recuerda como un hombre simpático, carismático, pero inflexible en su vocación guerrerista.  Efectivamente, de conformidad con la política exterior tradicional del Partido Republicano, Reagan se caracterizó por su propensión a las armas y al intervencionismo político: el mismo “estilo” de Truman, Eisenhower y Nixon.  A todo esto, conviene recordar que Óscar creció en la admiración de John F. Kennedy, y siempre se identificó a sí mismo como demócrata, no republicano.

Photo: President Ronald Reagan meets Costa Rican President Oscar Arias - ARKOA19870922004 - UPI.com

Durante su segundo mandato, Óscar hubo de prodigarse en dos grandes frentes: la aprobación del Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas por una parte, y la lucha contra los escleróticos, disfuncionales, aberrantemente burocratizados monopolios estatales en materia de telecomunicaciones y seguros.

Esta lucha fue de la mano de la aprobación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana, una decisión tomada democráticamente, en un histórico referéndum primero, en la Asamblea Legislativa después.

La decisión dividió y polarizó al país (las viejas, trasnochadas izquierdas encontraron un segundo aire para satanizar y combatir el tratado).  Óscar ganó todas sus batallas en buena lid.  Los opositores al Tratado intentaron hacer de él una cause célèbre, pero nada pudieron contra el “Sí” que los costarricenses rubricaron en el referéndum del 7 de octubre de 2007.  Lo cual me lleva a recordar una hermosa reflexión de Victor Hugo: “Nada hay en el mundo tan fuerte como una idea a la que le llega su momento”.

Pero el sueño de Óscar no se ha aún hecho realidad: la desmilitarización de Centroamérica.  Antes bien, un delirante Daniel Ortega, en Nicaragua, se arma hasta los dientes, se perpetúa en el poder, destruye los medios de comunicación que lo adversan, disuelve a la oposición, y en un acto de nepotismo repugnante, nombra parientes cercanos en los puestos estratégicos de su gobierno.  El régimen de Ortega puede ser descrito como una dictadura de facto, apoyada por algunos esbirros del sector privado, y de prognosis política muy, muy grave.  Un verdadero demócrata se regocijará de tener oposición, y de no tenerla procurará crearla.  ¡Cuán fácil y acomodaticio, ganar una elección en calidad de partido único!  “Vencer sin peligro es vencer sin gloria” –nos dice Corneille, en El Cid–.  Y es que para Óscar Arias la democracia es la condición absoluta de posibilidad para la paz.  La paz es un derecho universal de la humanidad, la democracia defiende los derechos universales del ser humano, ergo, la democracia fomenta y protege la paz: es un silogismo clásico, que si bien no siempre funciona en la práctica, debe operar como modelo, como meta a alcanzar.

Sí, la desmilitarización de Centroamérica es un sueño por el que vale la pena luchar.  Cuando Óscar fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en 1987, el primer líder en felicitarlo fue Fidel Castro: “¡No es que se lo haya ganado, es que se lo merecía, se lo merecía!” –enfatizaba sin cesar Castro–.  Pero en la hora de la verdad, el dictador cubano continuó enviando armas a los grupos guerrilleros de El Salvador y Guatemala, así como al régimen sandinista en Nicaragua.  Óscar fue el primer presidente que celebró, en 1986, la abolición del ejército en Costa Rica.  Ahí donde otros países tienen un día oficial “del ejército”, Costa Rica conmemora y festeja la derogación de sus fuerzas armadas, hecho que aconteció el 1 de diciembre de 1948.

Los pactos y las rupturas de Fidel Castro con los gobiernos de Costa Rica | La Nación

En una entrevista que le hizo la prestigiosa cadena CNN, en julio de 2017, el periodista Camilo Egaña le pregunta a Óscar si no echaba de menos la presencia del ejército en su país.  Óscar respondió: “como todos los costarricenses, tengo en mi ADN inscrita la aversión contra los ejércitos.  En Costa Rica, el que fuera algún día nuestro principal cuartel militar ha sido transformado en museo: con eso se lo digo todo.  La paz da réditos inmensurables: ese dinero que se ocupa para adquirir un tanque de guerra puede invertirse en infraestructura, en educación, en salud pública, en cultura”.  La expresión de Óscar es rigurosamente cierta: la repugnancia que el costarricense siente por todo cuanto tenga que ver con el ejército es ya, por poco, un hecho genético, una cuestión de ácido desoxirribonucleico.

Preguntado, en esa misma entrevista, por Donald Trump, Óscar se limitó a decir: “Es un simple inquilino de la Casa Blanca.  No sabe dónde está parado.  Su proteccionismo a ultranza está reñido con la idiosincrasia histórica de los Estados Unidos.  Es un hombre inculto, no tiene ni la inteligencia, ni el conocimiento, ni el decoro, ni el respeto, ni la claridad intelectual para el cargo que está ejerciendo.  A lo sumo le veo capacidad –y aun de ello tengo mis dudas– para ser alcalde de algún pequeño pueblo en el far west”.

En esta entrevista, Óscar expone algunos conceptos axiales de su filosofía política.  Helos aquí.

Gobernar es escoger, gobernar es educar.  El Jefe de Estado debe procurar educar a la ciudadanía.  La docencia es inherente al ejercicio político.  El presidente no debe decirle a la gente lo que esta quiere oír –endulzarle los oídos–, sino lo que él considera mejor para el país.  Este le dio el poder político mediante el sufragio, y con ello le confiere al presidente la potestad –y el deber– de actuar como una figura de autoridad, esto es, como un educador.  El mandatario que le dice a la gente exactamente lo que esta quiere oír no es un Jefe de Estado, sino un populachero (noción distinta del populista), un buscador de aplausos y sonrisas.  Óscar asumió que tomando algunas de sus decisiones políticas se iba a hacer impopular a los ojos de muchos costarricenses.  Pero él es de los que prefieren perder puntos en los índices de popularidad, que traicionar sus convicciones.  Óscar sabía, por ejemplo, que la lucha contra los monopolios estatales le iba a acarrear no pocas animosidades.  Pero eso no lo hizo echarse atrás.  Antes bien, siguió con su programa de gobierno con fuerzas redobladas.

Oscar Arias Sánchez on X: ""Maduro tiene que entender que tiene que irse, ya son 18 años de hacerle daño a su gente" #Venezuela https://t.co/KJVXDlulsv" / X

Gobernar es también negociar.  Algo sabe al respecto Óscar, que negoció el Acuerdo de Paz en Centroamérica, prácticamente encerrando a sus homólogos centroamericanos –literalmente, les cerró la puerta de la habitación–, y obligándolos a sentarse en torno a una mesa diminuta, para discutir, durante muchas, arduas horas, las maneras viables de instaurar la paz en la región.

En un solo verbo resume Óscar Arias la esencia de su vida: servir.  Su más grande privilegio es haber podido servirle al pueblo costarricense.  Un hombre con espíritu y vocación de servicio: eso es mi amigo.  Nada en su vida tiene mayor importancia que servir.  Así vistas las cosas, la política, más que la ciencia que administra el poder, es el arte que nos permite servir.  ¿El poder?  Sí, pero el poder para servir.  Más un ars vivendi que una ciencia.  Y nunca, nunca sucumbir a los cantos de sirena de la vanidad: como decía Benjamín Franklin –es una reflexión que Óscar cita a menudo– “envanecerse con el poder es como enceguecerse con la luz”.  Esto lo tiene clarísimo nuestro presidente.  Es un sentir que Gérard de Nerval formula en su soneto “El punto negro”: “Quien haya mirado el sol fijamente, creerá ver delante de sus ojos, obstinadamente, alrededor suyo, en el aire, una mancha lívida.  Así, joven todavía y más audaz, sobre la gloria osé fijar los ojos; un punto negro quedó para siempre en mi mirada ávida.  Desde entonces, mezclado a todo como un signo de duelo, por todas partes, sobre cualquier lugar donde se detenga mi ojo, la veo posarse también, la mancha negra.  ¿Qué?  ¿Siempre?  ¡Entre mí sin cesar y la felicidad!  ¡Oh, es que el águila sola –infortunio para nosotros, infortunio– puede contemplar impunemente el Sol y la Gloria!”  Conozco muchos hombres que, después de entrever la gloria, quedaron condenados a ver por doquier la mancha negra de Nerval: obnubilados, deslumbrados, y en última instancia, enceguecidos.

Otra vivencia que merece sin duda ser recordada.  Estaba Óscar en Boston, cursando estudios de pre-médica, cuando tuvo el arresto de enviarle al candidato John F. Kennedy una carta.  Óscar –como todo el mundo, en aquella época– admiraba profundamente al joven político estadounidense.  En la carta Óscar evocaba el paradigma del presidente Franklin Delano Roosevelt y su “política del buen vecino” con Latinoamérica, y lo exhortaba a colaborar más estrechamente con Costa Rica.  Lo bonito de la historia es que Kennedy le respondió la carta.  Óscar hizo enmarcar el documento, que hoy en día tiene su lugar en ese museo avant la lettre que es su residencia en barrio Rohrmoser.  La tipificación de Costa Rica como país “de renta media” ha hecho que la ayuda que alguna vez nos prodigaran los Estados Unidos y diversos organismos internacionales se haya reducido a niveles dramáticos.  Y es que, la verdad de las cosas, solo un sector de nuestra población califica realmente como ciudadanos “de renta media”: la pobreza y la desigualdad social convierten nuestro status de “renta media” en una mera noción teórica.  Durante mis años como embajador de Costa Rica en la Unesco pude comprobar cómo esta nefasta noción de la “renta media” nos dejaba fuera de importantes programas de cooperación internacional: toda la ayuda se iba para África: nadie comprendía que nosotros teníamos La Carpio, los Guidos, el Triángulo de la Solidaridad, la León XIII, El Infiernillo de Alajuela, la ciudadela Gloria Bejarano…

La paz ha sido la divina obsesión, la musa y la novia de Oscar: la ha cortejado con todas las argucias de los grandes enamorados.  Transcribo algunas palabras de su autoría.

“Me he referido a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado.  Porque no puede ser que el mundo rico dedique $100 mil millones para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo –en un planeta que tiene 2. 500 millones de seres humanos con un ingreso de $2 dólares por día– y que gaste 13 veces más ($1 millón 300 mil millones en armas y soldados”.

Linea de Tiempo – Fundación Arias para la Paz

“No puede ser que América Latina se gaste $50 mil millones en armas y soldados.  Yo me pregunto; ¿quién es el enemigo nuestro?  El enemigo nuestro, Presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; es que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; es que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza, es producto, entre muchas otras cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas”.

“Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta.  Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el muro de Berlín: el mundo cambió.  Tenemos que aceptar que éste es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, toda la gente de pensamiento, todos los economistas, todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos.  Y yo, lamentablemente, coincido con ellos.  Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre todos los “ismos” (¿cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo…) los asiáticos encontraron un “ismo” muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo”.

“Para solo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Beijing y dijo a los viejos camaradas maoístas, que lo habían acompañado en la Larga Marcha: “bueno, la verdad, queridos camaradas, es que a mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que case ratones”.  Y si Mao hubiera estado vivo, se hubiera muerto de nuevo cuando Deng dijo que “la verdad es que enriquecerse es glorioso”.  Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen en un 11%, 12% ó 13%, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás”.

“La buena noticia es que esto lo logró Deng Xiaoping cuando tenía 74 años.  Examinando mi entorno, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años.  Por eso solo les pido que no esperemos cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer”

La aprobación del Plan de Paz para Centroamérica fue una saga, una página épica de nuestra historia, en la que Oscar se enfrentó valientemente al hombre a la sazón más poderoso del planeta (que consideraba “ingenuas” las ideas pacifistas de su colega).  Oscar le dijo muchas cosas, muchas cosas, sí, que Reagan no quería oír, y que constituyeron una enorme toma de riesgos por parte de nuestro presidente.

Linea de Tiempo – Fundación Arias para la Paz

Pero si el Plan de Paz de Centroamérica benefició a 40 millones de ciudadanos, la aprobación por la ONU del Tratado para la Regulación del Tráfico Internacional de Armas ha sido –sea esto dicho en Do mayor y compás de marcha triunfal– el más grande éxito diplomático de nuestra historia, la más significativa contribución de Costa Rica al mundo, y un golpe decisivo contra la guerra y la violencia en todo el planeta.  La prensa mezquina y los presidentillos liliputienses que hemos padecido en los últimos años le han deliberadamente bajado el perfil a esta efeméride, a este logro universal.  ¡Cuánta miseria moral!  La verdad de las cosas es que tanto el Plan de Paz de Centroamérica como el Tratado para la Regulación del Tráfico Internacional de Armas deberían ser enseñados en nuestros colegios.  El primero puso a Costa Rica en el mapa geopolítico mundial.  El segundo ha sido la más eficaz herramienta de pacificación que Costa Rica le ha regalado al mundo.  Dos hitos, dos hechos señeros, dos gestos que prueban, más allá de toda duda, que siempre debemos darle una oportunidad a la diplomacia, esto es, a la razón, al pacto, al convenio, al diálogo y la negociación.

Oscar es, por encima de todo, un hombre que no pierde su incólume fe en el ser humano, y pese a los turbios momentos que atravesamos, persiste en ver en él su hemisferio luminoso, no su faz de licántropo en sombra.  Yo quiero mucho a Oscar, y ello desde larguísima data.  Es mi amigo, mi aliado, mi maestro.  Lo he dicho mil veces, y lo diré muchas más, porque me sale del corazón hacerlo.  Soy sincero, no ofendo a nadie al expresar mi sentir, y estoy en la libertad –más aún, en el deber– de hacerlo.  El afecto, la admiración, la gratitud, cuando no son expresadas, es como si no existieran

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