César Fernández Rojas, miembro fundador Comisión Nacional de Ética y Valores.

La ciudad como tejido comunitario: La urbanidad no se construye desde arriba con planes rígidos, sino desde abajo, con la participación cotidiana de vecinos que cuidan y usan sus espacios.(1961).Jane Jacobs.
Tiene razón un vecino que camina a diario y trota pausadamente por las aceras de nuestro barrio en horas tempranas de la mañana. Yo lo miro venir y su imagen evoca pausa, cadencia y contemplación.
Es un adulto mayor que transita con la mirada puesta en cada paso que da, para no caer en las aceras quebradas y descuidadas que parecen tenderle trampas, al realizar su ejercicio aeróbico moderado.

Es un observador concienzudo de la urbanidad matinal: cada tranco lento es una enseñanza a la vida por el tiempo que dedica a las rutinas de movimiento, la salud recuperada y el apercibimiento de los espacios públicos.
En el primer recorrido saluda: “–Buenos días profe- “. Después pasa vital y con sabiduría practica me dice:“-Cuánta suciedad bota la gente en los caños- “.
Yo hago lo mío, cada día me preparó en la casa para salir a recolectar basura en la acera y el caño de mi casa y las residencias vecinas, y también reflexiono, ¡pues sí! ¡Cierto! Cuánto desperdicio encuentro con el despuntar del día y que novi en el crepúsculo del día anterior, como misterio que la penumbra oculta y la mañana devela.
La urbanidad es el respeto al espacio común. Hay vestigios que la tarde no me mostró, ahora expuestos en la claridad, como testigos mudos de mi comunidad; me recuerdan que la verdadera urbanidad no es solo cortesía entre personas, también respeto por los espacios físicos y mentales que compartimos.

La urbanidad es el conjunto de normas, valores y comportamientos que regulan la convivencia social, basados en los modales, la cortesía y atención a los demás. Es la práctica de la buena educación y el civismo en la vida cotidiana.
La urbanidad y la higiene han coincidido en la idea de que el orden externo -comportamiento e higiene- reflejan el orden interno- moral y salud-.
Todavía hay personas, especialmente adultos, que deseducan*al estropear los buenos modales, de otros, adquiridos culturalmente. Lo observo constantemente en las aceras, al permitir que se lance la basura al suelo, y también en los centros comerciales, donde dejan las sobras en las bandejas y no las llevan a los centros de recolección de basura orgánica, con excepción de los restaurantes y los centros de comida donde los saloneros sirven y recogen las bandejas en la mesa.
*Según la Real Academia Española (RAE), deseducar es un verbo transitivo definido como «hacer perder la educación a alguien». Es el antónimo de educar y se refiere a la acción de deshacer la formación, buenos modales o enseñanzas adquiridas previamente.

Piensan que hay empleados municipales y camareros (stewards) para esos menesteres. Y dicen: – “Para eso trabajan y reciben un salario”; pero olvidan que hay normas de etiqueta que expresan respeto por el espacio compartido y por la dignidad de los demás; valores que sostienen la convivencia civilizada y recuerdan que la cortesía es un deber común, que trasciende lo económico y refleja la urbanidad, educación y el compromiso ético con los empleados, las demás personas y los espacios públicos.
En el último artículo publicado en esta revista comenté que la escuela comienza en casa: la pedagogía del afecto y el acompañamiento en los primeros años escolares se fundamenta enla familia, como núcleo primario de la socialización y el acompañamiento afectivo.
Una pedagogía integral requiere que la escuela y el hogar incluyan la formación en urbanidad, higiene y responsabilidad. Solo así se garantiza que el niño y la niña reciban una educación capaz de articular cuidado emocional y disciplina social en beneficio de la convivencia familiar y comunitaria.

También la escuela es pulcritud institucional y cultura del cuidado en los espacios públicos. Allí donde la permisividad deja huellas de descuido, la educación verdadera florece cuando la ternura se enlaza con la disciplina, y el niño y la niña aprenden que la urbanidad y la higiene se cultivan conscientemente con pensamientos y acciones que producen satisfacción, bienestar y salud.
Por eso, el maestro se convierte en un guía capaz de formar y de celebrar los pequeños logros y de transformar el proceso del aprendizaje en descubrimiento; para que cada niño y cada niña se sientan llamados a crecer fomentando el aprendizaje continuo de promover una cultura de mejora constante, y como dijo don Napoleón Quesada: para que la escuela resulte la continuación natural del hogar bien regido.
El DRAE indica que la urbanidad significa cortesanía, comedimiento, atención y buen modo; sinónimos decortesía, educación, corrección, modales y antónimos como la descortesía y la desatención.
Cuando salgo de mi casa y recojo basura he querido promover, con mis predisposiciones y acciones cotidianas un proceso de valores y prácticas que promueven la urbanidad, la higiene y la armonía en las interacciones vecinales.

Como educador he querido mostrar la tradición de las buenas costumbres culturales transmitidas por las familias y la educación, al recordar las funciones de la formalidad y el aseo en el espacio público de nuestro barrio.
“-Cuánta suciedad bota la gente en los caños- “, dice mi vecino andante. La incultura respecto de la urbanidad y la higiene en los espacios públicos no constituye una desatención menor.
Cada paso en la vida deja huella; la basura, en cambio, deja un mal rastro cultural, señal visible de desconsideración y falta de conciencia comunitaria. Es una práctica irresponsable que normaliza la desidia y debilita la cultura del cuidado del entorno físico y perceptual.

Por ejemplo, en un parque el entorno físico son los árboles, senderos y bancos y el entorno perceptual la manera como los visitantes perciben ese parque: tranquilidad, belleza, seguridad y frescura o puede suceder lo contrario si el parque con árboles, bancos y senderos puede ser visto como inseguro si está mal iluminado y desaseado si hay acumulación de basura; la gente lo asociará también con negligencia.
En este caso, lo físico no cambia, pero lo perceptual se transforma según la experiencia y el contexto cultural de los visitantes, porque convierte lo que hubo, en un espejo de abandono; donde la indiferencia se acumula entre fárragos de desecho, convirtiendo estos amasijos de basura en un testimonio de descuido que corroe la memoria colectiva.
Allí, los residuos son signos de una cultura debilitada, secuela de un paisaje decadente; señal de una urbanidad que olvida la dignidad humana, como si la indolencia fuera parte natural de la vida cotidiana.

La basura es ruido visual, nota disonante en el paisaje que irrumpe la armonía de los hábitos de aseo y muestra la fractura de un patrimonio común. Cada residuo arrojado se convierte en signo de erosión de la tradición solidaria, doblegando los cimientos de la convivencia ciudadana y la pulcritud vecinal, lo cual termina normalizando el deterioro de los espacios públicos.
El suelo tachado de desechos revela la fragilidad en lo estético y lo sanitario; la basura convierte plazas, calles, aceras, ríos y lotes baldíos, en escenarios de incuria y precariedad. Es, ante todo, un asunto de educación y ética: la ausencia de buenos modales y el abandono del aseo del entorno revela la falta de responsabilidad en el hábitat común.
Pero aún hay tiempo de restaurar la decencia urbana de nuestras calles: cada gesto de limpieza, cada acto de respeto al espacio común, es una manifestación de la cultura compartida. El servicio social empieza en lo cotidiano: no botar basura, mantener limpio nuestro barrio, reconocer que la comunidad es la casa común. Cada acción de urbanidad es un acto de servicio; cada acto de servicio, es un espacio a la dignidad y cada acto de dignidad, un espacio a la consciencia.

Políticas públicas. (texto escrito con ayuda de la IA).En Costa Rica, las políticas públicas sobre limpieza urbana se articulan principalmente en torno a la Política Nacional de Desarrollo Urbano 2018‑2030 y la Ley de Gestión Integral de Residuos, que promueven la responsabilidad compartida entre ciudadanía y municipalidades. Estas normas buscan reducir la basura en calles y espacios públicos, fomentar el reciclaje y fortalecer campañas de conciencia ciudadana como el programa Bandera Azul Ecológica en escuelas y comunidades.
Políticas públicas de limpieza en Costa Rica:
- Ley de Gestión Integral de Residuos (2010).
- Establece sanciones por arrojar basura en espacios públicos.
- Promueve separación de residuos y reciclaje.
- Refuerza la responsabilidad municipal en la recolección.
- Política Nacional de Desarrollo Urbano 2018‑2030.
- Incluye la limpieza y el manejo de residuos como parte del ordenamiento territorial.
- Busca ciudades más sostenibles y seguras.
- Vincula la limpieza con la calidad de vida y la urbanidad.
- Programas educativos y comunitarios.

- Bandera Azul Ecológica: fomenta conciencia ambiental en escuelas y comunidades.
- Ecocert: certifica prácticas sostenibles en instituciones educativas.
- Campañas de limpieza de playas y espacios públicos impulsadas por organizaciones como OneSea.
Propuesta de un micro proyecto comunitario.
Cada ciudadano es guardián de la limpieza; cada gesto de pulcritud, es un servicio social compartido. Costa Rica será más digna, limpia y ordenada cuando sus calles reflejen la consciencia de quienes la habitan.
- Jornadas de limpieza compartida.

- Convocar vecinos un sábado al mes para limpiar aceras, parques y esquinas.
- Convertirlo en un acto ceremonial: iniciar con una breve lectura de un pensamiento sobre urbanidad.
- Registrar con fotos y compartir en redes locales para dar ejemplo.
- Talleres escolares de conciencia ciudadana.
- Visitar escuelas y colegios con charlas breves: “La basura es la huella de los malos ejemplos.”
- Incluir dinámicas: separar residuos, crear murales con frases sobre urbanidad.
- Vincularlo con programas nacionales como Bandera Azul Ecológica.
- Campaña de aforismos urbanos
- Pintar frases breves en murales o carteles comunitarios:
- “La urbanidad comienza en el suelo limpio.”
- “Cada papel en la calle es un mal ejemplo que se multiplica.”
- “La limpieza es respeto a la comunidad.”
- Usar lenguaje sencillo para que la gente se identifique emocionalmente.

- Espacios de diálogo vecinal.
- Reuniones breves en barrios o centros comunales para hablar de urbanidad.
- Cada vecino comparte un gesto de servicio social que practica o desea practicar.
- Crear un “compromiso comunitario” firmado por los asistentes y la Municipalidad.
- Conexión con políticas públicas.
- Coordinar con la municipalidad para recibir apoyo logístico (bolsas, guantes, transporte de residuos).
- Integrar la iniciativa a los programas oficiales de gestión de residuos.
- Mejorar aceras y espacios públicos, al restaurar la pulcritud de nuestras calles.
En la Costa Rica del siglo XIX, urbanidad e higiene compartieron un origen común en la educación y la moral pública, reforzadas por el higienismo y los manuales escolares. Juntas definieron el ideal de ciudadano civilizado: limpio, ordenado y saludable.

En el siglo XX, urbanidad e higiene siguieron unidas, pero evolucionaron: la urbanidad se transformó en educación cívica y la higiene en salud pública. Ambas continuaron siendo pilares de la formación ciudadana en Costa Rica, reflejando el paso de la moral doméstica a la responsabilidad social y estatal.
En el siglo XXI se establece que la relación entre urbanidad e higiene se ha transformado en políticas de desarrollo urbano sostenible, campañas de salud pública y educación ciudadana. Hoy se habla menos de “manuales de urbanidad” y más de convivencia democrática, sostenibilidad y calidad de vida, mientras la higiene se vincula con agua potable, saneamiento y prevención de enfermedades.(Los párrafos previos sobre los cambios en urbanidad e higiene se redactaron con ayuda de IA).
Cada día, la urbanidad y la higiene comienzan en el suelo: cuidemos juntos la casa común: nuestros barrios, nuestras comunidades y el país, en general. Las virtudes humanas se ejercitan fortaleciendo la conciencia ciudadana, al recordar que cada acción deservicio de la ciudad como tejido comunitario, en relación con la urbanidad se construye desde abajo, con la participación cotidiana de vecinos que cuidan y usan sus espacios públicos, como lo dijo Jane Jacobs.